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Las entradas de este blog que no fueran relatos han sido movidas a mi otro blog. Fantasmas de Plutón queda entonces sólo como blog para la creación literaria.

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miércoles, 13 de agosto de 2014

La casa

La casa
Era su sueño hecho realidad, llevaban mucho tiempo ahorrando y por fin la oportunidad había aparecido, en uno de los barrios antiguos de la ciudad alguien había colgado el cartel de "Se vende" en una casa. Ciertamente no era una casa nueva y gastarían tiempo y dinero en arreglarla, pero huirían del pequeño piso en el que vivían con sus tres hijos que por fin tendrían un jardín para sus juegos y habitaciones para todos.

Aquel día estaban sacando los muebles viejos que no usarían y haciendo recuento de lo que se debería arreglar. De armarios sacaron los cacharros más inverosímiles junto a juguetes infantiles pasados de moda hacía mucho tiempo. En una caja iba a parar lo que acabaría en el contenedor, y en otra lo que quizá se pudiera vender. La sorpresa vino al encontrar un gran armario cerrado con llave.


- Cariño, dame el juego de llaves que te ha dado el de la inmobiliaria...
- ¿Qué ocurre?
- Nada, que no encuentro las llaves de este armario y pensaba que quizá estuvieran con las de la casa...

El encargado de la inmobiliaria les había dado un antiguo llavero con casi una docena de llaves de las antiguas, de esas de vástago y dientes ennegrecidas por el tiempo y el óxido. Las revisaron todas y ninguna encajaba en la pequeña cerradura.

- Tampoco nos gusta mucho este armario, ¿verdad?
- La verdad es que es un poco feo, ¿por...?

Sin mediar palabra él cogió una palanca de la caja de herramientas que habían traído por si las moscas. La introdujo en la ranura entre las dos hojas del susodicho armario y tiró. Las puertas no se movieron, tiró con más fuerza y oyeron un crujido, como un lamento que sonaba por toda la estancia. Cuanto más tiraba él más crujidos y ruidos se iban sumando al lamento inicial. Descansó, tomó aire y decidió cambiar la posición, ahora empujaba el retorcido hierro rojo hasta que, con una sacudida, la puerta se abrió con un golpe sordo que retumbó por todo el edificio. Miró la madera astillada y se giró hacia su mujer:

- Habían clavado la hoja, y no con pocos clavos...
- ¿Y para qué lo habrían hecho? - se acercó mientras él abría la otra hoja
- Evidentemente para que no se pudiera coger lo que hay dentro. - y mientras decía esto sacó un bote de cristal con un líquido amarillento y lo que parecía una rana a medio descomponer en su interior.

Revisaron el interior en busca del motivo por el que alguien clavara las puertas de tan recio mueble. Lo que salió les convenció de que quien fuera que lo hubiera clavado quería mantener las manos lejos de aquellos objetos, pero a la vez no se quería desprender de ellos.

- ¿Esto qué es?
- Si no me equivoco parece un cilicio... se usaba para mortificarse... y estas manchas... debe ser sangre del dueño.
- Qué asco, lo voy a tirar...
- Llévate esto también... - y le dio mas botes de cristal con criaturas inidentificables en su interior.

También salieron libros, la mayoría en latín, antiguos, con tapas de cuero. Uno estaba escrito en lo que parecían runas y otro, de raída tapa aterciopelada, se titulaba "Salmos de San Gregorio" con una suerte de rituales y pócimas descritos en su interior. También crucifijos de todos los tamaños, cajitas con huesos diminutos en su interior y una colección de patas de animales completamente secas. Del estante superior sólo salió un objeto, una extraña figura, grotesca, como un monstruo alado y con un brazo levantado, parecía un diablo salido de una pesadilla.

- Es horrible.
- Pues a mi me gusta.
- ¿Te lo vas a quedar? - dijo ella mientras él lo ponía encima de la mesa del estudio - me da escalofríos...
- Es sólo una figura...
- No me gustan sus ojos, parece que me están mirando...



Aquel fue el último día que coincidieron en la casa, cambios en los respectivos trabajos impidieron seguir a la vez con la limpieza conjunta por lo que tuvieron que conformarse con ir alternadamente, algo que a ello no le gustaba lo más mínimo.

La limpieza parecía no avanzar y mientras las obras no modernizaran el edificio aquello seguí pareciendo una casucha vieja y abandonada. La casa crujía y se movía y estaba llena de ruidos que parecían venir de todas partes y de ninguna. "Es una casa antigua, es normal que haga ruidos raros, no pasa nada", se lo repetía una y otra vez, pero algo en su interior no se lo creía. Para colmo él había colocado la estatuílla del demonio en el mueble que había en el centro del recibidor así, cada vez que ella llegaba aquella cosa parecía darle la bienvenida para recordarle que esa esa su casa. Cada día le costaba un poquito más enfrentarse a la casa ella sola, sobre todo porque habían encontrado dos armaritos más llenos de amuletos y reliquias que se iban amontonando en la gran mesa del salón, no sabía por qué, pero él los guardaba todos.

Ella tenía miedo pero se sobreponía, intentaba ir cada día un par de horas, y un día pasó lo que su instinto le decía que pasaría... no había nadie en la casa, pero no estaba sola.

Cuando entró no se dio cuenta, pero en seguida notó un olor raro en el ambiente, perfume, pero extraño, junto a un olor rancio, de polvo seco y hojas muertas, un olor indescriptible, desagradable, y luego oyó el chirrido, era rítmico y venía de arriba. Se armó de valor y subió las amplias escaleras mientras la camisa se le pegaba a la espalda con un sudor frío y se oía jadear mientras le empezaba a costar respirar. 

Arriba el chirrido era infernal y venía de todas las paredes, la rodeaba y gritó. No tuvo más remedio que gritar. Gritó como nunca lo había hecho y sólo al quedarse sin aire se dio cuenta de que el chirrido no se oía, ahora eran murmullos, palabras que no entendía y que venían de algún sitio por encima de su cabeza, ¡pero la casa no tenía más pisos! de golpe pasos, desde su izquierda, o eso creía, pasos que se acercaban a ella, luego ruidos amortiguados, iban y venían, iban y venían, no sabía qué hacer, no se podía mover hasta que oyó unos goznes oxidados, venían del estudio, pero la puerta estaba abierta y no se movía y dentro no había ninguna puerta más... y las ventanas estaban cerradas... cuando lo vio, mirándola. Ése demonio, esa estatua estaba ahora encima de la mesa, mirándola con esos ojos de piedra, ahogó un grito que se transformó en pánico cuando, desde el estudio, una voz mohosa pronunció su nombre entre estertores. Fue entonces cuando el paroxismo de su pánico llegó al cénit y, al girarse para escapar de aquella pesadilla tropezó con una caja y cayó por el balcón de la escalera al piso inferior. No sintió nada cuando su cuello se rompió contra uno de los escalones, y sus ojos sin vida no vieron a la figura que se asomaba al balcón tras verla caer.

escaleraÉl no supo cómo reaccionar, tosiendo aún y con la garganta seca por el polvo de la escalerilla interior no podía apartar la mirada de su mujer, en la escalera y en una posición imposible. Aún no había reaccionado cuando una mano se posó en su hombro, su compañera de trabajo, con la blusa a medio abotonar lo miraba con cara de terror sin saber cómo reaccionar ni qué hacer. Hacía toda una vida desde que, un par de horas antes tontearon y él le propuso ir a la casa nueva, su mujer no iba a ir hoy, quería enseñarle una entrada camuflada que había descubierto. Conducía a un desván con una cama aún funcional, los muelles sonaban, pero la casa estaría vacía y seria diferente al hotel de siempre donde el conserje los miraba y sonreía bajo el bigote. Ya no recordaba la gracia que le había hecho la figurita de la entrada, la del dios alado y como, casi sin querer, la había llevado hasta el estudio. Su vida, ahora, había empezado cuando un grito desgarrador los había interrumpido, cuando él quiso quedarse arriba y ella lo convenció para bajar a ver qué había pasado, que su mujer lo podía necesitar, hablaban dando vueltas por la habitación. Pero no era consciente de haber bajado tras él, ni de haber corrido al ver que él lo hacía y tampoco recordaba haber mirado hacia abajo sin ver nada pero sabiendo lo que iba a encontrar. Estaba aterrada, inmóvil, con el peso de toda la culpa y no miró ni por un momento a la estatuílla. Quizá si la hubiera mirado, le habría parecido que parecía sonreír un poquito más.

domingo, 15 de junio de 2014

La voz interior

Era uno de aquellos sábados normales en familia. Mañana remoloneando en casa y tarde de compras en centro comercial.

Después de la consabida visita en el hipermercado me tocó ir al coche a guardar toda la compra mientras mi mujer se dirigía a la planta superior con el mayor de nuestros hijos ya que era imperativo revisar su colección de zapatillas de deporte que amenazaba con quedar desierta. El pequeño estaba bien dormido sobre el carro de la compra, era uno de estos adaptados para poder llevar sin problemas a bebés mientras dilapidas tu sueldo en objetos de consumo que quizá no necesites.

Guardada en el maletero la mitad de mi sueldo convertida en alimentos perecederos dejé el carro en la zona habilitada para ello y cargué con el niño a cuestas. decidí no coger el carrito para que no se durmiera antes de poder engullir la merienda que mi mujer había preparado. Entré de nuevo al centro comercial y me dirigía de nuevo al encuentro de la otra mitad familiar cuando me sentí ciertamente extraño... Enfilaba las escaleras mecánicas con mi hijo a cuestas. Las escaleras eran colindantes a la amplia plaza central donde las tres plantas comerciales en un día normal respiraban y hoy mostraban el bullicio desmesurado propio de un sábado de rebajas.
escaleras

Como decía me sentía extraño, pero no era nada físico, era una especie de desconexión, un rum rum en la cabeza, esa sensación que es como si acabaras de aparecer en un sitio extraño. Estaba ya en el segundo tramo de escaleras cuando me asaltó la idea. La idea no era mía. Me explico, fue como una revelación, como si mi voz interior intentara convencerme de algo que veía con total nitidez.

- Si tiro a mi hijo hacia abajo, no pasa nada... Puedo hacerlo, es muy fácil... Lo lanzo y sigo adelante... A quién le importa... Podría hacerlo, no costaría nada

¡Realmente lo estaba pensando! No era una idea que me pareciera descabellada, ¡lo estaba valorando! Y eso fue lo que encendió todas las alarmas. ¿De verdad me plantaba lanzar a mi hijo de meses desde un segundo piso hacia una plaza atestada de transeúntes?

Sacudí la cabeza, deseché la idea... pero seguía ahí, una vocecita me decía "Hazlo, no pasa nada, es taaan fáaacil". Tuve que sobreponerme a ello la curiosidad del "a ver qué pasa" casi me convence. Hice acopio de aplomo y terminé de subir las fatídicas escaleras para dirigirme a la zapatería donde mi esposa bregaba con los deseos infantiles de nuestro vástago mayor.

No compramos sólo zapatillas ese día. Un chándal, dos libros y tres cd después nos dirigíamos al coche mientras a mí se me había olvidado completamente el episodio de las escaleras. Pero al llegar a la plaza central no pudimos pasar, la policía había cerrado la zona. "¿Qué ha pasado?" preguntamos.

- Uno que ha tirado a su hijo desde uno de los balcones...
- ¿Cómo se puede ser tan...?
- Se ha tenido que volver loco... un niño tan pequeño...
- Le he oído decir que oía voces. Una le ha dicho que lo hiciera.
- Ya lo he dicho, hay que estar majareta para hacer algo así, esta gente debería estar encerrada.

Y mientras trataba de disimular mi sudor frío y recuperar el color se oyó un grito en multitud de gargantas, un chillido y un golpe sordo.

- ¡Joder! ¡Han tirado a otro!

lunes, 5 de noviembre de 2012

El visitante

"Estaba sentado en el borde del sofá. Estaba nervioso. Por una vez deseaba fumar, no sabia qué hacer con las manos; las frotaba, se mesaba el pelo y no paraba de tocar y recolocar los objetos que se encontraban enfrente a él.

Lo estaba esperando, sabía que hoy vendría y que hoy debía ser el último día. Hacía años que tenía que soportar su presencia. Nunca habían hablado, tampoco se habían mirado. Pero no hacía falta, no quería verlo, no lo quería cerca...

Sudaba. Se frotó los ojos. No debía dormirse. Se levantó, paseó por el comedor. Era su casa, tenía derecho, ¿no? Si quería que se fuera era su derecho, ¿verdad?

Nunca había hablado con nadie de ello. Ni siquiera cuando empezó todo hacía ya seis años. Probablemente no le dio importancia porqué pensó que sus ojos le habían jugado una mala pasada, tenia sueño, pensó. Tardó, pero volvió. Esta vez sí se asustó, estaba seguro de haberlo visto, pero se engañó a sí mismo de nuevo, imaginaciones tuyas, se dijo. Fue casi un año. No pasó de ahí, de vez en cuando ahí estaba, lo veía una fracción de segundo y desaparecía, bastaba con parpadear. Luego fue a más.

Aquel día no lo vio. Estaba viendo la televisión y lo oyó. Vecinos, era la explicación más racional, la única. Pero otra vez lo oyó, "¿Lo tienes?", temblaba. Se levantó del sofá en ése momento y salió al pasillo. Agarraba con fuerza el mando a distancia, era su única protección. No había nadie allí.

Se sentó de nuevo a esperar. no tardaría en aparecer, y recordó. Recordó cuando empezó a acostumbrarse a la voz, se acostumbró pero nunca dejó de temer. Despistado, no podía ser otra cosa. Si lo que dejaba en la mesa aparecía en la cama debía ser porque no recordaba bien. Los armarios de la cocina se abrían solos, Tengo que acostumbrarme a cerrarlos siempre. Pero el horror empezó cuando dio un portazo, fue en la misma cocina, se le escapó la puerta, iba con prisas, cerró suavemente, sin ruido, sin que él pudiera pararla. Abrió y probó de nuevo, ninguna cerraba de golpe, todas se cerraban en silencio, no impotaba la fuerza con que lo hiciera, siempre frenaban, siempre en silencio, siempre suavemente.

Había empezado ya, la sombra que se paseaba por su pasillo ya influía en su vida, temía la noche, sabía que aparecería, sólo que ya no estaba sola, a su aparición siempre lo precedían otras sombras de menor tamaño. Corrían por el pasillo, por SU pasillo. Pero le daba miedo. Estaba aterrorizado. En casa no había nadie, pero ellos aparecían.

Lo sufrió, no dormía o se drogaba para dormir profundamente, pasaba noches fuera de casa o volvía tan borracho que no recordaba nada. Cualquier sistema era bueno para no afrontarlo, para no verlo. Pero ahora lo esperaba.

Levantó la vista, nervioso, y allí estaba, de pie, mirando. Se asustó aún más. Siempre lo había visto pasar por el pasillo, siempre andando, nunca de frente. Siempre lo había ignorado, pero ahora lo  miraba.

Estaba paralizado, sudaba, quería hablar pero ni siquiera podía balbucear. El otro hizo un gesto, se le acercó, había dado un paso al frente y se acercaba, serio, mirándolo fijamente. Rápidamente cogió un objeto que tenía encima de la mesa, un crucifijo de seis brazos. plata reluciente, lo alza y murmura una plegaria. El hombre se para y se ríe, lleva un guardapolvo negro, sin pies, y las manos bajo la capa negra, pálido, y le habla:

- ¿No creerás en esas bobadas, verdad?

Deprisa suelta la cruz y alza un saquito, raíces, huesos y cenizas, mezclados en un rito que sólo conocía aquella adivina, ajo, ajenjo y otras hierbas en la otra mano, la gitana le dijo que era infalible. La sombra dio una sonora carcajada y se acercó más.

- ¿Aún crees que así conseguirás algo?

Abrió las manos e intentó coger una botellita con un líquido que parecía agua y un papelito con un salmo, pero el otro le cogió las manos. Tragó saliva, sudaba más y le costaba respirar.

- No temas, no te resistas, todo es inútil, nada puedes hacer ya, has sido elegido. Lo tienes, sabes que lo tienes y lo necesito.

- ¿Qu.. quien eres?

- ¿De verdad importa? Sólo un mensajero, un intermediario. Vengo en nombre de la justicia y de lo que de verdad importa. Soy heraldo de la voluntad, pero no divina... ni infernal. Tus chucherías no sirven, no son para mí, vivo por y para la humanidad, pero la humanidad no puede nada contra mí, existo a pesar vuestro.

- No entiendo... ¿qué quieres de mí?

- A tí, a tu tiempo, a tu intelecto, a tu opinion, a tu valor. ¿Lo tienes?

- No, no tengo nada, por favor déjame.

En este momento el terror es sustituido por algo peor, mucho más básico, más visceral, preternatural. No era consciente de ello, pero ya sabía qué quería. Intuía para qué había venido, sabía porque llevaba tiempo evitándolo, llevaba tiempo postergando su destino.

- Lo sabes. Sabes por qué estoy aquí.

- Pero yo no quiero... busca a otro.

- No puedo. Debes ser tú. Lo sabes. Ven conmigo.

Se levanta, lentamente,sabe que debe hacerlo, ir con ese ser infernal. Acompañarlo a donde debe ir.

- ¿Dónde me llevas?

- A tu sitio, a donde pertences aunque no lo sepas. A tu mundo, un pequeño mundo, lejano y frío, porque tú ya no eres tú, perteneces al universo. Ahora eres un fantasma como yo, ahora eres heraldo de un mundo glacial que se desmorona. Tu misión será ahora la mía, tú ahora debes transmitir lo imprescindible, tú debes abrir la mente a la todo el que te vea, tú debes ser guía, luz y sombra. Tú ahora no puedes desfallecer. Ahora perteneces a la estirpe maldita. Tu ahora eres un fantasma. Eres un Fantasma de Plutón."


Fantasma.