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Las entradas de este blog que no fueran relatos han sido movidas a mi otro blog. Fantasmas de Plutón queda entonces sólo como blog para la creación literaria.

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jueves, 24 de diciembre de 2020

Navidad, coronavírica navidad


Estaba tan absorto en lo que estaba haciendo que no oyó cómo se le acercaban despreocupadamente por detrás con la pose del que sabe que tiene la situación controlada.

─ ¡Eh, tú! Ven aquí.

─ ¿Es a mí agente? Es que tengo un poco de prisa... - El hombrecillo parecía divertido con la situación.

─ Me la sopla tu prisa. ¿Qué coño haces sin la mascarilla puesta? - El policía lo miraba directamente a la cara, amenazante.

─ Vaya, no había pensado en ello, je, je. Pero no se preocupe agente, no hay ningún peligro conmigo.

Los dos agentes se miraron y luego miraron al tipo tratando de averiguar por donde les iba a salir.

─ Mire, no sé qué piensa usted que hace pero no puede ir por la calle sin mascarilla. - El otro agente usaba un tono más conciliador.

─ Jo, jo, jo. Lo sé, lo sé, pero es la magia de la Navidad, ¿verdad? La ilusión, los regalos... Entenderán que yo no puedo aparecer con la mascarilla puesta y que en realidad tampoco hay peligro, ¿verdad? No es como si yo pudiera enfermar o contagiar nada, ¿verdad? - El viejecito trató de girarse y seguir con lo suyo.

─ Oiga, no ponga a prueba mi paciencia. Haga el favor de ponerse la mascarilla y podrá seguir por su camino. En caso contrario nos veremos obligados a denunciarle.

─ Ya bueno, veo que ha habido alguna confusión aquí. Verá yo soy... - Hizo ademán de mostrar lo que transportaba en el saco que llevaba a la espalda.

─ ¡Que no me cuente su vida y haga el puto favor de ponerse la mascarilla! - El primer agente parecía perder ya la paciencia.

─ Que no puedo...

─ Mire, póngase contra la pared.

─ Agente, que llevo prisa, de verdad.

─ Ya me he hartado, me tienes hasta los cojones viejo de los cojones. ¡Ponte contra la pared! ¡Gilipollas! - Mientras gritaba esto el agente sacó la porra y le dio dos empujones que le hicieron trastabillar.

─ Oiga, creo que no sabe con quién está hablando...

─ Estoy hablando con un puto loco vestido de rojo que se cree que está por encima de todo. ¡Que te quedes contra la pared! - En este momento el agente estaba gritando muy cerca del viejecito mientras el otro vigilaba la calle por si los curiosos.

─ Agente, realmente yo no...

No pudo terminar la frase porque en ese momento empezó una lluvia de golpes con la porra, patadas y puñetazos que tiñeron su realidad de un rojo oscuro con sabor a hierro. Perdió la noción del tiempo. Le dolía todo y no podía abrir uno de sus ojos. Una mano tenía tres dedos rotos y la otra ni siquiera la sentía. La nariz se había roto y era imposible respirar por ella mientras que en su boca habitaba una sopa caliente y espesa que gorgoteaba cuando respiraba.

El agente resollaba y sudaba pese al frío de la noche. estaba mirando el resultado de su obra cuando el otro le habló.

─ Oye...

─ ¿Qué?

─ Creo que nos hemos colado. - Tenía el saco del viejo en la mano. - Esto está lleno de paquetes... y no veo el fondo...

─ ¿Y?

─ Igual es él... Tío, joder, que creo que te has cargado al puto Papá Noel por error.

─ No. Por error no.

─ ¿Cómo?

─ Así aprenderá a traer bicicletas cuando se le piden y no dejar putos pijamas de mierda...

─ Anda vámonos, que aún aparecerá algún gilipollas con una cámara.

─ Pilla el saco. No habrá pasado por casa aún y seguro que hay algo para vender...

─ Macho, a veces me da miedo cómo piensas en todo.


 

miércoles, 25 de diciembre de 2019

La última vez

Sintió palpitar las sienes y unoyó  rumor lejano poco antes de saber que aún estaba dormido. La conciencia de la boca pastosa y distinguir el sonido insistente del teléfono precedieron al sobreesfuerzo que le costó abrir los ojos. Vio el techo blanco, ya era de día, y trató de incorporarse. Tenía los párpados secos y le dolía la garganta, vómito reseco le tiraba de la comisura de los labios y le acartonaba la barba. Desentumecer la mandíbula le dolió, la cabeza ahora martilleaba. Llevaba todavía los pantalones de faena y las botas estaban cerca del sofá, pero la chaqueta había desaparecido, sólo llevaba la camiseta, sucia. ¿No había sido capaz de llegar a la cama? Buscó con la mirada el reloj de pared, eran más de las tres. El teléfono seguía sonando. Rebuscó entre los cojines y sacó el terminal, la vista borrosa no le permitió reconocer quien estaba agravando sobremanera su resaca.
Papá Noel 
─ ¿Sí? - Recorrió la desordenada estancia con la mirada y con la esperanza de encontrar algún resto de lo que había bebido la noche anterior, lo necesitaba, dios cómo lo necesitaba...

═ Esta vez te has superado...

Era la voz del negro, se sintió cansado de repente.

─ Oye Baltasar, no sé qué crees que ha pasado, pero ahora no puedo hablar, estoy...

═ Borracho como una cuba. Y encima seguro que no recuerdas que hiciste anoche.


─ Salí, como cada año a repartir regalos... Es lo que hago cada año...

═ Sí, como cada año saliste a repartir regalos y como cada año te llevaste un par de botellas para el camino, y como cada año te bebiste todas las putas copas de coñac que te dejaron y ¡COMO TODOS LOS PUTOS AÑOS ACABASTE HACIENDO EL RIDÍCULO! Pero es que encima este año has cruzado todas las putas rayas, te has pasado y te han pillado. Y ¿sabes qué? Este año no daremos la cara por ti. Estás solo.

─ ¿De qué me estás hablando? Oye, mira, ahora no puedo hablar... - Pero mientras decía estas palabras reparó en unas manchas marronosas sobre sus pantalones rojos, secas... La bruma de la noche anterior seguía allí pero ahora era patente que algo se escondía en su interior. Solo que no sabía qué.

─ Oye Balti... No recuerdo nada... No sé qué pasó ayer... Pe-pero seguro que se puede hacer algo, por los viejos tiempos...

═ Los viejos tiempos han pasado hace ya mucho. Los medios se han cansado de callar, no nos respeta nadie y no hay manera de taparlo. Esto ya no es como antes, que con dos llamadas de Melchor quedaba todo olvidado, no. Estamos ya en otro tiempo y no podemos seguir como si nunca nos fuera a pasar nada. Encima lo de hoy... Has cruzado todos los límites de la tolerancia, se te ha ido la cabeza completamente. Esto no tiene perdón.

─ No sé qué he hecho... Dime qué es lo que crees que he hecho, por favor... - Echó mano al bolsillo del pantalón en busca del pañuelo para secar el sudor que, pese a ser la tarde de un frío día de diciembre ya le perlaba la frente. Lo que sacó le heló la sangre: braguitas. Blancas braguitas de niña pequeña, muy pequeña. Pero también calzoncillos pequeños. Las prendas estaban manchadas, unas de sangre, otras de vómito, todas de hollín... Palideció.

─ Oye, Baltasar, no sé qué he hecho pero buscaré ayuda. Dile a Gaspar que lo arreglaré, que es la última vez, lo prometo... No os volveré a decepcionar, Es una mala racha, ya sabes, niños contestones, cada vez creen menos en nosotros... Es mucha presión y no he sabido llevarlo... Oye, Baltasar, pillo el aviso, ¿vale? Es la última, lo juro...

═ Demasiadas veces la última vez, demasiadas promesas incumplidas. Demasiados años tapando tus miserias. Estamos hartos ¿entiendes? Hartos de tus mentiras, de ti demasiado borracho como para hacer bien tu trabajo. Esto no es un aviso, estás fuera, caput, olvidado, el año que viene no volverás.

Pese al martilleo de fondo la cabeza se le había aclarado de repente. Estás fuera, eso sólo podía significar una cosa: Gaspar venía. La llamada no era de aviso, era para mantenerlo ocupado antes de que huyera. Pero, ¿de qué iba a huir si ni siquiera recordaba que hubiera hecho nada? Sangre, vómito, ropa interior infantil... era una mezcla explosiva, pero ya había pasado otras veces, la soledad le llevaba a rebuscar en cajones, llevarse recuerdos, fetiches de algo que nunca sería... Menos una vez, Pavel, pero fue una vez... o al menos eso se repetía a sí mismo. ¿Por qué no podía recordarlo? ¿Por qué este año era tan tajante Baltasar? ¿Por qué Melchor no era el que le llamaba?, era el más conciliador, el comprensivo...

─ Mira, oye, no sé qué ha pasado, de verdad. Dile a Gaspar que no venga, yo mismo me quito de en medio... Me voy ahora mismo a Laponia, unos días fuera, lejos del mundo para pasar el mono y luego me desintoxico... Seguro que no es tan grave...

═ Estás en todas las cadenas de televisión. La policía te busca, nadie puede mirar hacia otro lado. - Su voz parecía cansada, con un tono casi paternal. - Mira Joulu, no me gusta esto, me jode tanto como a ti, pero no podemos hacer otra cosa. Vas camino de cargarte todo el chiringuito. No tienes cuidado y por tu culpa caeremos todos. No eres bueno para el negocio. Han sido unos buenos años compartiendo curro, pero se ha terminado, estás acabado para nosotros y para el mundo.

─ ¿Cómo que estoy acabado maldito negro hijo de puta? ¡Yo os hice a vosotros! ¿Yo empecé el puto negocio! ¡Yo soy el que manda aquí y decide quién está fuera! ¿Tú estás fuera puto maricón de mierda! ¡Tú y los putos muerdealmohadas que van contigo! ¿No acabaréis conmigo! ¡YO SOY LA PUTA NAVIDAD!

El martilleo de su cabeza ahora era como un martillo neumático a pleno rendimiento. Tenía los ojos fuera de órbita y apretaba con tanta fuerza el teléfono que en cualquier momento lo oiría crujir entre sus dedos... Jadeaba, Baltasar no contestó, el cerebro trataba de encontrar una solución, una vía de escape...

┼ Hola Joulupucki. Creo que ya sabes a lo que he venido.

Era el mediano, Gaspar había entrado mientras le gritaba al teléfono. El corazón le iba a estallar y sentía una fuerte presión en el pecho, los ojos le lloraban y no se atrevía a moverse. Quizá si no giraba el otro desaparecería... Ni siquiera notó el movimiento por debajo de su poblada barba, había sido un golpe de muñeca, visto y no visto. La camiseta interior comenzó a teñirse de rojo.

lunes, 24 de diciembre de 2018

El regalo del año

Se levantó de la cama pesadamente, como si no quisiera empezar aquel día. Sentado en el borde miró al suelo, como si la decisión le pesara más que toda una vida de decepciones y de promesas incumplidas. Se acercó a la ventana y el gélido paisaje no hizo más que confirmarle que la decisión en realidad ya estaba tomada, que sólo debía doblegarse a ella, dejarse convencer, poner un pie delante del otro y hacer aquello que sabía debía ser hecho hoy. Hoy más que ninguna otra noche del año.

Mucho, mucho tiempo atrás se había prometido que sólo le moverían las risas, la alegría y que su cometido en la vida era cumplir ilusiones. Pero de eso hacía tanto tiempo... Funcionó durante unos años. Se enfundaba su traje y salía a toda prisa sin volver hasta el amanecer, agotado, pero con la seguridad de que en aquel momento millones de ilusiones se veían colmadas, millones de sonrisas daban la bienvenida al nuevo día. Pronto se desengañó. No era fácil.

Nunca nadie se preguntó el por qué. Ni siquiera el como. Lo único que importaba era pedir más cada año, quejarse de lo recibido porque nunca era suficiente. Dinero... pronto fue lo que todos pedían. Dinero, mucho dinero. El materialismo se abría paso a marchas forzadas, nadie ya quería paz y amor. Salud y dinero para gastar. No, eso ya no le satisfacía y se encerró en casa.

Pronto la gente le olvidó. Bueno, no le olvidó, pero sí olvidó que existía. Que existía y los vigilaba. Que sabía sus nombres, direcciones y lo que hacían. Y los veis haciéndose regalos que esta vez sí pedían, que seguían exigiendo y él cada vez se encerraba más y más profundamente. No quiso saber nada del mundo.

Pero el mundo era terco y supo como hacerse oír. Llegaban noticias de todo tipo a su cabaña del bosque nevado. Llamaban a la puerta y no esperaban a que se abriera... entraban y lo martilleaban hasta que gritaba y buscaba consuelo en el fondo de un vaso. Una botella. Luego dos. Al final no hubo final, terminar una era abrir otra. Y el mundo seguía informando y él seguía bebiendo. Quizá habría encontrado mejor aislante, mejor aturdimiento en otras sustancias adormecedoras, pero estas no se mandaban por mensajería al lugar donde sus huesos tiritaban de miedo y angustia. Y él no quería salir de casa y tenía que conformarse con el alcohol barato.

Pero esta vez había tomado una determinación. Nunca supo si fue porque el vaso se derramó después de tantas gotas haciéndolo rebosar o porque hubo en fallo en la entrega y tuvo que pasar cuarenta y ocho horas sobrio sin más compañía que el televisor y una vieja radio de transistores. Aparatos del demonio que no hacían más que recordarle que la realidad existía y que le había dado alcance.

Dejó la casaca roja colgada. En su lugar prefirió un abrigo negro. Durante unos segundo acarició la idea de usar el uniforme tradicional para el reparto, pero este año no repartiría ilusión ni esperanza, bueno, sí, pero de otra manera. Este año no sembraría los dormitorios infantiles de regalos y presentes para anunciar una vida mejor, no. Este año buscaba a los mayores, a aquellos que salían en las listas más oscuras. Este año sólo ellos recibirían su regalo especial. Tomó los guantes, se caló el sombrero y se montó en el trineo. Agradecía que ningún paquete hiciera tic-tac, tic-tac, tic-tac anunciando lo inevitable. El mundo moderno le facilitaba mantener la sorpresa hasta el último momento.

Y mientras se elevaba pensó en los niños y niñas que vivirían toda su vida con el recuerdo de estas navidades... Sabía que tarde o temprano debería volver a hacer esta entrega especial porque los hijos de quienes iba a visitar nunca superarían esta decepción y su odio vomitado al mundo haría que la rueda volviera a girar y él volviera a salir de su escondite una vez más.

Mientras una lágrima caía por su sonrosada y regordeta mejilla pensó que necesitaba el valor de un vaso, quizá dos, de aquello que se negó a recibir. Aquello que guardó porque tan harto estaba de vivir anestesiado que una de sus mitades se rebeló, la otra no tenía fuerzas para resistirse. Por eso guardó y nunca recibió su preciado licor. Por ello se mantuvo lúcido preparando los regalos y envolviéndolos cuidadosamente. Porque esa vocecilla en su cabeza no paraba de repetir.

Hazlo. Hazlo, vuelve a repartir esperanza por el mundo.

regalo
 

sábado, 6 de enero de 2018

Los otros, los tres socios


─ ¿Ya has llegado? ─ al abrir la puerta puso cara de sorpresa resignada.
─ Hace un par de horas. Poca faena, ya lo sabes. ─ Dejó los papeles sobre la mesa y se acomodó en la silla ─ Por lo que veo tampoco tú estás muy boyante.
─ Cada año menos... Al menos a nuestro colega le siguen llegando peticiones.
─ No te hagas ilusiones, al ser negro parece que cae mejor. Hay gente a la que le sigue pareciendo exótico, pero ha llamado hace diez minutos, está de camino, también ha terminado pronto.
─ ¡No me jodas! ─ y se dejó caer pesadamente en el raído sofá que había en el despacho.

Hacía tiempo que el negocio de los tres socios iba cada vez peor. Los pedidos eran cada año menos, muchos preferían la competencia. No es que trabajara mejor que ellos, era, simplemente que su plazo de entrega era un poco antes y eso le favorecía al coincidir con las vacaciones de todos los críos. Tampoco ayudaba que su imagen de cercanía y bonachonería le hubiera facilitado la aparición en no pocos anuncios, programas de televisión e historietas al alcance de millones de personas. Quizá un poco la culpa era de ellos, su área de influencia era pequeña y parecía menguar cada año un poco más.

─ ¿Qué estás pensando? ─ Mientras se revolvía en la butaca no dejaba de mirar a su compañero recién llegado.
─ Esto va mal, necesitamos cambios.
─ ¿Como qué? Ya no nos llaman como antes para aparecer en televisión y encima nos meten en la ponzoña que sale de las cabalgatas cada año... Te digo una cosa, muchas moderneces y toda esa mierda, pero nos perjudica más que nos beneficia... Los modernillos pasan de nosotros y prefieren al gordo cabrón.
─ Lo sé, el puñetero gordo nos está comiendo la tostada... aún recuerdo cuando vino, muy modosito, a que le dejáramos participar en nuestro territorio. Un detallito nada más, como avance para vosotros... ─ puso cara de asco.─ Deberíamos ampliar, hacer lo mismo que él, buscar unas marcas potentes que nos impulsen donde aún no trabajamos, limpiar la imagen, pillar a un par de famosetes para que nos representen...
─No te jode... ¿Y presentar el especial de nochevieja y cantar un rap no te valen? Empiezo a estar viejo. Viejo y amargado y estoy considerando seriamente cerrar el chiringuito, retirarme a una playa soleada y pasar las navidades con las palmeras...
─ ¡No os lo vais a creer! ─ el tercer socio entró de golpe en el pequeño despacho.─ Vais a flipar con lo que ha hecho el gordo cabrón.

Dejó la capa que lo envolvía sobre un butacón que había en un rincón de la habitación y se dirigió a la pequeña fuente de agua. Cuando echó el primer trago se lo pensó mejor y se dirigió al mueble bar, allí se sirvió un whisky, no muy corto que se ventiló de un trago. Los otros dos lo miraban estupefactos. No sabían qué debía ocurrir, pero viendo a su colega no podía ser nada bueno.

─Me he cruzado con Tanvi hace un momento, la de la sección de electrónicos... ¡la chiquilla que pone las pilas a los cacharros! ─ Baltasar era el único que conocía a todos los trabajadores por el nombre. No es que los tratara mejor o peor que los otros, pero a algunos, sobre todo a los más pequeños, parecía que les hacía ilusión y trabajaban mejor.─ Iba llorando, parece ser que tenía un amigo, uno de la fábrica del lapón... Yastin, Yatan, Yaitin o algo así se llamaba. Bueno pues resulta que hace días que no lo ve, ella cree que es porque aquí hace horas extra y él lleva otro horario en la fábrica y no coinciden, pero hoy ha ido a su casa y se ha encontrado a los padres llorando y a la familia de luto ─ se sirvió otro trago mientras sus dos socios se miraban sin entender nada. Los accidentes eran habituales en esa parte del mundo, también los de los chiquillos y ellos no podían hacer nada. Aunque hubieran querido cambiarlo el sistema era así, unos estaban arriba y otros abajo.

─ Anda abrevia que quiero ir al pueblo a desahogarme de la mierda de noche que hemos tenido...
─ A eso iba... resulta que el crío no había tenido ningún accidente. Resulta que al pobre desgraciado se le ocurrió coger una puta peonza con lucecitas del taller y dejar la caja vacía en su lugar. El puto gordo la fue a dejar en una casa y al notar que no pesaba nada la abrió allí mismo. Del grito que pegó se despertó medio vecindario y casi lo pilla la familia. ─ Melchor y Gaspar se miraron esperando lo peor ─ Terminó deprisa y volvió...
─ ¿Se... se... se lo cargó?
─ A hostias por lo visto, cuando llegaron los padres el crío era un amasijo de carne y sangre pero lo peor no es eso... ─ el trago ahora era un vaso entero ─ lo peor es que cuando llegaron el puto Joulupukki tenía los pantalones en los tobillos y se estaba follando al pobre crío...

Los otros dos palidecieron. No podían creérselo, por muy cabrón que fuera Joulupukki no era capaz de eso. ¿Un par de hostias? Claro, al fin y al cabo era él el que se la jugaba. ¿Matarlo? ¿Necrofilia? Incluso para un pederasta redomado como él era demasiado... No, no se lo podían creer...

─ ¿Como estás seguro que es cierto lo que te ha dicho la cría?
─ He bajado al pueblo. Y he hablado con los padres. La familia está hundida, los hermanos deben seguir yendo a trabajar a su taller y la madre aún lleva en la cara las marcas que le dejó mientras la violaba.
─ ¡¿Y el padre?!
─ El padre debe vivir con la culpa de haberlo visto todo y haberse quedado quieto sin hacer nada.
─ Puto psicópata... tiene a todo el pueblo acojonado...

Melchor estaba desecho, con la cabeza entre las manos no podía parar de negar con la mirada fija en la mesa. Gaspar lloraba, se había levantado y miraba por la ventana, apretaba los puños de rabia mientras, entre lágrimas se veía a sí mismo, milenios atrás llevando obsequios, detalles con la ilusión de hacer felices a niños que no tenían nada... se volvió y vio a Melchor como si hubiera envejecido cientos de años en unos minutos... a Baltasar sudando y bebiendo pero como si se hubiera liberado de un peso enorme al hablar pero ahora fuera consciente de lo que había dicho... Los vio en el día que se conocieron, en el primer viaje, en tantas y tantas casas, riendo, soñando... Y supo lo que tenía que hacer.

─ Tenemos que matarlo. ─ Lo miraron como sin entender, como si lo hubiera dicho en otro idioma que no conocieran.─ No hay otra solución, esto se le ha ido de las manos, es un peligro para nosotros y debemos recuperar nuestra parte de negocio... Hay que matarlo. Hay que matar a Papá Noel.

Los tres socios

lunes, 25 de diciembre de 2017

La otra navidad

Yatin y sus hermanos
Era navidad, o eso creía Yatin. No tenía muy claro qué tipo de fiesta era o dónde se celebraba, sólo sabía que debía ser aquel día porque era el primero en seis meses en el que no debía ir a trabajar. El tipo gordo que era su jefe no aparecería hoy por la fábrica. No sabía dónde iba ni qué hacía pero Yatin había decidido que cuando despertara se iría a pasear. ¡Ya tenía nueve años, no era un niño pequeño y no necesitaba descansar! De todas formas si descansaba sabía que al día siguiente, al volver a la fábrica, los huesos le dolerían más. Al menos desde el día siguiente trabajaría cuatro horas menos, sólo estaría diez. O al menos eso creía, nunca había llegado a aprender a leer el reloj correctamente.


La que sí sabía leerlo era Tanvi. Tanvi era dos años mayor que él y era su mejor amiga. Cuando no trabajaban se iban al río a pasear o subían a la montaña a buscar bayas. Ahora no era tiempo de bayas, pero daba igual, tampoco estaba Tanvi. Ella trabajaba en la otra fábrica, la de los tres socios. Estos aún trabajarían dos semanas más, terminaban más tarde, Yatin no sabía por qué.


El caso es que Tanvi trabajaba y Yatin tenía todo el día para él. Quizá iría a jugar con los niños Yadab, Ellos no trabajaban aunque ya tenían edad para ello, el pequeño había cumplido ya seis años, como su padre era rico (decían que había trabajado en el cine) quería que los niños fueran a la escuela. Yatin no sabía por qué necesitaban ir a la escuela tanto tiempo, quizá eran un poco tontos o quizá es que eran vagos que no querían trabajar y ayudar a sus padres a pagar las facturas. Yatin llevaba cuatro años trabajando, primero para ese zapatero que le pegaba cuando se emborrachaba y luego para el pastelero. El pastelero no bebía pero también le pegaba si creía que Yatin había metido el dedo en la nata para comer algo.Él nunca lo había hecho, pero el pastelero decía que si no lo había hecho le pegaba igual por las veces que lo hiciera y no le pillara y así no se le ocurriría tomarle el pelo. Luego llegó la empresa del tipo gordo. Era extranjero y tenía una forma muy rara de reírse. Le tocó el pelo y le dijo que él era especialista en dar felicidad a los niños, Yatin no supo qué pensar. ¿Iba a ser feliz trabajando? No estaba muy seguro pero pagaba un poco mejor que el pastelero.


Yatin empezó a trabajar en la fábrica pese a no saber qué fabricaban allí, se ocupaba de repartir las raciones de comida. Su amigo Vaibbhav decía que juguetes, pero eran unos juguetes muy extraños: tenían luces y sonidos, y una pantalla que era como un televisor pequeño donde unos muñecos se movían. Yatin sabía lo que era un televisor porque el pastelero tenía uno en la tienda, era como un cuadro en el que sale gente haciendo cosas y hablando pero que no está allí. es como si mirara por una ventana. Luego entró en otros barracones y vio escopetas ¡eso no eran juguetes! pero las escopetas eran de plástico y de muchos colores chillones... No parecían muy resistentes y llevaban balas de espuma blandita... Allí conoció a Tanvi, antes de que se fuera a trabajar con los otros extranjeros, en la otra fábrica. Allí también hacían juguetes. O eso le había dicho Tanvi, pero no terminaba de creérselo porque una vez le trajo un dibujo, eran unos muñecos jugando con una cosa que Tanvi llamó bloques de construcciones que era para niños a partir de tres años. No entendía el juguete, no entendía que ningún juguete fuera tan complicado y no creía que nadie se divirtiera con ello. Él con tres años jugaba con la pelota que compartía con sus hermanos. Tenían una pelota y un tren de madera para los cinco, por eso tampoco entendía el porqué de fabricar tantos juguetes. ¿Cuantos niños había en el mundo que no tuvieran edad de trabajar?


Se lo tuvo que creer cuando vio que los hijos de Yadav tenían en las manos una de esas cosas con pantalla. No le dejaron tocarla. Vaibbhav dijo que se llamaba consola y que era para niños a partir de los siete años. Eso sí era una locura. Todo el mundo sabe que a los siete años ya eres un hombrecito y que no juega más.


Hacía cosa de un año el tipo gordo lo llamó a su despacho y le preguntó si quería ganar más dinero, Yatin dijo que sí y se preguntó si aquello era lo que el gordo decía que hacía para repartir felicidad. Pero a él no le gustó, el gordo le dijo que se lo tenía que ganar y se desabrochó los pantalones. Yatin no sabía qué debía hacer, pero Ganesh, el ayudante del gordo le dio un empujón y lo mandó directo a... a Yatin no le gusta recordarlo. Desde aquella vez a tenido que ir cuatro veces más a "ganarse el puesto", pero ahora trabaja sentado, mete los juguetes en cajas y los envuelve con papeles de colores, luego los deja en una cinta que va al almacén y no sabe qué pasa con ellos.


Cuando Yatin se despierta llueve, llueve mucho y no puede salir a pasear. Entonces recuerda que tiene una cosa. No pudo resistirse. Llegó a su mesa un objeto de plástico, era como una peonza pero con luces y colores. Cuando era pequeño, su primo Ambaji tenía una de madera. Le había dejado lanzarla un par de veces. Era muy complicado. Como estaba solo en casa decidió probar. No le salió bien a la primera, tuvo que lanzar un par de veces más hasta que la peonza empezó a aguantarse de pie y rodar, pero el suelo era tan irregular que en seguida se caía... Al final se decidió por intentarlo sobre la mesa en la que comía con sus padres. Hizo un lanzamiento perfecto y la peonza giró y giró hasta que empezó a destellar en amarillo, verde y azul mientras una extraña música surgía del interior. La miró extasiado durante un par de minutos hasta que llamaron a la puerta.


─ O sea que has sido tú pequeño hijo de puta... Te vas a enterar de lo que es robarle a un lapón maldito indio de mierda...


Era el tipo gordo, enfundado en una especie de uniforme rojo con un sombrero extravagante terminado en una bola. Yatin retrocedió lentamente, mientras el tipo avanzaba con la mandíbula desencajada y los ojos inyectados en sangre reflejando los colores de la peonza, amarillo-verde-azul. amarillo-verde-azul... Avanzaba arrastrando las botas, con una mano se desabrochaba el cinturón, con la otra aguantaba una botella de la que iba bebiendo de vez en cuando.


Yatin aterrorizado no gritó. Sabía que no valía la pena. Aunque hubiera mucha gente en las casas cercanas nadie oiría nada. Nadie oía ni veía nunca nada en su pueblo.

domingo, 25 de diciembre de 2016

La chimenea (un cuento de navidad)

Aquel había sido un mal año para la familia Peacock, uno de aquellos de los que te alegras de que terminen.

Al señor Peacock le habían despedido. La mina ya no era tan rentable como antes y el dichoso gas canalizado había desplazado al carbón como sistema principal de calefacción. De nada sirvieron los sacrificios, los años dedicados y los litros de aire envenenado que habían teñido de negro sus pulmones hasta el punto que una carrera, unas escaleras o una habitación con demasiada gente se transformaban en un dolor lacerante, como si cien canarios, como los de la mina, estuvieran picando sin cesar sus pulmones por dentro. Ahora pasaba las horas muertas en el único bar del pueblo, detrás de un vaso de vino y unas cartas que si bien no solucionaban nada por un tiempo ahogaban los recuerdos de tiempos mucho más placenteros.

La señora Peacock seguía trabajando pero a penas si servía. En la fábrica de detergentes habían apretado un poco más, "el sueldo no se puede subir" decían, y ya era paupérrimo de por sí. Pero las horas extras estaban a la orden del día, no así su retribución que había meses que iba con retraso y meses en los que había que esperar al mes que, afortunadamente, sólo hubiera retraso. Vio cambiar al dueño tres veces de coche aquel fatídico año, pero nunca hubo dinero para cambiar el sistema de ventilación de la planta de producción, ni siquiera para poder comprar mascarillas que protegieran al personal de aquellos polvos limpiadores que se resistían a ser empaquetados y que volaban libres por el aire. Volaban hasta que las fosas nasales de algún incauto los succionaban y éste sentía como se iban posando en sus pulmones, aquellos que a veces silbaban cuando la inspiración era demasiado profunda.

El chico Peacock tuvo lo que se dice mala suerte, no vieron a tiempo una gran humedad que filtró al lado de su cama y que por las noches le impelía a respirar una cierta caterva de hongos que le desarrollaron no pocas afecciones. Incluida una pulmonía aquel día que la ventana de su habitación se negó a cerrar bien, henchida por la humedad exacerbada por tres días de tormentas. Toda la noche llovió, toda la noche estuvo con los pies de la cama a merced de lluvia y viento, demasiado débil como para pedir ayuda.

Aquel año era estrecho y gris. Aquel año los ahorros se fueron, paradójicamente, en carbón para la vieja chimenea, "el niño no puede pasar frío", era el mantra y excusa sí, pero el matrimonio, en secreto, agradecía el calor desprendido por aquellas piedras negras al arder delante de sus ojos. Pero tanto arder no resultaba gratis para la cañería que debía airear y sacar el humo de la casa y un deshollinador no era una opción, los pocos que quedaban no cobraban poco. El señor Peacock intentó limpiar por sí mismo, pero el frío y las herramientas inadecuadas frustraron su misión y tuvieron que resignarse a que las paredes se fueran tiznando, a toser un poco más y ventilar de vez en cuando el salón para que el humo no terminara con unos pulmones al borde del colapso.
carbón

Pero llegaba navidad, y en secreto la ilusión hacía mella en los tres Peacock, debía ser una tregua, un punto de inflexión a ese año de desilusiones y sinsabores. La mañana de navidad tenía que congraciarles con los fados y darles ese empujoncito para llegar al siguiente año con vigor y un poco de esperanza. Pero llegó el tan esperado día y no pasó nada. Se habían levantado con el sol esperando ver esos paquetes que el viejo gordinflón vestido de rojo siempre les dejaba a los pies del árbol, del viejo sillón o en el rincón menos esperado pero siempre a la vista. No había nada.

El salón estaba vacío de todo aquello que no hubiera estado la víspera, incluso el vaso de leche, la copa de coñac y las galletas estaban tal y como lo dejaron en acostarse. No había venido. El viejo gordo cabrón les había evitado, no había querido estar en su casa, los había despreciado como tanta gente en el pueblo. No hay nada como ser un pobre desgraciado, es la única situación en la que el mundo es coherente, todos te tratan igual, la suerte te esquiva y la salud te falta. Sin ánimos ya ni para el exiguo desayuno encendieron la chimenea secando una lágrima furtiva, el chiquillo tiritaba, quizá también de frío. Aquel día incluso la chimenea se alió en su contra, nunca había estado tan atascada, pero apagar el fuego no era opción, debían mantenerlo encendido pese a las brasas en el pecho de los tres Peacock, el frío les hacía ignorar el dolor de los seis pulmones y mantener el fuego pese al humo, pese a ése sabor salado en el fondo de la garganta, pese a ese sopor seductor que la falta de oxígeno los anclaba en sus asientos.

Nunca despertaron. Nunca oyeron el grito de desesperación que se alzó de otras casas en las que el viejo tampoco hizo acto de presencia. Tampoco supieron de cuando el juez levantó sus cuerpos y ordenó ventilar la casa. Tampoco estuvieron cuando, un tiempo después los nuevos inquilinos hicieron desatascar la chimenea rescatando, no sin horror, el cuerpo de un otrora orondo hombre vestido de rojo que había muerto atorado en la chimenea, atrapado por el exceso de hollín.

martes, 6 de enero de 2015

En reyes tampoco

Navidad rota
Era la mañana del seis de enero y muchos ojos se abrieron expectantes y precavidos. El pasado día de Navidad ya fue terriblemente decepcionante, Papá Noel no había pasado por ningún hogar, dejando niños y padres desolados y confundidos.

Aquel día los pies dentro de las zapatillas no corrieron hacia los comedores, nadie quería pensarlo, pero la sombra de la decepción planeaba sobre todos.

Lo peores augurios se cumplieron, tampoco los reyes habían hecho acto de presencia. Lloros por parte de los pequeños, rabia y puños prietos entre los mayores que no dejaron caer lágrima alguna. ¿De repente eran todos tan malos? Algo más debía haber, ¿pero qué?

Desayunaro en silencio y vestidos fueron a la calle a ver si alguien sabía algo pero nadie tenía respuestas. Resignados intentaron volver a sus vidas, televisiones y radios ocuparon el vacío de las risas y juegos. Abatidos estuvieron ausentes mientras los locutores desgranaban las noticias del día. En Suecia empezaba el juicio del supuesto activista lapón acusado de contrabando y detenido unos días antes. En Melilla se daba cuenta de un tiroteo a pie de valla con el resultado de muerte de un subsahariano que vestido con una túnica había intentado saltar la noche anterior. Al norte de Irak el ejército islámico proclamaba que había capturado a un espía que con un camello pretendía pasar por sus dominios y mostraba a un anciano asustado a punto de ser degollado. Esa misma mañana un soldado israelí había abatido a un palestino que se había saltado el toque de queda en Ramallah, el saco al hombro había resultado demasiado sospechoso como para obviarlo o dejarlo explicarse.

Mientras, en un paraíso tropical un mandatario de un gran país salía de una reunión con otros gobernantes y proclamaba que el mundo era ahora mucho más seguro.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Navidad, inocente navidad...

Hacía poco que había cumplido los ocho años y se acercaba la navidad. Como era lógico cada vez estaba más nervioso. Era un chico normal, ni más listo ni más tonto que los demás pero había algo que lo hacía distinto: era el único de todos sus amigos y conocidos que no lo sabía, no sabía el gran secreto de la navidad.

Él no llegaba a ser consciente de su ignorancia, pero sabía que algo se le escapaba. Todos cuchicheaban a su alrededor y cuando se acercaba callaban. Cada vez que le comentaba a algún amigo lo nervioso que se sentía al acercarse el día en que Papá Noel llegara a su casa con los regalos, no recibía más que respuestas vagas. Quizá era su propia ilusión la que lo hacía inmune a las dudas pero algo empezó a calar en él.

- Hoy casi no he dormido en toda la noche...
- ¿Y eso? ¿Otra vez han hecho ruido los vecinos?
- ¡Nooooo! es que sólo faltan dos días...
- ¿Dos días? ¿Para qué?
- ¡Para que llegue Papá Noel! Tengo unas ganas... ¡a ver si me trae lo que he pedido! ¿Y tú que le has pedido?
- Bueno... poca cosa.. ya sabes...
- Jo, tengo unas ganas...
- Oye, ¿tu ya lo sabes, no?
- ¿El qué?
- Pues eso.. lo de Papá Noel... que no es una persona normal...
- ¡Pues claro! ¡Es mágico! Pero me parece que los mayores no lo entienden...
- Eeeeh, sí claro, oye me voy. Ya nos veremos después de reyes, creo... oye, cúidate y si viene Papá Noel a tu casa, no intentes verlo. Dicen que no es bueno.

Y su amigo se fue, de golpe se había puesto serio y se iba arrastrando los pies y mirando al suelo. Se quedó un rato pensando pero recordó que sólo faltaban dos días, dibujó una sonrisa y salió corriendo hacia su casa.

Llegó jadeando, su madre ya tenía lista la merienda.

-¿Qué te pasa que vienes tan corriendo?
-Nada. Mamá, ¿sabes que mañana viene Papá Noel? Tengo unas ganas...

Su madre se quedó callada, sonriendo ante la ilusión de su hijo.

- ¿Mamá?
- Dime hijo.
- ¿Pasa algo con Papá Noel?
- ¿Porqué lo dices? - no le gustaba el cariz que tomaba la conversación.
- Porque los otros niños no tienen ganas de que venga, me parece que soy el único que tiene ganas...
- Alguno habrá que también quiera... - la madre ya se empezaba a preocupar.
- No, ninguno. Y todos cuchichean y no me cuentan de qué hablan.
- ¿Todos? ¿Estás seguro?
- Sí todos.

Ahora su madre ya estaba completamente alarmada y él lo notó. No quiso preguntar cuál era el problema, tampoco le dio mucha importancia, pasado mañana por la mañana encontraría los regalos y seguro que su madre se alegraría y jugarían todo el día.

Por la noche no pudo dormir. Se levantó muchas veces a beber agua, y otras tantas tuvo que ir al baño. En uno de sus paseos oyó a sus padres hablar en voz baja.

- Te digo que es el único que no lo sabe... es el último...
- Venga, no exageres, seguro que hay más, aún es pequeño...
- Que no. Estoy preocupada, no quiero que se entere de esto así... deberíamos decírselo...
- No seas inconsciente, si de verdad es el último en enterarse no podemos decirle nada... ya sabes lo que hay, no podemos quitarle la ilusión. Las consecuencias pueden ser catastróficas...
- (Llorando) Es tan pequeño...

Se marchó a la cama extrañado, no sabía cual podría ser ese gran secreto que hacía llorar a su madre... y no sabía qué podía ser lo que todos sabían y él no, pero se durmió casi enseguida, ya era bastante tarde.

El día pasó rápidamente, sus padres estuvieron con él en todo momento. Fueron a patinar, a visitar el mercadillo navideño de la Plaza Mayor y le compraron todos los dulces que pudo comer y alguno más... La tarde no fue peor, jugaron a sus juegos favoritos, ¡incluso su madre se atrevió con la consola! No se dio cuenta y ya estaba cenando. Su madre tenía los ojos rojos, había llorado. Su padre le miraba y le sonreía sin decir nada y él estaba pletórico, casi no cenó, ¡sólo quería irse a dormir para que llegara ya la mañana siguiente!

Su padre lo despidió con un beso y una sonrisa un poco extraña. Su madre lo arropó y le dio un beso en la frente.

- Sobretodo no te levantes de la cama, pase lo que pase... a Papá Noel no le gusta que lo interrumpan... - y una lágrima resbaló por su mejilla.

Pese a lo que parecía se durmió casi en seguida. Estaba agotado. Pero en un momento de la noche se despertó y oyó un crujido. Alguien andaba en el comedor casi de puntillas. ¡ERA PAPÁ NOEL! El corazón le golpeaba con fuerza el pecho, casi lo sentía en la garganta... Cerró los ojos con fuerza y se resistió, no quería levantarse, no quería enfadar a Papá Noel... Luego vino el silencio, se había ido... El chico estaba ya desvelado y los regalos probablemente le esperaban bajo el árbol. No perdía nada si les echaba un vistazo. Estuvo unos minutos pensando... seguramente sus padres se enfadarían, a estas horas hay que estar durmiendo le dirían. Pero sólo un vistacito, sólo mirar cuantos paquetes habría y sopesar alguno, claro, para saber qué había dentro... Luchó contra la idea unos minutos y cuando se convenció de quedarse en la cama y seguir durmiendo... se levantó de un salto y corrió hacia el salón.

Al entrar se fijó en el árbol y ¡bingo! dos montoncitos de regalos. Se acercó a tocarlos y vio que en un montón estaba el nombre de su padre, en el otro estaba el de su madre. Nada para él... y, tras pensarlo un poco, se dio cuenta de lo que había pasado ¡había interrumpido a Papá Noel! Se levantó corriendo para volver a la cama con la esperanza de que volviera a traerle sus regalos, pero al girarse... al girarse lo vio delante suyo, imponente, con el traje rojo, la barba blanca, los ojos con un brillo extraño y una mueca por sonrisa. El chico se quedó parado...

- O sea que eres tú el chiquillo inocente. El único que aún no conoce el secreto de la navidad. ¿Nadie te ha contado nada? ¿No te han dicho cual es mi secreto? - El chico negaba con la cabeza.- Bien pues te lo contaré, al fin y al cabo has sido bueno y te lo mereces; cada año Papá Noel, yo, reparte regalos a todos los niños y familias que se han portado bien. Pero nada es gratis, ¿verdad? - El chico asintió. - Hay que pagar, al fin y al cabo yo también debo comer... ¿verdad?
- Allí he dejado galletas...
- Bien, bien, lo único malo es que a mí no me gustan las galletas. Verás, tengo un trato con todos los mayores. Durante todo el año me encargo de los que se portan mal, por eso debes portarte bien... pero en navidad, también tengo mi regalo. - Se iba acercando cada vez más... - Y mi regalo, querido amiguito, es el último niño bueno de su generación que no conoce el secreto de Papá Noel.

Y sin terminar de hablar se abalanzó mostrando sus enormes colmillos sobre el pobre chico que no dejaba de gritar mientras su madre lloraba en su cuarto, su padre cerraba los puños con fuerza y los niños vecinos mantenían los ojos tan cerrados como podían sin mover ni un solo músculo y sin, casi, atreverse a respirar.


Fantasma