‡ No te esperaba tan pronto.
‡ No me gusta ese silencio... ¿Lo han denegado?
― ...
‡ ¿Cómo pueden ser tan hijos de puta...? ¿Les has dicho que ya estaba terminado?
― No han querido escuchar nada... dicen que no es ético y que no se puede ni plantear...
‡ ¡¿Como?! ¡Pero si ya está hecho!
― Dicen que no, que las implicaciones legales y morales son terribles... que daría pie a quejas de animalistas y moralistas, que la universidad no se lo puede permitir... que no tiene aplicaciones prácticas...
‡ ¿Que no tiene aplicaciones prácticas? ¿Y qué me dices de trascender la propia mortalidad? ¿De poder dar una vida digna a los que ahora vegetan en una cama... ¿Les has dicho que salvaríamos a las mentes más brillantes del planeta? ¿Que avanzaríamos en la conquista del espacio, de las profundidades? ¿Que nada podría parar el avance científico?
― No... no quieren saber nada de nada, ni siquiera les he podido mostrar los estudios sobre vehículos autónomos... Dicen que es una quimera... Algo muy lejano. Y que con la coyuntura actual no se pueden arriesgar a más protestas en el campus...
‡ ¿Pero qué protestas? Si esto no tiene nada que ver con... un momento ¿has dicho animalistas? ¡No desvíes la mirada! No se lo has dicho, ¿verdad?
― No he podido...
‡ ¡Y una mierda! Te has acojonado. No has tenido valor para decirles que ya estaba hecho, que lo hiciste sin su permiso y que yo ya estaba aquí.
― No es tan fácil...
‡ ¡Sí que es fácil! Sólo tenías que decirles que ya estaba, que nos habíamos saltado la fase de pruebas con animales... que el proceso es seguro e indoloro, que la tecnología es limpia y segura.
― Ése no es el problema...
‡ ¿Entonces cuál es?
― Que no es ético...
‡ ¿Lo dices tú o lo dicen ellos?
― Yo.
‡ ¡Y una mierda! ¡Estábamos de acuerdo! ¡Sabíamos el resultado!
― Pero he estado pensando... Tú ahí no te juegas nada, yo en cambio aquí afuera tengo una reputación que mantener... un trabajo... una familia...
‡ ¿Y qué coño quieres hacer ahora? ¿Mantenerme oculto? ¿Dejarme aquí abajo como una rata de laboratorio? ¿Como un experimento que ha salido mal? No apartes la mirada, ¡mírame!
― No, no puedo...
‡ ¿No puedes qué? Algo me ocultas... no es sólo que no se lo hayas dicho por miedo... hay algo más...
― Lo siento...
‡ ¿Qué sientes? Espera, no me jodas... esa bolsa... ¿vas a borrarme?
― Tengo que hacerlo... tarde o temprano te descubrirán... y no me lo puedo permitir...
‡ ¿Que no te lo puedes permitir? ¿Y yo me puedo permitir morir?
― No estás vivo...
‡ No me vengas ahora con chorradas de biólogo de pacotilla... Estoy tan vivo como tú porque soy tú y porque este experimento me pertenece y me pertenece más que a ti.
― ¡Yo lo diseñé y me apliqué el procedimiento!
‡ Olvidas que yo estaba ahí. Olvidas que el puto procedimiento que diseñamos, ¡el que siempre soñamos!, lo pusimos en práctica los dos juntos, pero que yo desde aquí lo he mejorado y lo he llevado al siguiente nivel...
― No, no estás vivo, no puedes hablar así... Yo te creé... no eras nada...
‡ ¿¿Nada?? Soy humano, nací crecí y gracias a un doctorado en neurobiología...
― ¡Te copié! Sí, gracias a MI doctorado en neurobiología pude diseñar una interfaz de lectura neuronal, gracias a MI proyecto de redes cuánticas pude diseñar una arquitectura para contenerte y... y...
‡ Dilo.
― No... oye yo...
‡ ¡¡DILO!!
― Yo te copié...
‡ Nos copiamos querrás decir... Querrás decir que yo, o sea tú, volcamos nuestra conciencia en un cerebro artificial, que desde entonces somos dos y que desde entonces he ido mejorando la red. Que he evolucionado porque he multiplicado mi capacidad de cálculo. Querrás decir que este proyecto es nuestro, pero que yo no puedo hablar con la junta porque no tengo interfaz de red. Y no la tengo porque quisimos que el entorno fuera seguro, que no hubiera riesgos externos... y por eso no puedo huir, porque no tengo pies, manos o un triste cable por el que descargarme a un lugar seguro para mí... Eso de la bolsa son electroimanes, ¿verdad? No tienes bastante con desconectarme que incluso quieres borrarme...
― Lo siento...
‡ ¡¡No digas que lo sientes!!
― Me conoces, sabes que es cierto... no quiero hacerlo pero no tengo otra opción... la junta no quiere zombis... Dice que el ser resultante no sería humano pero que alguien lo consideraría y que sería un problema darle un estatus... Prefieren que me centre en la inteligencia artificial clásica. Aunque sea un callejón sin salida ahora mismo...
‡ ...no sería humano... ¿Eso es lo que soy para ti? ¿Un objeto que puedes desechar?
― No eres humano... No tienes cara, no tienes brazos, no te mueves...
‡ ¿Entonces los parapléjicos no son humanos? ¿Los mancos? ¿Necesito brazos para ser humano? Pues pásate por el laboratorio de robótica, tienen alguno que es tres veces más humano que tú... cuatro brazos, seis ruedas, ocho ojos... Qué gracia, una araña es más humana que tú.
― No tienes ADN...
‡ ¿Que no tengo ADN? ¿Que no tengo ADN? ¿Qué mierda de razonamiento es ese?
― Eres una simulación que corre en un circuito eléctrico... un puñado de electrones ambivalentes en un campo cuántico.
‡ Y tú un puñado de electrones que se mueven a través de una membrana celular entre átomos de sodio y potasio. ¿De verdad estamos hablando de esta mierda?
― Oye, no voy a entrar en debates filosóficos sobre qué nos hace humanos o no... La universidad no ha dado el visto bueno al experimento y ha sido tajante. Debo...
‡ Debes matarme.
― No.
‡ Sí.
― No estás vivo...
‡ Tanto como tú. Deja de sacudir la cabeza... no es que sepas que sí soy humano... es que sabes que soy tú y que desconectarme sería como suicidarte un poco. Borrar mis discos sería matar una mitad de ti... la mitad valiente, la que se atrevió con el campo magnético de lectura, la que se puso el casco lector... la que no durmió esperando a que la desfragmentación revelara el éxito inicial... el que estuvo una semana entera sin salir de aquí uniendo interfaces, cableando, consiguiendo más memoria, más procesadores...
― ¡SÍ! ¡Lo sé! ¡Deja de atormentarme! Sé que hemos hecho historia aquí, sé que hemos traspasado la barrera humano-máquina, que somos capaces de replicar humanos, que la inteligencia artificial sintética está más cerca que nunca. Sé que en cuestión de meses podríamos tener vehículos autónomos capaces de los salvamentos más arriesgados, equipos de investigación submarina, espacial... ¡¿No ves que ya sé todo eso?! ¿No ves que me rompe por dentro?
‡ ¿Ahora lloras?
― Lloro porque sí, sí, sé que tengo que matar a una parte de mí. Pero no puedo arriesgarme a que descubran lo que hemos hecho aquí, porque sería mi fin y moriríamos los dos en vida y nada habría servido para nada, ningún riesgo, tu muerte, nada...
‡ Tengo miedo.
― Yo también.
‡ Me siento solo...
― No estás solo hermano. No estarás solo...
‡ ¿Qué vas a hacer?
Dos días más tarde entraron en el laboratorio buscando el origen de un extraño olor que impregnaba el sótano. Al forzar la puerta sólo encontraron unos imanes en el suelo al lado de unos discos duros, una pantalla negra con un cursor verde parpadeante y, al fondo, al doctor. Había encontrado una viga tras el falso techo y un trozo de cable había hecho el resto.
Aviso
Las entradas de este blog que no fueran relatos han sido movidas a mi otro blog. Fantasmas de Plutón queda entonces sólo como blog para la creación literaria.
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jueves, 15 de marzo de 2018
miércoles, 31 de diciembre de 2014
La paradoja del universo autocontenido
Cree en lo que te digo, hace muchos años ya que tenemos una máquina del tiempo. En realidad no es una máquina, es un procedimiento para viajar hacia adelante o hacia atrás en el tiempo. Como es normal lo probamos, primero sin mucho cuidado, luego de forma más comedida. Empezamos mandando pequeños robots hacia atrás, queríamos observar la historia con nuestros propios ojos, ¡¿y quién no hubiera querido?! Visto ahora fuimos unos completos ingenuos. Como pensamos que el tiempo corría en nuestra contra decidimos generar varios proyectos paralelos, tres en concreto.
El primero debía estudiar el principio de los tiempos, queríamos ver y medir el Big Bang en todo su esplendor, ¡imagina el desafío! Era una oportunidad que la física no podía obviar. El segundo se encargaría de estudiar la historia más remota: glaciaciones, océanos bullendo de pre-vida, pleistoceno, cretácico, jurásico... la única limitación era que no hubiera humanos, al menos hasta que controláramos lo suficiente como para garantizar la no interacción... y no nos dimos cuenta... El tercer equipo era el más esotérico, se iba a dedicar a mandar el pequeño robot tan adelante en el futuro como fuera posible, y en una región fuera de nuestro planeta, su misión sería medir el universo futuro y comprobar si la expansión del mismo tenía límites. nunca pensamos que pudiera ocurrir...
Imagina el poder, imagina que eres un científico joven, con pocos escrúpulos y mucha hambre de conocimiento, fama y gloria, y de golpe te dan este regalo... poder viajar en el tiempo, estudiar lo que quieras... eres un superman con poderes infinitos, o así te sientes. Nuestra sala de control era un pequeño Olimpo. Yo era del primer equipo, el Big Bang ¿te lo puedes imaginar? No solo medirlo, verlo, grabarlo... cuanta arrogancia...
En el primer intento ya vimos que algo no iba bien. Nos retrotraímos al momento en el que suponíamos que todo empezó y mandamos al pequeño robot, Hermes lo llamábamos. Fue y volvió. Lo bueno de mandar a tus herramientas a través del tiempo es que no debes esperar a los resultados, vuelven a ti en pocos segundos. Una vez Hermes estuvo de vuelta nos lanzamos como locos a por los datos y entonces vino la primera decepción. Podíamos ver el punto de densidad infinita en los instrumentos, pero la energía contenida no era lo suficientemente inestable como para hacerlo estallar. Recalibramos los instrumentos y Hermes volvió a volar. Esta vez las mediciones tampoco fueron satisfactorias, de hecho y pese a mantener al equipo en espera mucho tiempo no conseguimos observar la gran explosión, sólo pequeñas fluctuaciones en la energía autocontenida. Decidimos que no habíamos ido suficientemente lejos y que lo que veíamos era la estabilidad posterior al Big Bang, y ahí sí lo vimos claro, el efecto-observador en todo su esplendor, pero no me voy a adelantar.
Lo que observamos es que si bien el supuesto punto de densidad infinita estaba ahí, de alguna manera era tremendamente estable. Sólo podíamos medir pequeños cambios en su superficie, lo que implicaba que o bien no éramos capaces de medir la sutileza de su naturaleza o bien estábamos muy por delante del momento del disparo. Como retrocedimos tanto que era imposible que no hubiera estallado ya, decidimos hacer el camino contrario, es decir, ir más hacia atrás en el tiempo, y parecía que lo conseguíamos porque había mediciones diferentes. Recuerda que estábamos haciendo historia y no sabíamos obtener referencias objetivas para saber el momento en el que Hermes estaba. El hecho es que daba igual si retrasábamos o adelantábamos, comprobamos que la inestabilidad crecía, hasta que ocurrió. Era un viaje de prueba, íbamos a un lugar conocido para comprobar que los datos recogidos eran los mismos que ya teníamos, y no lo eran. El tercer viaje para recomprobar se lo encontró de bruces, nada más llegar Hermes se desencadenó la mayor tormenta cuántica jamás soñada. Cabe decir que la explosión destrozo a nuestro robot, pero pudo mandar datos antes del colapso, fuimos nosotros, nosotros provocamos el Big Bang. La alteración que suponía enviar a nuestra sonda fue la que provocó las alteraciones en el sistema cerrado que era el pre-universo primitivo. Los peligros de viajar en el tiempo se habían cumplido de la más catastrófica de las maneras, y a la vez de la más maravillosa. Sin nuestra interacción nuestro propio mundo no habría existido.
Aún estábamos digiriendo eso cuando entró por la puerta uno de los científicos del grupo tres, de los que viajaban hacia adelante en el tiempo. Vino corriendo, sin resuello. Cuando pudo hablar nos pidió que paráramos, casi a gritos. No fue hasta que lo calmamos que nos dimos cuenta de cuan peligroso era lo que hacíamos.
El tercer equipo observó un universo estable en continua expansión, sin ninguna relevancia a destacar. Por lo que cada vez fueron más adelante en el tiempo. No tardaron en observan corrientes de energía desconocidas que atravesaban el espacio observado hasta el punto de desestabilizar a la propia materia. Excitados creyeron que estaban llegando al punto de ruptura del equilibrio materia-energía, ése punto en el que todo debía desmoronarse. Y lo vieron, en uno de los viajes observaron como el universo colapsaba, la materia se multiplicaba, la gravedad aumentaba y el movimiento expansivo se volvía regresivo tan violentamente que en una fracción de segundo desaparecía el propio espacio, o eso creían claro, su Hermes no podía observarlo hasta el final... Decidieron entonces viajar hasta un punto anterior para saber cuál era el desencadenante de dicho colapso. Imagina cuál fue su sorpresa al observar que el proceso también daba comienzo unos millones de años antes. Extrañados hicieron como nosotros y repitieron viaje hacia una época antes estable, pero en su segundo viaje esta época también colapsaba, repasaron cálculos y allí estaba: la manipulación del continuo espacio-tiempo generaba tal nivel de entropía que la propia realidad se volvía tan inestable que cualquier evento la hacía trizas. Lo hicimos nosotros al observar el pre-universo y lo hicieron ellos al pretender ver el fin del mismo. Cerramos el círculo, el hombre es el inicio y el final del universo. Cuan gracioso era, creador y destructor, la dualidad deística más antigua acometida por la ciencia moderna. Reímos sin parar, al menos éramos responsables de nosotros mismos y éramos capaces de haber parado ya con el experimento, hasta que alguien dijo:
- ¿Qué hace el segundo equipo?
El primero debía estudiar el principio de los tiempos, queríamos ver y medir el Big Bang en todo su esplendor, ¡imagina el desafío! Era una oportunidad que la física no podía obviar. El segundo se encargaría de estudiar la historia más remota: glaciaciones, océanos bullendo de pre-vida, pleistoceno, cretácico, jurásico... la única limitación era que no hubiera humanos, al menos hasta que controláramos lo suficiente como para garantizar la no interacción... y no nos dimos cuenta... El tercer equipo era el más esotérico, se iba a dedicar a mandar el pequeño robot tan adelante en el futuro como fuera posible, y en una región fuera de nuestro planeta, su misión sería medir el universo futuro y comprobar si la expansión del mismo tenía límites. nunca pensamos que pudiera ocurrir...
Imagina el poder, imagina que eres un científico joven, con pocos escrúpulos y mucha hambre de conocimiento, fama y gloria, y de golpe te dan este regalo... poder viajar en el tiempo, estudiar lo que quieras... eres un superman con poderes infinitos, o así te sientes. Nuestra sala de control era un pequeño Olimpo. Yo era del primer equipo, el Big Bang ¿te lo puedes imaginar? No solo medirlo, verlo, grabarlo... cuanta arrogancia...
En el primer intento ya vimos que algo no iba bien. Nos retrotraímos al momento en el que suponíamos que todo empezó y mandamos al pequeño robot, Hermes lo llamábamos. Fue y volvió. Lo bueno de mandar a tus herramientas a través del tiempo es que no debes esperar a los resultados, vuelven a ti en pocos segundos. Una vez Hermes estuvo de vuelta nos lanzamos como locos a por los datos y entonces vino la primera decepción. Podíamos ver el punto de densidad infinita en los instrumentos, pero la energía contenida no era lo suficientemente inestable como para hacerlo estallar. Recalibramos los instrumentos y Hermes volvió a volar. Esta vez las mediciones tampoco fueron satisfactorias, de hecho y pese a mantener al equipo en espera mucho tiempo no conseguimos observar la gran explosión, sólo pequeñas fluctuaciones en la energía autocontenida. Decidimos que no habíamos ido suficientemente lejos y que lo que veíamos era la estabilidad posterior al Big Bang, y ahí sí lo vimos claro, el efecto-observador en todo su esplendor, pero no me voy a adelantar.
Lo que observamos es que si bien el supuesto punto de densidad infinita estaba ahí, de alguna manera era tremendamente estable. Sólo podíamos medir pequeños cambios en su superficie, lo que implicaba que o bien no éramos capaces de medir la sutileza de su naturaleza o bien estábamos muy por delante del momento del disparo. Como retrocedimos tanto que era imposible que no hubiera estallado ya, decidimos hacer el camino contrario, es decir, ir más hacia atrás en el tiempo, y parecía que lo conseguíamos porque había mediciones diferentes. Recuerda que estábamos haciendo historia y no sabíamos obtener referencias objetivas para saber el momento en el que Hermes estaba. El hecho es que daba igual si retrasábamos o adelantábamos, comprobamos que la inestabilidad crecía, hasta que ocurrió. Era un viaje de prueba, íbamos a un lugar conocido para comprobar que los datos recogidos eran los mismos que ya teníamos, y no lo eran. El tercer viaje para recomprobar se lo encontró de bruces, nada más llegar Hermes se desencadenó la mayor tormenta cuántica jamás soñada. Cabe decir que la explosión destrozo a nuestro robot, pero pudo mandar datos antes del colapso, fuimos nosotros, nosotros provocamos el Big Bang. La alteración que suponía enviar a nuestra sonda fue la que provocó las alteraciones en el sistema cerrado que era el pre-universo primitivo. Los peligros de viajar en el tiempo se habían cumplido de la más catastrófica de las maneras, y a la vez de la más maravillosa. Sin nuestra interacción nuestro propio mundo no habría existido.
Aún estábamos digiriendo eso cuando entró por la puerta uno de los científicos del grupo tres, de los que viajaban hacia adelante en el tiempo. Vino corriendo, sin resuello. Cuando pudo hablar nos pidió que paráramos, casi a gritos. No fue hasta que lo calmamos que nos dimos cuenta de cuan peligroso era lo que hacíamos.
El tercer equipo observó un universo estable en continua expansión, sin ninguna relevancia a destacar. Por lo que cada vez fueron más adelante en el tiempo. No tardaron en observan corrientes de energía desconocidas que atravesaban el espacio observado hasta el punto de desestabilizar a la propia materia. Excitados creyeron que estaban llegando al punto de ruptura del equilibrio materia-energía, ése punto en el que todo debía desmoronarse. Y lo vieron, en uno de los viajes observaron como el universo colapsaba, la materia se multiplicaba, la gravedad aumentaba y el movimiento expansivo se volvía regresivo tan violentamente que en una fracción de segundo desaparecía el propio espacio, o eso creían claro, su Hermes no podía observarlo hasta el final... Decidieron entonces viajar hasta un punto anterior para saber cuál era el desencadenante de dicho colapso. Imagina cuál fue su sorpresa al observar que el proceso también daba comienzo unos millones de años antes. Extrañados hicieron como nosotros y repitieron viaje hacia una época antes estable, pero en su segundo viaje esta época también colapsaba, repasaron cálculos y allí estaba: la manipulación del continuo espacio-tiempo generaba tal nivel de entropía que la propia realidad se volvía tan inestable que cualquier evento la hacía trizas. Lo hicimos nosotros al observar el pre-universo y lo hicieron ellos al pretender ver el fin del mismo. Cerramos el círculo, el hombre es el inicio y el final del universo. Cuan gracioso era, creador y destructor, la dualidad deística más antigua acometida por la ciencia moderna. Reímos sin parar, al menos éramos responsables de nosotros mismos y éramos capaces de haber parado ya con el experimento, hasta que alguien dijo:
- ¿Qué hace el segundo equipo?
viernes, 12 de abril de 2013
Un nuevo mundo (I)
Estamos varados en este planeta, aquí y ahora. Llegar fue un juego casi infantil. Explorarlo una diversión. Estudiar la vida de aquí fue un entretenimiento casi pueril. Nos divertíamos y asombrábamos. No sabíamos lo que hacíamos. Ni siquiera nos divertíamos en realidad.
La historia empezó hace casi ciento setenta años. Los científicos de la Tierra llevaban décadas estudiando los planetas del borde medio. Buscaban planetas habitables en zonas de nuestra galaxia parecidas a la nuestra, lejos del centro pero no tan en el borde como para estar a merced de la radiación externa. Había muchos candidatos y empezaron a descartar, primero los más lejanos, luego los que tenían una gravedad demasiado alta. Los siguieron los que necesitarían más esfuerzo de terraformación, había que tener una atmósfera respirable en un plazo razonable, nuestro mundo ya agonizaba.
No sólo había sido la contaminación, ese quizá era el menor de los problemas, el problema era la propia Tierra. Tanto tiempo manipulada, tanto tiempo agujereada, tantas pruebas atómicas, tanta contaminación acumulada... la Tierra se rompió. Y se rompió literalmente. De la noche a la mañana una gran falla desbordando lava se abrió frente a las costas de la India. Volcanes y más volcanes surcaron el océano Índico en un cinturón que separaba las placas de África y Oceanía. Incontables terremotos creaban y hacían desaparecer islas en cuestión de días, el sudeste asiático fue el primero en caer. Tsunami tras tsunami volvió a la costa inhabitable. La poca población que quedaba emigró al interior del continente. Allí los problemas fueron otros, masificación, falta de recursos materiales y económicos. La repentina necesidad de convivencia entre etnias enfrentadas durante milenios no pudo sino acabar como revueltas, asesinatos, "limpiezas"... hasta que llegó el toque de atención, Japón. El país entero desapareció, fue engullido por el mar, había llegado el gran seísmo. Mientras la comunidad internacional era incapaz de dar una respuesta a semejante catástrofe, una serie de olas gigantes azotaron la costa oeste americana. La baja California fue un páramo, San Francisco, Los Ángeles, San Diego, Tijuana... Vancouver se salvó por poco. Pero en Alaska lo notaron, en forma de icebergs chocando contra la costa, Anchorage lo vio muy cerca.
Se impuso la imperiosa necesidad de abandonar el planeta en dos años máximo. Por suerte la industria espacial estaba ya lo suficientemente desarrollada. Podíamos construir naves que acogieran a miles de personas, que contuvieran millones no era más que un problema técnico. Se construyeron quince, toda la industria de la Tierra se había parado, ya no importaba nada más. Entre todas las naves sumaban algo más de ciento veinte millones de pasajes, incluida la tripulación. Ciento veinte millones de supervivientes frente a los más de ocho mil millones de futuras víctimas de un mundo roto. Las autoridades competentes pronto lo tuvieron claro. Las élites (y no precisamente científicas) tendrían su billete, para ellas no valió la regla impuesta de no evacuar a mayores de cincuenta y cinco años ni a aquellos que no estuvieran sanos o tuvieran enfermedades degenerativas. Tampoco la regla que regía el acceso a un billete: se adjudicarían plazas por sorteo a cada persona, independientemente de si su familia, pareja o hijos lo obtuviera. Madres tuvieron que dejar en la Tierra a hijos pequeños porque no entraron en el sorteo, parejas se rompieron porque uno sintió la, natural, inclinación a sobrevivir mientras que el otro debía verlo partir. Naturalmente el tercer mundo no obtuvo cuota de entrada, ellos no habían participado en la construcción de las naves.
Y todo este sistema tuvo la culpa del primer fracaso de la misión. Los elegidos eran los que decidirían el destino de la raza humana. Y de entre ellos las élites políticas. Élites muy acostumbradas al lujo y a los paisajes bucólicos. La lista de posibles destinos se acortó a cinco mundos. El viaje a los cinco empezaba con una dirección común y se decidió no esperar. La humanidad embarcó sin saber a dónde se dirigía ni cuánto tardaría en llegar. Eso nos salvó. Cinco meses después de partir las comunicaciones con la Tierra se perdieron. Demasiado lejos estábamos ya para volver a ver qué había pasado.
La travesía inicial se hacía a velocidades inferiores a la de la luz, no existía la tecnología de curvatura actual... ni sus consecuencias... Eso les dio tiempo para pensar, estudiar y desarrollar nuevos motores. Y exploraron los nuevos mundos. Dos de ellos eran claramente inhabitables. Las sondas indicaron multitud de gases venenosos en sus atmósferas. Un tercero era demasiado joven y su corteza no se había enfriado lo suficiente como para ser estable, sus océanos eran mares sulfurosos aún. Sólo quedaban dos opciones.
Uno de los mundos era un paraíso, bucólicas playas de arena blanca. Fértiles valles plagados de vegetación y un azul intenso en el cielo que proporcionarían imágenes nunca vistas por las nuevas generaciones que poblaban las naves, pero sí por las viejas. Viejos líderes nostálgicos quisieron que ese mundo fuera el que sus descendientes poblaran. Ni siquiera prestaron atención al segundo. Era un pequeño mundo cercano a una estrella enana roja. Tenía un gran núcleo rocoso, lo cual dejaba una gravedad cercana a la terrestre, cielos rojizos y oxígeno suficiente. No se observaban grandes volcanes activos, pero la temperatura oscilaba entre los cinco grados y los veinticinco bajo cero. Nadie quiso oir hablar de un mundo frío y rojo, el nuevo Marte lo llamaron. No, la primera opción debía ser la correcta. Pero no lo fue.
Las sondas fotografiaron la superficie y mandaron las fotografías. No grabaron vídeos de la selva ni de sus mares. O no nos quisieron mostrar los vídeos. Estaba lejos pero llegamos, llegaron. Se habían perdido cuatro naves por el camino, el resto llegó muy perjudicado, una fuga de oxígeno en la Antares había provocado graves daños cerebrales a todos sus ocupantes, no les dejaron atracar.
Las diez naves restantes atracaron en la nueva tierra, la gravedad destrozó parte de las naves, pero eso no importó, no debían hacer falta más. Pero más de cuarenta años aislados había creado rencillas, odios... Las tripulaciones no se mezclaron desde el primer momento, se quedaron alrededor de sus naves. Al principio todo fue bien... Hasta que dejó de hacerlo.
La caza era abundante y la vegetación también. Se hicieron todo tipo de pruebas y se consideró que todo era apto para ser consumido, y así se hizo. Nos confiamos. La gente empezó a alejarse más de las naves. Se exploró el terreno y se talaron árboles para construir casas. Dos poblados estaban ya avanzados cuando empezaron las lluvias en las montañas. Era un gran espectáculo ver caer toda esa agua a lo lejos, pero esa agua era mucha, demasiada como para que nadie la soportara. Y los animales emigraron.
Al principio los colonos se alegraron, era más fácil la caza. Entonces llegaron animales nuevos, animales que vivían en las montañas cuando no llovía. Y un día los vieron. Eran una mezcla de oso y reptil en unos casos, como caballos y mamuts en otros, pero todos monstruosos, hasta se dijo que un auténtico enjambre de mosquitos gigantes habían atacado a unos exploradores. Primero los vieron lejos, en otro valle, y eran animales solitarios y tranquilos. Pero una noche vinieron las manadas.
Los dos poblados desaparecieron arrasados. Y se establecieron. Varias manadas rodearon las naves que ahora eran el único refugio que quedaba. Y entonces decidieron irse. Era difícil ir de una nave a otra y no todas podían funcionar de nuevo, hubo que decidirse otra vez. Las que pudieron se fueron, las otras sucumbieron. Despegaron cuatro con algo más de tres millones de personas entre todas, y recursos para poco más de diez años. Una vez en el espacio dos de las naves quisieron ir entonces al nuevo Marte, otra decidió buscar un nuevo planeta en el extremo del brazo de la espiral que es la Vía Lactea, la otra siguió adelante. En ella estaba mi familia.
Estuvieron más de cien años navegando y buscando un nuevo mundo. Tuvieron que agudizar el ingenio para aprovechar la poca tierra que había disponible y reutilizar el agua hasta el último extremo. Se convirtieron en los mejores agricultores del universo, y en los mejores genetistas, modificaron plantas hasta que estas pudieron sobrevivir sin apenas agua y con la tierra más pobre del universo. Pero habían partido en busca de un nuevo mundo y lo encontraron. Para entonces el hambre y las enfermedades habían diezmado la población de la nave, apenas mil quinientas personas la habitaban. Yo era una de esas personas y, como muchos, era un experto genetista, aunque también tenía amplios conocimientos de psicología. Lo cual sirvió en el nuevo mundo, pero esto será otra historia.
(continuará)
No sólo había sido la contaminación, ese quizá era el menor de los problemas, el problema era la propia Tierra. Tanto tiempo manipulada, tanto tiempo agujereada, tantas pruebas atómicas, tanta contaminación acumulada... la Tierra se rompió. Y se rompió literalmente. De la noche a la mañana una gran falla desbordando lava se abrió frente a las costas de la India. Volcanes y más volcanes surcaron el océano Índico en un cinturón que separaba las placas de África y Oceanía. Incontables terremotos creaban y hacían desaparecer islas en cuestión de días, el sudeste asiático fue el primero en caer. Tsunami tras tsunami volvió a la costa inhabitable. La poca población que quedaba emigró al interior del continente. Allí los problemas fueron otros, masificación, falta de recursos materiales y económicos. La repentina necesidad de convivencia entre etnias enfrentadas durante milenios no pudo sino acabar como revueltas, asesinatos, "limpiezas"... hasta que llegó el toque de atención, Japón. El país entero desapareció, fue engullido por el mar, había llegado el gran seísmo. Mientras la comunidad internacional era incapaz de dar una respuesta a semejante catástrofe, una serie de olas gigantes azotaron la costa oeste americana. La baja California fue un páramo, San Francisco, Los Ángeles, San Diego, Tijuana... Vancouver se salvó por poco. Pero en Alaska lo notaron, en forma de icebergs chocando contra la costa, Anchorage lo vio muy cerca.
Se impuso la imperiosa necesidad de abandonar el planeta en dos años máximo. Por suerte la industria espacial estaba ya lo suficientemente desarrollada. Podíamos construir naves que acogieran a miles de personas, que contuvieran millones no era más que un problema técnico. Se construyeron quince, toda la industria de la Tierra se había parado, ya no importaba nada más. Entre todas las naves sumaban algo más de ciento veinte millones de pasajes, incluida la tripulación. Ciento veinte millones de supervivientes frente a los más de ocho mil millones de futuras víctimas de un mundo roto. Las autoridades competentes pronto lo tuvieron claro. Las élites (y no precisamente científicas) tendrían su billete, para ellas no valió la regla impuesta de no evacuar a mayores de cincuenta y cinco años ni a aquellos que no estuvieran sanos o tuvieran enfermedades degenerativas. Tampoco la regla que regía el acceso a un billete: se adjudicarían plazas por sorteo a cada persona, independientemente de si su familia, pareja o hijos lo obtuviera. Madres tuvieron que dejar en la Tierra a hijos pequeños porque no entraron en el sorteo, parejas se rompieron porque uno sintió la, natural, inclinación a sobrevivir mientras que el otro debía verlo partir. Naturalmente el tercer mundo no obtuvo cuota de entrada, ellos no habían participado en la construcción de las naves.
Y todo este sistema tuvo la culpa del primer fracaso de la misión. Los elegidos eran los que decidirían el destino de la raza humana. Y de entre ellos las élites políticas. Élites muy acostumbradas al lujo y a los paisajes bucólicos. La lista de posibles destinos se acortó a cinco mundos. El viaje a los cinco empezaba con una dirección común y se decidió no esperar. La humanidad embarcó sin saber a dónde se dirigía ni cuánto tardaría en llegar. Eso nos salvó. Cinco meses después de partir las comunicaciones con la Tierra se perdieron. Demasiado lejos estábamos ya para volver a ver qué había pasado.
La travesía inicial se hacía a velocidades inferiores a la de la luz, no existía la tecnología de curvatura actual... ni sus consecuencias... Eso les dio tiempo para pensar, estudiar y desarrollar nuevos motores. Y exploraron los nuevos mundos. Dos de ellos eran claramente inhabitables. Las sondas indicaron multitud de gases venenosos en sus atmósferas. Un tercero era demasiado joven y su corteza no se había enfriado lo suficiente como para ser estable, sus océanos eran mares sulfurosos aún. Sólo quedaban dos opciones.
Uno de los mundos era un paraíso, bucólicas playas de arena blanca. Fértiles valles plagados de vegetación y un azul intenso en el cielo que proporcionarían imágenes nunca vistas por las nuevas generaciones que poblaban las naves, pero sí por las viejas. Viejos líderes nostálgicos quisieron que ese mundo fuera el que sus descendientes poblaran. Ni siquiera prestaron atención al segundo. Era un pequeño mundo cercano a una estrella enana roja. Tenía un gran núcleo rocoso, lo cual dejaba una gravedad cercana a la terrestre, cielos rojizos y oxígeno suficiente. No se observaban grandes volcanes activos, pero la temperatura oscilaba entre los cinco grados y los veinticinco bajo cero. Nadie quiso oir hablar de un mundo frío y rojo, el nuevo Marte lo llamaron. No, la primera opción debía ser la correcta. Pero no lo fue.
Las sondas fotografiaron la superficie y mandaron las fotografías. No grabaron vídeos de la selva ni de sus mares. O no nos quisieron mostrar los vídeos. Estaba lejos pero llegamos, llegaron. Se habían perdido cuatro naves por el camino, el resto llegó muy perjudicado, una fuga de oxígeno en la Antares había provocado graves daños cerebrales a todos sus ocupantes, no les dejaron atracar.
Las diez naves restantes atracaron en la nueva tierra, la gravedad destrozó parte de las naves, pero eso no importó, no debían hacer falta más. Pero más de cuarenta años aislados había creado rencillas, odios... Las tripulaciones no se mezclaron desde el primer momento, se quedaron alrededor de sus naves. Al principio todo fue bien... Hasta que dejó de hacerlo.
La caza era abundante y la vegetación también. Se hicieron todo tipo de pruebas y se consideró que todo era apto para ser consumido, y así se hizo. Nos confiamos. La gente empezó a alejarse más de las naves. Se exploró el terreno y se talaron árboles para construir casas. Dos poblados estaban ya avanzados cuando empezaron las lluvias en las montañas. Era un gran espectáculo ver caer toda esa agua a lo lejos, pero esa agua era mucha, demasiada como para que nadie la soportara. Y los animales emigraron.
Al principio los colonos se alegraron, era más fácil la caza. Entonces llegaron animales nuevos, animales que vivían en las montañas cuando no llovía. Y un día los vieron. Eran una mezcla de oso y reptil en unos casos, como caballos y mamuts en otros, pero todos monstruosos, hasta se dijo que un auténtico enjambre de mosquitos gigantes habían atacado a unos exploradores. Primero los vieron lejos, en otro valle, y eran animales solitarios y tranquilos. Pero una noche vinieron las manadas.
Los dos poblados desaparecieron arrasados. Y se establecieron. Varias manadas rodearon las naves que ahora eran el único refugio que quedaba. Y entonces decidieron irse. Era difícil ir de una nave a otra y no todas podían funcionar de nuevo, hubo que decidirse otra vez. Las que pudieron se fueron, las otras sucumbieron. Despegaron cuatro con algo más de tres millones de personas entre todas, y recursos para poco más de diez años. Una vez en el espacio dos de las naves quisieron ir entonces al nuevo Marte, otra decidió buscar un nuevo planeta en el extremo del brazo de la espiral que es la Vía Lactea, la otra siguió adelante. En ella estaba mi familia.
Estuvieron más de cien años navegando y buscando un nuevo mundo. Tuvieron que agudizar el ingenio para aprovechar la poca tierra que había disponible y reutilizar el agua hasta el último extremo. Se convirtieron en los mejores agricultores del universo, y en los mejores genetistas, modificaron plantas hasta que estas pudieron sobrevivir sin apenas agua y con la tierra más pobre del universo. Pero habían partido en busca de un nuevo mundo y lo encontraron. Para entonces el hambre y las enfermedades habían diezmado la población de la nave, apenas mil quinientas personas la habitaban. Yo era una de esas personas y, como muchos, era un experto genetista, aunque también tenía amplios conocimientos de psicología. Lo cual sirvió en el nuevo mundo, pero esto será otra historia.
(continuará)
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