Aquel había sido un mal año para la familia Peacock, uno de aquellos de los que te alegras de que terminen.
Al señor Peacock le habían despedido. La mina ya no era tan rentable como antes y el dichoso gas canalizado había desplazado al carbón como sistema principal de calefacción. De nada sirvieron los sacrificios, los años dedicados y los litros de aire envenenado que habían teñido de negro sus pulmones hasta el punto que una carrera, unas escaleras o una habitación con demasiada gente se transformaban en un dolor lacerante, como si cien canarios, como los de la mina, estuvieran picando sin cesar sus pulmones por dentro. Ahora pasaba las horas muertas en el único bar del pueblo, detrás de un vaso de vino y unas cartas que si bien no solucionaban nada por un tiempo ahogaban los recuerdos de tiempos mucho más placenteros.
La señora Peacock seguía trabajando pero a penas si servía. En la fábrica de detergentes habían apretado un poco más, "el sueldo no se puede subir" decían, y ya era paupérrimo de por sí. Pero las horas extras estaban a la orden del día, no así su retribución que había meses que iba con retraso y meses en los que había que esperar al mes que, afortunadamente, sólo hubiera retraso. Vio cambiar al dueño tres veces de coche aquel fatídico año, pero nunca hubo dinero para cambiar el sistema de ventilación de la planta de producción, ni siquiera para poder comprar mascarillas que protegieran al personal de aquellos polvos limpiadores que se resistían a ser empaquetados y que volaban libres por el aire. Volaban hasta que las fosas nasales de algún incauto los succionaban y éste sentía como se iban posando en sus pulmones, aquellos que a veces silbaban cuando la inspiración era demasiado profunda.
El chico Peacock tuvo lo que se dice mala suerte, no vieron a tiempo una gran humedad que filtró al lado de su cama y que por las noches le impelía a respirar una cierta caterva de hongos que le desarrollaron no pocas afecciones. Incluida una pulmonía aquel día que la ventana de su habitación se negó a cerrar bien, henchida por la humedad exacerbada por tres días de tormentas. Toda la noche llovió, toda la noche estuvo con los pies de la cama a merced de lluvia y viento, demasiado débil como para pedir ayuda.
Aquel año era estrecho y gris. Aquel año los ahorros se fueron, paradójicamente, en carbón para la vieja chimenea, "el niño no puede pasar frío", era el mantra y excusa sí, pero el matrimonio, en secreto, agradecía el calor desprendido por aquellas piedras negras al arder delante de sus ojos. Pero tanto arder no resultaba gratis para la cañería que debía airear y sacar el humo de la casa y un deshollinador no era una opción, los pocos que quedaban no cobraban poco. El señor Peacock intentó limpiar por sí mismo, pero el frío y las herramientas inadecuadas frustraron su misión y tuvieron que resignarse a que las paredes se fueran tiznando, a toser un poco más y ventilar de vez en cuando el salón para que el humo no terminara con unos pulmones al borde del colapso.
Pero llegaba navidad, y en secreto la ilusión hacía mella en los tres Peacock, debía ser una tregua, un punto de inflexión a ese año de desilusiones y sinsabores. La mañana de navidad tenía que congraciarles con los fados y darles ese empujoncito para llegar al siguiente año con vigor y un poco de esperanza. Pero llegó el tan esperado día y no pasó nada. Se habían levantado con el sol esperando ver esos paquetes que el viejo gordinflón vestido de rojo siempre les dejaba a los pies del árbol, del viejo sillón o en el rincón menos esperado pero siempre a la vista. No había nada.
El salón estaba vacío de todo aquello que no hubiera estado la víspera, incluso el vaso de leche, la copa de coñac y las galletas estaban tal y como lo dejaron en acostarse. No había venido. El viejo gordo cabrón les había evitado, no había querido estar en su casa, los había despreciado como tanta gente en el pueblo. No hay nada como ser un pobre desgraciado, es la única situación en la que el mundo es coherente, todos te tratan igual, la suerte te esquiva y la salud te falta. Sin ánimos ya ni para el exiguo desayuno encendieron la chimenea secando una lágrima furtiva, el chiquillo tiritaba, quizá también de frío. Aquel día incluso la chimenea se alió en su contra, nunca había estado tan atascada, pero apagar el fuego no era opción, debían mantenerlo encendido pese a las brasas en el pecho de los tres Peacock, el frío les hacía ignorar el dolor de los seis pulmones y mantener el fuego pese al humo, pese a ése sabor salado en el fondo de la garganta, pese a ese sopor seductor que la falta de oxígeno los anclaba en sus asientos.
Nunca despertaron. Nunca oyeron el grito de desesperación que se alzó de otras casas en las que el viejo tampoco hizo acto de presencia. Tampoco supieron de cuando el juez levantó sus cuerpos y ordenó ventilar la casa. Tampoco estuvieron cuando, un tiempo después los nuevos inquilinos hicieron desatascar la chimenea rescatando, no sin horror, el cuerpo de un otrora orondo hombre vestido de rojo que había muerto atorado en la chimenea, atrapado por el exceso de hollín.
Aviso
Las entradas de este blog que no fueran relatos han sido movidas a mi otro blog. Fantasmas de Plutón queda entonces sólo como blog para la creación literaria.
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domingo, 25 de diciembre de 2016
lunes, 23 de junio de 2014
El río
Agradecía la última reforma de la ciudad. Cuando, un día y por trabajo, se acercó a la zona y se encontró con las vallas que habían colocado allí los operarios el día antes maldijo al maldito alcalde y a las elecciones que se acercaban. Pensó que debía buscar otro sitio para su actividad, y mientras duraron las obras tuvo que hacerlo, pero ahora se alegraba de la iniciativa municipal.
Estaba en un pequeño merendero que el ayuntamiento había levantado en
uno de los márgenes del río esperando que las familias aprovecharan las mañanas de domingo. Pero el hecho de que estuviera un poco apartado del núcleo urbano y en un estado lamentable de conservación contribuía a que nadie pasara por allí. Nadie excepto él, él sí aprovechaba el camino asfaltado que llegaba hasta los chopos y al caminito serpenteante entre cañas y mesas de piedra hasta el mismo borde del río. Aunque antes de la remodelación tenía el disimulo de los márgenes abandonados del río ahora tenía la rapidez y la comodidad de llegar a las lindes más fácilmente.
uno de los márgenes del río esperando que las familias aprovecharan las mañanas de domingo. Pero el hecho de que estuviera un poco apartado del núcleo urbano y en un estado lamentable de conservación contribuía a que nadie pasara por allí. Nadie excepto él, él sí aprovechaba el camino asfaltado que llegaba hasta los chopos y al caminito serpenteante entre cañas y mesas de piedra hasta el mismo borde del río. Aunque antes de la remodelación tenía el disimulo de los márgenes abandonados del río ahora tenía la rapidez y la comodidad de llegar a las lindes más fácilmente.
Se dirigió al coche en silencio, abrió el maletero y sacó el cuerpo atado que había dentro y lo arrastró hacia la orilla. Allí esperaban cuerdas y unas pesas que fueron atadas prestamente al cuerpo del prisionero que en ese momento abrió los ojos e intentó zafarse del mortal desenlace. Forcejeó para evitar lo inevitable, pero una piedra en la sien lo devolvió a la tranquila inconsciencia previa, entonces nuestro hombre se cercioró de que nadie se encontraba cerca, algo fácil teniendo en cuenta que era de madrugada. Sólo le quedaba levantar el cuerpo pesado de su acompañante y, no sin esfuerzo, lanzarlo a las oscuras aguas.
Al caer oyó dos chapoteos. Alarmado, levantó la vista justo a tiempo de observar, en un puente cercano, como una silueta oscura lo miraba. Evidentemente también tenía algo que ocultar en el río, y acababa de hacerlo. Dudó, no supo qué hacer, el otro también lo miraba, pero estaba demasiado lejos para poder reconocer a nadie. Su observador estaba debajo de una farola en el puente, pero él gozaba de la protección de la sombra que proporcionaban los árboles ribereños por lo que se permitió no moverse en espera de ver qué ocurría. Observó tranquilamente cómo el otro salía corriendo, y decidió que podía borrar sus huellas sin preocuparse de nada
Siguió el sendero con la satisfacción del deber cumplido y con la despreocupación del que se cree seguro y a salvo. Por eso cuando llegó al coche no vio la sombra que lo rodeaba ni el brillo acerado que rápidamente se movió hasta entrar repetidamente entre sus costillas.
martes, 4 de diciembre de 2012
Ladrones de cuerpos (II)
Despertó con el sol apuntando ya en el horizonte. Él sólo veía un rectángulo azul. Aún estaba dentro de la tumba y le costó recordar por qué. Lentamente las brumas que cubrían su mente empezaban a disiparse y, entre ellas, una imagen... Dio un salto al recordarlo, se apretó contra una de las paredes del sepulcro con la mirada nerviosa fijada en los bordes de la tumba. No quería moverse, no se atrevía. Casi esperaba girarse y ver a esos seres de nuevo, mirando.
Nunca supo cuanto tiempo estuvo mirando al cielo, bloqueado, pero empezó a oír voces, voces humanas ¡¡que entendía!! Poco a poco se incorporó y observó fuera de la tumba. El cementerio era un hormiguero, un montón de policías y varios tipos con traje que lo miraban todo un poco retirados, menos uno, había uno, un tanto menudo, que estaba en cuclillas, mirando el suelo con mucha atención.
Fue este hombre menudo quien reparó en él. Se acercó la tumba sonriente mientras él salía.
- ¡Hola! ¿Está bien? Parece sorprendido, supongo que usted es el vigilante nocturno, ¿verdad?
Él no podía más que afirmar con la cabeza, no sabía qué hacer o decir... aún estaba tan confundido...
- Será mejor que se tome un café o algo, en unos minutos querría hablar con usted, ¿cree que podrá? - en este punto el semblante del hombrecillo era un poco más serio. Le dio un golpecito en la espalda y llamó a un policía de uniforme que lo acompañó a la garita.
Allí se sirvió un poco de café caliente de un termo que le acercaron, el suyo no estaba por ningún sitio... y agradeció una manta que le pusieron por encima, sus riñones ya no eran jóvenes y una noche entera a la intemperie se estaba dejando notar.
Media hora más tarde apareció el hombrecillo y despidió a los dos uniformados que estaban con él. Uno se había portado bien, era simpático, el otro no había abierto la boca, no paraba de mirarlo de reojo ni de fumar nervioso. Al salir el simpático se despidió con un gesto amable mientras que el otro lo miró, sin levantar la cara, y salió como con alma que lleva el diablo, casi empujando a su compañero.
- No se lo tenga en cuenta, aún le cuesta entender según qué cosas y tiene miedo.
- ¿Miedo de qué?
- Ya lo sabe. De lo que ha visto usted esta noche.
- Yo no he visto nada.
- Vamos, usted ya sabe por qué estamos aquí, qué es lo que buscamos y que sabemos lo que vio anoche.
- Me caí en una tumba. Estaba oscuro y no la vi.
- Román M. Hernández-Junquera - consulta sus notas - enterrado justo ayer. Es raro que usted pudiera caer en una tumba ocupada.. y debidamente cerrada, ¿verdad?
- Oiga yo no quiero líos... Y no sé quien es usted.
- No se preocupe, no los va a tener, y yo soy alguien que ha venido con la policía, que está al mando de todo y pide su colaboración y discreción en todo este asunto. Así pues, ¿puede contarme qué pasó anoche?
- No... no lo recuerdo bien... Terminé de cenar sobre las doce de la noche y oí un ruido, fuera, era en la calle... siete, en la zona nueva, donde enterraron ayer al otro... Cogí un palo que tengo para auyentar chuchos callejeros y la linterna grande para asustarlos, yo no suelo llevar más que una de bolsillo, me manejo bastante bien sin luz... bueno. Llegué al sitio de donde venía el ruido y vi a un par de tipos sacando el ataúd del nicho, me pareció que era el recién enterrado, llevaba la linterna apagada por si no eran perros y poderlos pillar con las manos en harina, pero fueron rápidos, ni siquiera los vi... pero oí como hablaban, era raro, pensé en extranjeros... corrí tras ellos pero se separaron, seguí al que tenía más cerca... Se fue a la zona vieja, la de las tumbas en el suelo, y allí lo perdí, paré un momento para recuperar aliento y ver si lo veía de nuevo cuando algo me empujó dentro de la tumba, no lo vi venir...
- ¿Algo?
El vigilante miraba al suelo, levantó la vista hacia el hombrecillo y tragó saliva.
- Cuando me tiró no lo vi, pero luego, cuando estaba ya dentro... me giré, ¿sabe? y lo vi, y me miraba, yo no me lo creía, pero... no estoy loco, ¿sabe? Sé lo que vi, pero no era... pensé que podría ser un disfraz, pensé que la luz de la luna me engañaba, ¿sabe? A veces ves las lápidas desenfocadas, no calculas bien, ¡y yo me había dado un golpe!
- Dígame, ¿qué vio? - casi susurraba.
- No era de este mundo, lo vi y me desmayé, pero me pareció una eternidad... Lo vi perfectamente, tuve tiempo de verlo y pensar... "no sé qué coño estoy viendo"... Tenía los ojos grandes y negros, sin el blanco ni iris... la piel, era blanca, grisácea... sin un sólo pelo, ni en la cabeza, ni cejas... tampoco parecía llevar ropa... y las manos... dios ¡eran como de un demonio! Dedos largos y finos con uñas larguísimas... me miró, parpadeó dos veces y se fue. Ya no recuerdo nada más hasta esta mañana que ustedes ya estaban aquí.
- No se preocupe, es lo que imaginaba. Como comprenderá no debe decir nada a nadie de lo ocurrido, oficialmente emitiremos una nota echándole la culpa a alguna secta satánica, como siempre. Oiga, supongo que sabrá que nosotros no somos policías normales, y que debe creerme si le digo que no debe preocuparse, de verdad, sé de lo que hablo.
- ¿Sabe quienes son?
-No, en realidad no. Pero conocemos varios tipos de encuentros y de seres que participan en ellos y usted ha visto a unos que solemos llamar "samaritanos grises". Roban cadáveres frescos o, a veces, animales pequeños, suponemos que para estudiarlos. Nunca hacen daño a nadie, y cuando se defienden, como ha sido esta noche, se aseguran de que el contactado no sufra ningún daño. Será difícil que vuelvan por aquí, pero si lo hacen tenga por seguro que no le harán ningún daño.
Dicho esto, el hombrecillo se levantó y se fue. Fuera ya no quedaban policías y se acercaba la hora de la llegada del relevo. Le habían dicho que callara y no dijera nada; les haría caso, no quería ser el hazmerreir del cementerio.
Pasó un mes. Casi había olvidado el incidente y ya podía dar rondas de nuevo sin mirar por encima del hombro contínuamente. No le había contado nada a nadie, ni siquiera a su familia. Oficialmente una secta satánica, ya detenida, era la culpable de todas las profanaciones.
Cenaba. Abrió el termo y se tomó su café. Todo tranquilo y en silencio. Por primera vez en muchos días se relajó. Repaso al periódico y ronda al canto. Hoy había habido un entierro en un nicho viejo, tenía que revisar de nuevo el cemento por si el encofrado antiguo se hubiera resquebrajado.
La noche era serena, sin nubes y ya no tan fría. Se dirigió hacia el nicho con el ánimo alegre, observando el perfil de los sepulcros contra la luz de la luna, incluso se animó a canturrear mientras encendía un cigarrillo.
Llegaba ya a la calle cuando un estruendo le heló el corazón, sintió un escalofrío recorriendo su espinazo. Masculló una maldición y salió corriendo hacia el lugar de donde había provenido el ruido. Cuando giró la esquina no pudo dar crédito a sus ojos.
Había parado en seco. La boca medio abierta y el cigarrillo aún apagado cayó al suelo. No podía creer lo que veía. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, sudaba y estaba a punto de desmayarse de nuevo, un hormigueo recorría sus extremidades y lo mantenía paralizado.
Allí estaban ellos de nuevo, hoy los veía claramente. Eran altos, no muy corpulentos y, por lo que veía, tampoco demasiado fuertes. Habían extraído el féretro recién enterrado en un tercer piso, pero se les había caído. El ataúd había resistido bien el golpe, pero había atrapado a uno de los... alienígenas o como se llamaran. El otro forcejeaba para levantar el muerto y liberar a su compañero, pero ahora estaba quieto. Sin duda estaba evaluando la situación. Lo miraba fijamente, aún encorvado, y, seguramente, tratando de decidir si seguir allí o salir corriendo abandonando a su amigo.
Pasaron un par de segundos, los tres quietos, pero el de la pierna atrapada se quejó, parecía un lamento genuino, y eso le bastó para decidirse. Tiró el chuzo que llevaba y se dirigió hacia los dos seres. Por señas indicaba al que estaba libre que se pusiera en el extremo opuesto del lugar donde estaba el otro.
- ¡Venga!, ponte ahí, y cógelo, levanta a la de tres. ¡No!, ¡no te agaches ahí! Cógelo y levanta, ¡ahora!
No sabía si el extraterrestre le entendía o no, le señaló de nuevo el lugar donde debía ponerse y el rodeó el ataúd agachándose para coger él el otro extremo. Pareció entender puesto que le hizo caso, sin dejar de mirarlo fíjamente. A su señal levantaron el féretro y liberaron al que estaba en el suelo. Una vez levantados hizo ademán de dejar la carga en el suelo, pero el alienígena miró a un lado, como señalando y vio una especie de carro metálico. Llevaron el ataúd y lo dipositaron encima. Mientras se secaba el sudor vio como el extraterrestre se acercaba a su compañero y lo ponía de pie. Cojeaba y se quejaba, intentó ayudarlos pero le dieron a entender que no, que los dejara. Se apartó y retrocedió, levantó una mano y se despidió. Volvió a su garita sin ser consciente aún de lo que había pasado.
Una vez en la garita se sentó y pensó con la mirada perdida. Probablemente volverían por la mañana los policías con el hombrecillo, y no quería dar más explicaciones. Se dirigió al cuarto de mantenimiento y salió con un cubo de agua, un saco de cemento, una paletina y una gaveta. Sólo podía hacer una cosa. Se dirigió de nuevo a la calle del reciente exhumamiento. No había ya rastro de los dos extraterrestres y se afanó a colocar de nuevo la lápida, por suerte estaba entera aún y pudo disimular lo ocurrido. Cuando terminó el sol ya empezaba a despuntar, recogió y, al salir del cuartito de mantenimiento recibió el segundo susto del día. El hombrecillo con un par de policías lo observaba.
- Buenos días, qué tal la noche. ¿Alguna novedad?
- Lo de siempre, gatos tirando jarrones y un perro que debió quedarse encerrado aullando toda la noche, aparte de eso nada.
Se había quedado mirándolo a los ojos fíjamente, ya debía saber que mentía. Entró un policía y habló al oído del hombrecillo.
- ¿Ha pasado algo raro? ¿Algo con el enterramiento de ayer?
- Nada que yo sepa. - Respuesta quizá demasiado rápida.
- Pues parece que el cemento aún está fresco, como recién puesto. ¿Tiene algo que decir?
- A veces hay que repasar el cemento por la noche, sobre todo si no se ha puesto suficiente o si hace demasiado calor. Además las noches húmedas no ayudan a secar...
- Y si abro el nicho, ¿qué cree que me encontraré?
-Un muerto, supongo, yo no lo he enterrado, pero supongo que enterraron a alguien...
- Entiendo. No sé a qué juega o qué cree que está pasando. Pero lo voy a dejar en paz. Al menos de momento. ¿No sé si me entiende?
Él no contestó. Se limitó a mirarlo fíjamente, hasta que hizo un gesto y se fueron todos. No veía la hora de irse a casa.
Nunca supo cuanto tiempo estuvo mirando al cielo, bloqueado, pero empezó a oír voces, voces humanas ¡¡que entendía!! Poco a poco se incorporó y observó fuera de la tumba. El cementerio era un hormiguero, un montón de policías y varios tipos con traje que lo miraban todo un poco retirados, menos uno, había uno, un tanto menudo, que estaba en cuclillas, mirando el suelo con mucha atención.
Fue este hombre menudo quien reparó en él. Se acercó la tumba sonriente mientras él salía.
- ¡Hola! ¿Está bien? Parece sorprendido, supongo que usted es el vigilante nocturno, ¿verdad?
Él no podía más que afirmar con la cabeza, no sabía qué hacer o decir... aún estaba tan confundido...
- Será mejor que se tome un café o algo, en unos minutos querría hablar con usted, ¿cree que podrá? - en este punto el semblante del hombrecillo era un poco más serio. Le dio un golpecito en la espalda y llamó a un policía de uniforme que lo acompañó a la garita.
Allí se sirvió un poco de café caliente de un termo que le acercaron, el suyo no estaba por ningún sitio... y agradeció una manta que le pusieron por encima, sus riñones ya no eran jóvenes y una noche entera a la intemperie se estaba dejando notar.
Media hora más tarde apareció el hombrecillo y despidió a los dos uniformados que estaban con él. Uno se había portado bien, era simpático, el otro no había abierto la boca, no paraba de mirarlo de reojo ni de fumar nervioso. Al salir el simpático se despidió con un gesto amable mientras que el otro lo miró, sin levantar la cara, y salió como con alma que lleva el diablo, casi empujando a su compañero.
- No se lo tenga en cuenta, aún le cuesta entender según qué cosas y tiene miedo.
- ¿Miedo de qué?
- Ya lo sabe. De lo que ha visto usted esta noche.
- Yo no he visto nada.
- Vamos, usted ya sabe por qué estamos aquí, qué es lo que buscamos y que sabemos lo que vio anoche.
- Me caí en una tumba. Estaba oscuro y no la vi.
- Román M. Hernández-Junquera - consulta sus notas - enterrado justo ayer. Es raro que usted pudiera caer en una tumba ocupada.. y debidamente cerrada, ¿verdad?
- Oiga yo no quiero líos... Y no sé quien es usted.
- No se preocupe, no los va a tener, y yo soy alguien que ha venido con la policía, que está al mando de todo y pide su colaboración y discreción en todo este asunto. Así pues, ¿puede contarme qué pasó anoche?
- No... no lo recuerdo bien... Terminé de cenar sobre las doce de la noche y oí un ruido, fuera, era en la calle... siete, en la zona nueva, donde enterraron ayer al otro... Cogí un palo que tengo para auyentar chuchos callejeros y la linterna grande para asustarlos, yo no suelo llevar más que una de bolsillo, me manejo bastante bien sin luz... bueno. Llegué al sitio de donde venía el ruido y vi a un par de tipos sacando el ataúd del nicho, me pareció que era el recién enterrado, llevaba la linterna apagada por si no eran perros y poderlos pillar con las manos en harina, pero fueron rápidos, ni siquiera los vi... pero oí como hablaban, era raro, pensé en extranjeros... corrí tras ellos pero se separaron, seguí al que tenía más cerca... Se fue a la zona vieja, la de las tumbas en el suelo, y allí lo perdí, paré un momento para recuperar aliento y ver si lo veía de nuevo cuando algo me empujó dentro de la tumba, no lo vi venir...
- ¿Algo?
El vigilante miraba al suelo, levantó la vista hacia el hombrecillo y tragó saliva.
- Cuando me tiró no lo vi, pero luego, cuando estaba ya dentro... me giré, ¿sabe? y lo vi, y me miraba, yo no me lo creía, pero... no estoy loco, ¿sabe? Sé lo que vi, pero no era... pensé que podría ser un disfraz, pensé que la luz de la luna me engañaba, ¿sabe? A veces ves las lápidas desenfocadas, no calculas bien, ¡y yo me había dado un golpe!
- Dígame, ¿qué vio? - casi susurraba.
- No era de este mundo, lo vi y me desmayé, pero me pareció una eternidad... Lo vi perfectamente, tuve tiempo de verlo y pensar... "no sé qué coño estoy viendo"... Tenía los ojos grandes y negros, sin el blanco ni iris... la piel, era blanca, grisácea... sin un sólo pelo, ni en la cabeza, ni cejas... tampoco parecía llevar ropa... y las manos... dios ¡eran como de un demonio! Dedos largos y finos con uñas larguísimas... me miró, parpadeó dos veces y se fue. Ya no recuerdo nada más hasta esta mañana que ustedes ya estaban aquí.
- No se preocupe, es lo que imaginaba. Como comprenderá no debe decir nada a nadie de lo ocurrido, oficialmente emitiremos una nota echándole la culpa a alguna secta satánica, como siempre. Oiga, supongo que sabrá que nosotros no somos policías normales, y que debe creerme si le digo que no debe preocuparse, de verdad, sé de lo que hablo.
- ¿Sabe quienes son?
-No, en realidad no. Pero conocemos varios tipos de encuentros y de seres que participan en ellos y usted ha visto a unos que solemos llamar "samaritanos grises". Roban cadáveres frescos o, a veces, animales pequeños, suponemos que para estudiarlos. Nunca hacen daño a nadie, y cuando se defienden, como ha sido esta noche, se aseguran de que el contactado no sufra ningún daño. Será difícil que vuelvan por aquí, pero si lo hacen tenga por seguro que no le harán ningún daño.
Dicho esto, el hombrecillo se levantó y se fue. Fuera ya no quedaban policías y se acercaba la hora de la llegada del relevo. Le habían dicho que callara y no dijera nada; les haría caso, no quería ser el hazmerreir del cementerio.
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Cenaba. Abrió el termo y se tomó su café. Todo tranquilo y en silencio. Por primera vez en muchos días se relajó. Repaso al periódico y ronda al canto. Hoy había habido un entierro en un nicho viejo, tenía que revisar de nuevo el cemento por si el encofrado antiguo se hubiera resquebrajado.
La noche era serena, sin nubes y ya no tan fría. Se dirigió hacia el nicho con el ánimo alegre, observando el perfil de los sepulcros contra la luz de la luna, incluso se animó a canturrear mientras encendía un cigarrillo.
Llegaba ya a la calle cuando un estruendo le heló el corazón, sintió un escalofrío recorriendo su espinazo. Masculló una maldición y salió corriendo hacia el lugar de donde había provenido el ruido. Cuando giró la esquina no pudo dar crédito a sus ojos.
Había parado en seco. La boca medio abierta y el cigarrillo aún apagado cayó al suelo. No podía creer lo que veía. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, sudaba y estaba a punto de desmayarse de nuevo, un hormigueo recorría sus extremidades y lo mantenía paralizado.
Allí estaban ellos de nuevo, hoy los veía claramente. Eran altos, no muy corpulentos y, por lo que veía, tampoco demasiado fuertes. Habían extraído el féretro recién enterrado en un tercer piso, pero se les había caído. El ataúd había resistido bien el golpe, pero había atrapado a uno de los... alienígenas o como se llamaran. El otro forcejeaba para levantar el muerto y liberar a su compañero, pero ahora estaba quieto. Sin duda estaba evaluando la situación. Lo miraba fijamente, aún encorvado, y, seguramente, tratando de decidir si seguir allí o salir corriendo abandonando a su amigo.
Pasaron un par de segundos, los tres quietos, pero el de la pierna atrapada se quejó, parecía un lamento genuino, y eso le bastó para decidirse. Tiró el chuzo que llevaba y se dirigió hacia los dos seres. Por señas indicaba al que estaba libre que se pusiera en el extremo opuesto del lugar donde estaba el otro.
- ¡Venga!, ponte ahí, y cógelo, levanta a la de tres. ¡No!, ¡no te agaches ahí! Cógelo y levanta, ¡ahora!
No sabía si el extraterrestre le entendía o no, le señaló de nuevo el lugar donde debía ponerse y el rodeó el ataúd agachándose para coger él el otro extremo. Pareció entender puesto que le hizo caso, sin dejar de mirarlo fíjamente. A su señal levantaron el féretro y liberaron al que estaba en el suelo. Una vez levantados hizo ademán de dejar la carga en el suelo, pero el alienígena miró a un lado, como señalando y vio una especie de carro metálico. Llevaron el ataúd y lo dipositaron encima. Mientras se secaba el sudor vio como el extraterrestre se acercaba a su compañero y lo ponía de pie. Cojeaba y se quejaba, intentó ayudarlos pero le dieron a entender que no, que los dejara. Se apartó y retrocedió, levantó una mano y se despidió. Volvió a su garita sin ser consciente aún de lo que había pasado.
Una vez en la garita se sentó y pensó con la mirada perdida. Probablemente volverían por la mañana los policías con el hombrecillo, y no quería dar más explicaciones. Se dirigió al cuarto de mantenimiento y salió con un cubo de agua, un saco de cemento, una paletina y una gaveta. Sólo podía hacer una cosa. Se dirigió de nuevo a la calle del reciente exhumamiento. No había ya rastro de los dos extraterrestres y se afanó a colocar de nuevo la lápida, por suerte estaba entera aún y pudo disimular lo ocurrido. Cuando terminó el sol ya empezaba a despuntar, recogió y, al salir del cuartito de mantenimiento recibió el segundo susto del día. El hombrecillo con un par de policías lo observaba.
- Buenos días, qué tal la noche. ¿Alguna novedad?
- Lo de siempre, gatos tirando jarrones y un perro que debió quedarse encerrado aullando toda la noche, aparte de eso nada.
Se había quedado mirándolo a los ojos fíjamente, ya debía saber que mentía. Entró un policía y habló al oído del hombrecillo.
- ¿Ha pasado algo raro? ¿Algo con el enterramiento de ayer?
- Nada que yo sepa. - Respuesta quizá demasiado rápida.
- Pues parece que el cemento aún está fresco, como recién puesto. ¿Tiene algo que decir?
- A veces hay que repasar el cemento por la noche, sobre todo si no se ha puesto suficiente o si hace demasiado calor. Además las noches húmedas no ayudan a secar...
- Y si abro el nicho, ¿qué cree que me encontraré?
-Un muerto, supongo, yo no lo he enterrado, pero supongo que enterraron a alguien...
- Entiendo. No sé a qué juega o qué cree que está pasando. Pero lo voy a dejar en paz. Al menos de momento. ¿No sé si me entiende?
Él no contestó. Se limitó a mirarlo fíjamente, hasta que hizo un gesto y se fueron todos. No veía la hora de irse a casa.
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Pasó una semana y él estaba más tranquilo que nunca. Hacía días que lo dominaba una paz y una alegría desconocidas. Era viernes y su hijo se ofreció a acompañarlo un rato en la garita. Tenía que estudiar y la tranquilidad lo ayudaba, no era la primera vez.
Habían cenado y el chico repasaba con sus libros mientras él hojeaba el periódico cuando, al levantar la vista, lo vio por el ventanuco de la garita. Estaba de pie, al borde de la luz que salía de la puerta. A tenor del bulto envuelto que llevaba en la pierna debía ser el que se había quedado atrapado.
Él salió a la puerta, extrañado y con cierto temor, más por su hijo que por él mismo. Al ver a su padre levantarse, el chico levantó la cabeza y también lo vió, salió detrás de su padre. El ser miró al chico y volvió a mirar al vigilante. Extendió un brazo y tendió lo que parecía ser una hoja de papel. El hombre se adelantó y cogió el papel sin dejar de mirar a la cara del alien. Volvió junto a su hijo y miró el papel. Estaba escrito:
Venimos de muy lejos sólo para conocer otros mundos y otras formas de vida. No deseamos hacer ningún daño a nadie. Nadie nos había ayudado antes. Nuestra gratitud y nuestra amistad. Gracias.
Se quedó sin aliento, su hijo le quitó la nota y la leyó quedándose boquiabierto. No sabía nada, su padre no había dicho nada, ni a los más allegados, de pronto lo oyó decir con un hilo de voz:
-Gracias a vosotros.
El extraño ser pareció erguirse un poco más y se llevó el puño al pecho para luego simular un golpe en su mentón, inclinó su cabeza y se dio la vuelta. Entonces el chico comprendió el peligro al que se exponía sólo para llevar una nota de agradecimiento a su padre, casi sin pensar, recogió sus libros en la cartera y, corriendo, se puso delante del ser que se paró sorprendido al verlo. Le tendió la mochila y le dijo:
- Es secundaria, no es gran cosa, pero espero que os ayude.
El ser lo miró, un poco desconfiado, luego a la cartera y. al final, pareció entender. Cogió el macuto, inclinó su cabeza y se fue, andando, hasta desaparecer entre las sombras.
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viernes, 23 de noviembre de 2012
Ladrones de cuerpos
Era una noche como otra cualquiera. Empezó su turno con un café escuchando las novedades y los chismorreos de los compañeros que terminaban turno. Fútbol, televisión y poco más era la charla habitual, pero hoy había algo más. Uno de los nuevos le comentó algo que salía en los periódicos de esos días: algunos cementerios denunciaban que por la noche algunos desalmados se dedicaban a abrir tumbas recientes y a llevarse los cadáveres. Era una de esas modas. Ya había pasado antes y no le preocupaba, tal y como empezaba terminaba. Hacía ya más de treinta años que trabajaba en el cementerio de su localidad, veinte en el turno de noche y ya estaba curado de espantos. Cuando hacía la ronda estaba más preocupado por no tropezar con los perros vagabundos que a veces entraban por la tarde y se quedaban encerrados o por las ratas que saltaban cerca de su cara cuando, en verano, tomaba el fresco sobre una tumba de la parte vieja, que por los salteadores que nunca se atrevían a entrar en un cementerio tan cercano a una gran ciudad.
Dio su vuelta de rigor y comprobó los dos enterramientos del día, pura rutina, por si el cemento no cuajaba bien o la losa se hubiera torcido ya que uno era en un nicho nuevo y el otro en una tumba de suelo en la parte vieja. Cumplido el deber decidió ocuparse de la cena.
Se sentó en su mesa, encendió el transistor y desplegó ante sí el periódico mientras calentaba la comida que había sacado de una vieja fiambrera de lata; termo de café y una botella de agua completaron la intendencia, era hombre de viejas costumbres, por eso no olvidó sus cubiertos ni su servilleta de cuadros, recuerdo de una infancia ya lejana.
La noche pasó como otra cualquiera, coches, perros y coches con la música muy alta constituyeron la banda sonora hasta bien entrada la madrugada. Llegada esa hora en la que incluso él flaqueaba y le costaba no rendirse al sueño, algo llamó su atención. Al principio fue tan sutil que pensó en que los gatos volvían a derribar jarrones con flores, pero persistió. Eran unos golpes casi apagados en la zona nueva, para él no había duda: los asaltadores de tumbas habían hecho acto de presencia.
Buscó un viejo chuzo que guardaba a modo de porra, la linterna grande, la pequeña era para el bolsillo, pero necesitaba una que pudiera ser contundente. Salió de su caseta dejando la luz y el transistor encendidos para no delatar su acción temeraria.
No encendió la linterna, no le hacía falta, conocía perfectamente el cementerio y, además, era noche de luna y una ténue luz azulada le mostraba el camino. Su intuición lo llevaba hacia la zona nueva, hacia la calle donde esa misma tarde había habido un entierro y, efectivamente, allí parecían estar los asaltantes, dos sombras se afanaban con el féretro. Se paró un momento antes de girar y escuchó: era una especie de murmullo, no llegó a entender nada, ninguna palabra, sólo un siseo y un parloteo bajo, arrastraban las eses y casi no oyó vocales. Pensó sólo que hablaban muy bajo y saltó de su escondrijo para encararse a ellos. En cuanto lo hizo las dos sombras soltaron el ataud que mantenían cogido y salieron corriendo en direcciones opuestas. Sin amedrentarse empezó a persiguir a uno de ellos, al menos uno pagaría.
El intruso era alguien muy ágil y con buena visión, pese a no llevar luces no tropezó en ningún momento con lápidas, piedras o escalones. Gritó y lo amenazó mientras corria detrás de él, hacia la parte vieja del cementerio. Giraron una esquina y ya no lo vió. Pensó que debía de haberse escondido tras una lápida, allí ya no había nichos. Avanzó con cuidado por entre las tumbas, la pesada linterna en una mano y el largo chuzo en la otra, hacia el enterramiento de ese mismo día.
Como había supuesto la tumba estaba abierta y ni rastro del féretro ni del perseguido. Se asomó al interior de la tumba, vacía, empujón y caída. El golpe fue brutal, tuvo el tiempo justo de verle la cara antes de desmayarse.
La noche pasó como otra cualquiera, coches, perros y coches con la música muy alta constituyeron la banda sonora hasta bien entrada la madrugada. Llegada esa hora en la que incluso él flaqueaba y le costaba no rendirse al sueño, algo llamó su atención. Al principio fue tan sutil que pensó en que los gatos volvían a derribar jarrones con flores, pero persistió. Eran unos golpes casi apagados en la zona nueva, para él no había duda: los asaltadores de tumbas habían hecho acto de presencia.
Buscó un viejo chuzo que guardaba a modo de porra, la linterna grande, la pequeña era para el bolsillo, pero necesitaba una que pudiera ser contundente. Salió de su caseta dejando la luz y el transistor encendidos para no delatar su acción temeraria.
No encendió la linterna, no le hacía falta, conocía perfectamente el cementerio y, además, era noche de luna y una ténue luz azulada le mostraba el camino. Su intuición lo llevaba hacia la zona nueva, hacia la calle donde esa misma tarde había habido un entierro y, efectivamente, allí parecían estar los asaltantes, dos sombras se afanaban con el féretro. Se paró un momento antes de girar y escuchó: era una especie de murmullo, no llegó a entender nada, ninguna palabra, sólo un siseo y un parloteo bajo, arrastraban las eses y casi no oyó vocales. Pensó sólo que hablaban muy bajo y saltó de su escondrijo para encararse a ellos. En cuanto lo hizo las dos sombras soltaron el ataud que mantenían cogido y salieron corriendo en direcciones opuestas. Sin amedrentarse empezó a persiguir a uno de ellos, al menos uno pagaría.
El intruso era alguien muy ágil y con buena visión, pese a no llevar luces no tropezó en ningún momento con lápidas, piedras o escalones. Gritó y lo amenazó mientras corria detrás de él, hacia la parte vieja del cementerio. Giraron una esquina y ya no lo vió. Pensó que debía de haberse escondido tras una lápida, allí ya no había nichos. Avanzó con cuidado por entre las tumbas, la pesada linterna en una mano y el largo chuzo en la otra, hacia el enterramiento de ese mismo día.
Como había supuesto la tumba estaba abierta y ni rastro del féretro ni del perseguido. Se asomó al interior de la tumba, vacía, empujón y caída. El golpe fue brutal, tuvo el tiempo justo de verle la cara antes de desmayarse.
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