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martes, 20 de agosto de 2013

Me enamoré de una sirena

sirena
Sí, me enamoré de una sirena y viví con ella en el fondo del mar.

Todo empezó, como no, un día de verano. Un amigo me convenció para ir a pescar. A mí el mar nunca me entusiasmó y pescar me parecía un poco aburrido, pero decidí probar, el tedio es muy peligroso.

Antes de las cinco de la mañana ya estábamos en su barquita alejándonos de la costa. No puedo decir hacia donde ni cuanto, y no es que no quiera, simplemente no conseguía orientarme en medio de la oscuridad. Echó el ancla y lanzamos los anzuelos, no sin cierta impericia mía y nos dispusimos a pasar el día. Más de tres horas más tarde (y un montón de cervezas) sólo había picado un pez minúsculo, no pudimos devolverlo al mar porque fue imposible quitarle el anzuelo sin destrozarlo. Mi amigo declaró que no era un buen día y se caló la gorra a la vez que anunciaba que iba a "dormirla un rato", quizá demasiadas cervezas. Con el dichoso movimiento yo no pude así que me dispuse a pasarlo lo menos mal que pudiera.

Intentaba lidiar con el arte de lanzamiento de anzuelo cuando la vi. Primero sólo vi la cola, de un azul acerado y brillante. Fue a la derecha, luego a la izquierda, sólo alcanzaba a oír el chapoteo y ver la cola entrando en el mar de nuevo. Intenté despertar a mi amigo que entre balbuceos me dijo que sería un atún o un delfín. No estaba seguro de sí por aquellos lares había atunes así que rebusqué en busca de mi teléfono móvil para sacar una foto al enorme pez que creía ver. Como el agua estaba bastante calmada y transparente intenté ver a través de ella, buscando la sombra de aquél juguetón marino. Y pasó, pasó por debajo muy rápido intenté seguirlo y pasó. Me caí al agua sin remedio.

Ropa, zapatos y demás impedían que me moviera, y dado que tampoco soy un buen nadador, empecé a alejarme de la superficie del agua. Intenté no ponerme nervioso (respirar no) y moverme hacia arriba, pero algo me rozó y me asustó tanto que no podía ya concentrarme en salir. Lo que me pareció una eternidad pasó hasta que saqué la cabeza del agua. Curiosamente no estaba agotado, asustado sí, pero agotado no. Lo malo es que me asusté más al no ver la barca. Por lo visto me había separado considerablemente y no alcanzaba a ver la embarcación de mi amigo. Intenté pensar y me di la vuelta, entonces la vi.

Ojos azules, melena rubia y una mirada de genuina curiosidad. Me miró y me sonrió.

-Hola

No supe como responder... me había quedado sin palabras. Me caigo de una barca, me pierdo en el mar, me encuentro a una desconocida ¡y me dice Hola! Entonces vi algo raro, no nadaba como yo, no es que lo hiciera bien, era algo más... y os ahorraré los detalles de lo siguiente. Me contó que era una sirena y tal, que me había visto y yo le gustaba, que mientras estuviéramos juntos yo podría respirar bajo el agua y tal...

No me lo pensé, me había hipnotizado. Me quedé con ella, y me di cuenta de que fue un error. Cuando dijo que si estaba junto a ella podía respirar bajo el mar era ¡realmente juntos! un par de metros y yo empezaba a ahogarme. Pronto me cansé de perseguir delfines y atunes (sí había). Dormir bajo el agua no es nada fácil y sus amigas me hacían el vacío (no era uno de ellos). Y el sexo... bueno imaginad acariciar un pescado, eso era su cola, y la vagina una abertura en la parte delantera. Sin posibilidad de variar posturas, con un tacto infame y su desinterés (no me extraña) fue un callejón sin salida. Aunque lo del desinterés no está tan claro. Un día me encontraba con una amiga suya (si ella quería ir un momento lejos de donde estaba yo me tenía que dejar al cuidado de un canguro sirénido para que no me ahogara). Bien, pues la dicha amiga me hizo señas para que la siguiera, así sin palabras, y al rodear un arrecife la vi. Le estaba haciendo una felación a un delfín, y me vio, me miró, me sonrió y me saludó antes de seguir soplando.

Ni siquiera me enfadé, supongo que lo estaba esperando. Sentí una liberación y nadé a la superficie. Tuve suerte, pasó un barco de pescadores cuando llevaba un par de horas nadando. Me subieron a bordo y me dieron mantas que agradecí, pero no tanto como una sopa de puerros calentita, estaba harto de tanto pescado crudo... Dudé en si contarles mi aventura, no me creerían, así que decidí alegar amnesia. Descubrí que llevaba fuera cuatro meses y fingí sorpresa.

Al día siguiente, aún no íbamos a puerto, me sorprendí mirando al mar. Empezaba a dudar de mí mismo cuando un marinero se apoyó en la barandilla junto a mí.

-Es duro, ¿verdad?
-¿Perdón?
-Ahora mismo no sabes si fue cierto o sólo tu imaginación. No mires al mar, si la ves volverás a ella sin remedio, es su maldición. Te volverá a traicionar, no es maldad, son así.
-Me engaño con un delfín...
-Pudo ser peor.
-No sé como.
-Con una morsa, y al capitán con un cachalote.

Miré al capitán que estaba mirando al horizonte. Por eso los marineros nunca miran al mar, por eso miran siempre al horizonte. No buscan un puerto... pero... ¿con cachalote? ¿¿y una morsa?? Eso sí es vicio...


viernes, 12 de abril de 2013

Un nuevo mundo (I)

explota
Estamos varados en este planeta, aquí y ahora. Llegar fue un juego casi infantil. Explorarlo una diversión. Estudiar la vida de aquí fue un entretenimiento casi pueril. Nos divertíamos y asombrábamos. No sabíamos lo que hacíamos. Ni siquiera nos divertíamos en realidad.

La historia empezó hace casi ciento setenta años. Los científicos de la Tierra llevaban décadas estudiando los planetas del borde medio. Buscaban planetas habitables en zonas de nuestra galaxia parecidas a la nuestra, lejos del centro pero no tan en el borde como para estar a merced de la radiación externa. Había muchos candidatos y empezaron a descartar, primero los más lejanos, luego los que tenían una gravedad demasiado alta. Los siguieron los que necesitarían más esfuerzo de terraformación, había que tener una atmósfera respirable en un plazo razonable, nuestro mundo ya agonizaba.

No sólo había sido la contaminación, ese quizá era el menor de los problemas, el problema era la propia Tierra. Tanto tiempo manipulada, tanto tiempo agujereada, tantas pruebas atómicas, tanta contaminación acumulada... la Tierra se rompió. Y se rompió literalmente. De la noche a la mañana una gran falla desbordando lava se abrió frente a las costas de la India. Volcanes y más volcanes surcaron el océano Índico en un cinturón que separaba las placas de África y Oceanía. Incontables terremotos creaban y hacían desaparecer islas en cuestión de días, el sudeste asiático fue el primero en caer. Tsunami tras tsunami volvió a la costa inhabitable. La poca población que quedaba emigró al interior del continente. Allí los problemas fueron otros, masificación, falta de recursos materiales y económicos. La repentina necesidad de convivencia entre etnias enfrentadas durante milenios no pudo sino acabar como revueltas, asesinatos, "limpiezas"... hasta que llegó el toque de atención, Japón. El país entero desapareció, fue engullido por el mar, había llegado el gran seísmo. Mientras la comunidad internacional era incapaz de dar una respuesta a semejante catástrofe, una serie de olas gigantes azotaron la costa oeste americana. La baja California fue un páramo, San Francisco, Los Ángeles, San Diego, Tijuana... Vancouver se salvó por poco. Pero en Alaska lo notaron, en forma de icebergs chocando contra la costa, Anchorage lo vio muy cerca.

Se impuso la imperiosa necesidad de abandonar el planeta en dos años máximo. Por suerte la industria espacial estaba ya lo suficientemente desarrollada. Podíamos construir naves que acogieran a miles de personas, que contuvieran millones no era más que un problema técnico. Se construyeron quince, toda la industria de la Tierra se había parado, ya no importaba nada más. Entre todas las naves sumaban algo más de ciento veinte millones de pasajes, incluida la tripulación. Ciento veinte millones de supervivientes frente a los más de ocho mil millones de futuras víctimas de un mundo roto. Las autoridades competentes pronto lo tuvieron claro. Las élites (y no precisamente científicas) tendrían su billete, para ellas no valió la regla impuesta de no evacuar a mayores de cincuenta y cinco años ni a aquellos que no estuvieran sanos o tuvieran enfermedades degenerativas. Tampoco la regla que regía el acceso a un billete: se adjudicarían plazas por sorteo a cada persona, independientemente de si su familia, pareja o hijos lo obtuviera. Madres tuvieron que dejar en la Tierra a hijos pequeños porque no entraron en el sorteo, parejas se rompieron porque uno sintió la, natural, inclinación a sobrevivir mientras que el otro debía verlo partir. Naturalmente el tercer mundo no obtuvo cuota de entrada, ellos no habían participado en la construcción de las naves.

Y todo este sistema tuvo la culpa del primer fracaso de la misión. Los elegidos eran los que decidirían el destino de la raza humana. Y de entre ellos las élites políticas. Élites muy acostumbradas al lujo y a los paisajes bucólicos. La lista de posibles destinos se acortó a cinco mundos. El viaje a los cinco empezaba con una dirección común y se decidió no esperar. La humanidad embarcó sin saber a dónde se dirigía ni cuánto tardaría en llegar. Eso nos salvó. Cinco meses después de partir las comunicaciones con la Tierra se perdieron. Demasiado lejos estábamos ya para volver a ver qué había pasado.

La travesía inicial se hacía a velocidades inferiores a la de la luz, no existía la tecnología de curvatura actual... ni sus consecuencias... Eso les dio tiempo para pensar, estudiar y desarrollar nuevos motores. Y exploraron los nuevos mundos. Dos de ellos eran claramente inhabitables. Las sondas indicaron multitud de gases venenosos en sus atmósferas. Un tercero era demasiado joven y su corteza no se había enfriado lo suficiente como para ser estable, sus océanos eran mares sulfurosos aún. Sólo quedaban dos opciones.

Uno de los mundos era un paraíso, bucólicas playas de arena blanca. Fértiles valles plagados de vegetación y un azul intenso en el cielo que proporcionarían imágenes nunca vistas por las nuevas generaciones que poblaban las naves, pero sí por las viejas. Viejos líderes nostálgicos quisieron que ese mundo fuera el que sus descendientes poblaran. Ni siquiera prestaron atención al segundo. Era un pequeño mundo cercano a una estrella enana roja. Tenía un gran núcleo rocoso, lo cual dejaba una gravedad cercana a la terrestre, cielos rojizos y oxígeno suficiente. No se observaban grandes volcanes activos, pero la temperatura oscilaba entre los cinco grados y los veinticinco bajo cero. Nadie quiso oir hablar de un mundo frío y rojo, el nuevo Marte lo llamaron. No, la primera opción debía ser la correcta. Pero no lo fue.

Las sondas fotografiaron la superficie y mandaron las fotografías. No grabaron vídeos de la selva ni de sus mares. O no nos quisieron mostrar los vídeos. Estaba lejos pero llegamos, llegaron. Se habían perdido cuatro naves por el camino, el resto llegó muy perjudicado, una fuga de oxígeno en la Antares había provocado graves daños cerebrales a todos sus ocupantes, no les dejaron atracar.

Las diez naves restantes atracaron en la nueva tierra, la gravedad destrozó parte de las naves, pero eso no importó, no debían hacer falta más. Pero más de cuarenta años aislados había creado rencillas, odios... Las tripulaciones no se mezclaron desde el primer momento, se quedaron alrededor de sus naves. Al principio todo fue bien... Hasta que dejó de hacerlo.

La caza era abundante y la vegetación también. Se hicieron todo tipo de pruebas y se consideró que todo era apto para ser consumido, y así se hizo. Nos confiamos. La gente empezó a alejarse más de las naves. Se exploró el terreno y se talaron árboles para construir casas. Dos poblados estaban ya avanzados cuando empezaron las lluvias en las montañas. Era un gran espectáculo ver caer toda esa agua a lo lejos, pero esa agua era mucha, demasiada como para que nadie la soportara. Y los animales emigraron.

Al principio los colonos se alegraron, era más fácil la caza. Entonces llegaron animales nuevos, animales que vivían en las montañas cuando no llovía. Y un día los vieron. Eran una mezcla de oso y reptil en unos casos, como caballos y mamuts en otros, pero todos monstruosos, hasta se dijo que un auténtico enjambre de mosquitos gigantes habían atacado a unos exploradores. Primero los vieron lejos, en otro valle, y eran animales solitarios y tranquilos. Pero una noche vinieron las manadas.

Los dos poblados desaparecieron arrasados. Y se establecieron. Varias manadas rodearon las naves que ahora eran el único refugio que quedaba. Y entonces decidieron irse. Era difícil ir de una nave a otra y no todas podían funcionar de nuevo, hubo que decidirse otra vez. Las que pudieron se fueron, las otras sucumbieron. Despegaron cuatro con algo más de tres millones de personas entre todas, y recursos para poco más de diez años. Una vez en el espacio dos de las naves quisieron ir entonces al nuevo Marte, otra decidió buscar un nuevo planeta en el extremo del brazo de la espiral que es la Vía Lactea, la otra siguió adelante. En ella estaba mi familia.

Estuvieron más de cien años navegando y buscando un nuevo mundo. Tuvieron que agudizar el ingenio para aprovechar la poca tierra que había disponible y reutilizar el agua hasta el último extremo. Se convirtieron en los mejores agricultores del universo, y en los mejores genetistas, modificaron plantas hasta que estas pudieron sobrevivir sin apenas agua y con la tierra más pobre del universo. Pero habían partido en busca de un nuevo mundo y lo encontraron. Para entonces el hambre y las enfermedades habían diezmado la población de la nave, apenas mil quinientas personas la habitaban. Yo era una de esas personas y, como muchos, era un experto genetista, aunque también tenía amplios conocimientos de psicología. Lo cual sirvió en el nuevo mundo, pero esto será otra historia.

(continuará)



domingo, 31 de marzo de 2013

El pacto

visitante- Louvri zòrèy nou, ou mache lonbraj, vini jwenn mwen, vizite fè nwa a, envoke lannwit tande m ', vin jwenn mwen ap mache san pye, vin lonbraj san yon , mwen t'invoco pèdi wout nanm!

Dijo las palabras con convencimiento al tiempo que exhalaba humo. Sacudió las ramas de laurel y derramó el agua y la sal como le había indicado aquella vieja bruja. Y esperó. Esperó mirando fíjamente a la puerta. Esperó. Una gota de sudor le resbaló por la frente y se deslizó por su nariz, sentía otras, más frías cayendo de su pelo, dentro del cuello de la camisa. Sudaba, sudaba y temblaba. Repasó mentalmente el procedimiento, las patas de pollo en la mesa, las especias en los rincones, el conjuro en criollo, estaba seguro de haberlo pronunciado bien... El puro... tenía que ser el puro, claro. No debía haber reparado en gastos, y en los dos estancos que visitó no tenían tabaco haitiano. Luego supo que no existe el tabaco haitiano, pero que el dominicano también servía para su propósito. Para entonces ya tenía un Cohiba, ¿qué tenía que hacer? ¿Tirarlo? El no fumaba puros, no podía desperdiciar el dinero... Y ahora no había funcionado, "Mierda", pensó. Tendría que volver a empezar... Se levantó y fue a la cocina, vaciló antes de cruzar el pasillo, miró a un lado y al otro. Cogió un trapo y se dispuso a limpiar la sal y el agua derramadas. Volvió a mirar antes de cruzar.

- No te preocupes, no hay nadie.

¡El corazón le dio un vuelco! Saltó y se giró a la vez, temblando, sudando... Allí estaba, sentado en el sofá, mirándolo. Era un hombre, completo, vestido con un traje gris oscuro y jersey de cuello vuelto negro. Sombrero de ala estrecha gris, y cinta negra. No sonreía pero se le veía divertido.

- ¿Tienes miedo? Tú me has llamado, ahora no puedes quedarte callado. Mi tiempo y mi atención no son gratis. Te escucho. ¿Qué me quieres proponer?

Las palabras no le salían de la garganta. Pero sabía que debía hablar, decir algo, no quería que se enfadara y se fuera, o algo peor...

- Estás entero. -No supo decir otra cosa.
- ¿Como dices? -Al menos parecía divertido.- ¿No se te ocurre algo mejor?
- He... he oído decir que... los, bueno, los espíritus no tienen pies. -Estaba a un paso de balbucear como un crío asustado.
- ¡Ja ja ja ja! -Al menos la risa parecía franca- Dime -lo miró fíjamente- ¿te parezco un espíritu?
- No... yo... quería decir...
- No te preocupes, sé qué te pasa y lo que querías decir. Sólo bromeaba. ¿Por qué no me sirves un vaso de ese whisky que guardas para cuando no está tu cuñado? Y ponte uno doble tú, lo necesitas.

Se movió sin perderlo de vista, salió de la habitación de espaldas y luego, en el pasillo, ¡en el pasillo!, corrió a su habitación. El el armario, detrás de los zapatos, guardaba una botella de un whisky de malta que sólo saboreaba en las ocasiones especiales. Y sí, la había guardado para que su cuñado no la encontrara. Siempre que venía de visita asaltaba el mueble bar, de hecho era el culpable de que estuviera casi vacío, así cuando venía se iba antes. Con la botella fue al mueble bar, ahora los pies le pesaban. Cogió dos vasos y sirvió dos copas dobles. Alargó una al visitante. Le rozó los dedos, estaban calientes. Se bebió su copa de un trago y se sirvió más.

- Entonces, ¿eres tú la sombra que veo andar siempre en mi  pasillo?
- No. Eso es sólo un eco. Alguien que fue y ya no está, no tiene cerebro, es una imagen fijada, antes de morir se debió pasear por aquí y aquí sigue. ¿Quieres que se vaya?
- Pues... si puede ser... los niños, ya sabes, se asustan... -un grito seguido de un lejano quejido interrumpieron sus palabras.
- Hecho. Pero no has montado este tinglado sólo para deshacerte del pobre Secundino, verdad? No has ido a ver a la santona sólo para exhorcizar tu pasillo. Para eso bastan una ristra de ajos y una cabeza de pollo... No tú quieres algo más... Lo veo en ti, en tus ojos -los del visitante refulgían con llamas rojas- dímelo, dime qué quieres y con qué vas a pagar.

Era el momento de decirlo, tenía que reunir el valor y decirle aquello que llevaba meses practicando... Lo tenía pensado, tenía que funcionar.

- Lo quiero todo.
- ¿Todo? -lo miró con una mezcla de extrañeza y curiosidad- ¿Exactamente qué quieres?
- Quiero un poder como el tuyo, quiero hacer lo que tú haces, quiero... el poder total y absoluto que tienes. -Ahora era a él a quien le brillaban los ojos.
- Ya, es muy interesante. Pero tengo un par de dudas y una pregunta. Las dudas son: Para qué lo quieres y con qué vas a pagar. La pregunta es: ¿seguro que sabes dónde te estás metiendo?
- Bien, sí, claro... Sé que estoy hablando contigo, y si no me equivoco tú reinas en los infiernos... y eres el mal personificado y eso... Pero creo que podemos llegar a un acuerdo, ¿vale? Creo que nos podemos entender.
- Te escucho. Habla.
- Bien, esto... Me he cansado de mi vida, ¿vale? Soy un cero a la izquierda, me cuesta llegar a fin de mes... y no paro de ver a gente jodida por mierdas de la salud, ¿sabes? Quiero cambiar, hacer algo con mi vida, algo importante... Y he pensado que tú, bueno, que me podrías ayudar...
- Ajá, te sigo.
- Bien, tú lo puedes hacer todo, igual que Dios, pero sin limitarte a las cosas buenas, perdonar y eso, ¿vale? Y yo puedo hacer lo mismo, quiero decir, puedo ayudarte a castigar a los que se portan mal...
- ¿Eso crees que hago?  ¿Reparto azotes? -la sonrisa había desaparecido.
- No, no claro que no, es mas... A ver...  Tú po-pones la tentación a la gente, ¿no? y ellos entonces pecan, pero no por tu culpa, sino por ellos mismos, entonces vas y los castigas, sirven de ejemplo y el resto se porta bien, hasta que alguien la caga y vuelves a entrar tú. Te los llevas al infierno y los torturas por toda la eternidad y eso.
- ¿Y eso es lo que quieres hacer? Tentar y torturar... Eres un pelín malote tú, ¿eh?.
- No bueno, seria... sólo a los malos, ¿no? A los que ya no pueden ir al cielo por malos y eso...
- La tuya es una versión simplista de todo... No soy sólo el acicate de los pecadores, soy su inspiración y su perdición. Soy su instrumento y su dueño. ¡Yo soy el pecado!
- Ejem, estooo... sí claro pero ¿qué tal un poco de ayuda? Tiento y cazo, luego te los sirvo...
- Para el carro cocinero, ¿qué te hace pensar que me haces falta? ¿Crees que no puedo yo solo? ¿Crees que no tengo toda la ayuda que me hace falta? La tengo, y ayuda que no tiene esos aires de grandeza que no te caben en los pantalones. Estás gritando "¡Quiero ser importante! ¡Quiero algo grande! ¡Quiero ser la puta hostia en vinagre!" Repito: ¿qué me puedes dar que yo quiera a cambio de tal poder?
- Puedo ser tu Azrael -empezaba a notar el alcohol en las venas, el cerebro estaba ya en una nube a toda máquina y se estaba entusiasmando- Soy listo y quiero hacerlo, deseo castigar pecadores toda la eternidad, deseo el poder, poder hacerlo todo, corromper y comerme a los corruptos. Buscar su perdición y luego castigarlos por ello...
- Sueñas con limpiar el mundo de inmundicia. Quieres el poder para hacer el bien, quieres hacerlo a tu manera. El de arriba no te ayuda a ser bueno, no te lo ha puesto fácil y crees que yo lo voy a hacer. Te equivocas, no quiero más santurrones en mis filas, no te voy a dar ese gusto, sigo sin necesitarte.
- Sí me necesitas. Lo sé.
- ¿Ah sí, chico listo? ¿Y cómo sabes tanto?
- Porque aún no te has ido. Si no me quisieras no habrías venido. Y de haber venido ya te habrías ido, o ya habrías hecho algo conmigo, no tú me quieres a tu lado.
- Chico listo, me has cazado. Dime, ¿para qué te quiero?
- Te lo he dicho, soy listo. Y soy humano. Entiendo a las personas, sé qué quieren y a qué temen. Sería un buen tentador y también un buen castigador. Tú no eres de este mundo, y los que van contigo llevan demasiado tiempo muertos, conocen la burocracia pero ya no son efectivos, no conocen la calle. Yo soy sangre fresca y estoy dispuesto. Quiero hacerlo y sé como hacerlo, sólo me faltan las herramientas.
- Hmmm, ¿y qué me das a cambio?
- Mi alma inmortal y una eternidad de servicio. Me pongo a tu disposicióny bajo tu mando.
- ¿Y si me niego?
- La competencia es más difícil de convencer, pero no imposible... también me querrá en sus filas.
- Puede que tengas razón. ¿Y si te equivocas y no sirves?
- Tienes mi alma como juguete para romper.
- Tienes huevos, te lo voy a conceder. Vamos a ver qué pasa...
- Hay una condición...
- Cuidado, sólo tienes dos huevos y los estás exprimiendo mucho...
- Mi familia, se quedan al margen... es decir ya sé que todo tiene un precio y tal, pero ellos no. Seguirán sus vidas hasta lo que iba a ser antes de hacer este trato, que nadie venga a buscarlos ni a hacerles nada. Me encargo yo de ellos.
- Eres duro negociando, pero me interesas. Andamos faltos de voluntarios, al menos en sus cabales. Tu familia queda fuera, excepto si fallas. Entonces serán míos, y tu condena será ver qué les pasa durante toda la eternidad. Sin segundas oportunidades. -Se terminó el whisky- Empiezas ahora, no tardes, sabré lo que haces.

No llegó a parpadear que el visitante se había esfumado, sólo quedaba la huella que había dejado en el sofá. Él no se sentía distinto, sólo un poco mareado por el whisky, ahora lo empezaba a acusar... deseó estar mejor y el malestar se fue. Era verdad, podía hacerlo... ahora sólo debía pensar en cómo castigar a toda la mala gente de la tierra, acabar con guerras, hambruna y demás plagas y como esquivar al diablo que le pediría tentar a inocentes y torturar a quienes cometieron un error. Todo ello mientras protegía a su familia.

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Todo era blanco. Lo único negro allí era él. Se ajustó los puños de la americana y esperó. Al final entró él. Hoy era un alegre veinteañero de rubios rizos y ojos claros. En cuanto lo vio lo saludó con un apretón de manos.

- ¿Lo hemos conseguido? ¿Es nuestro?
- Es nuestro. Como dijisteis que sería.
- Bien, bien. Servirá mejor que si mandamos a Miguel de nuevo a la Tierra. Lo intenta pero no conoce a los humanos, no los entiende... Por cierto, ¿cómo va todo en tu reino hijo mío?
- Muy bien Padre, tan tranquilo como siempre. Aunque en estas fechas llega más gente de la que me gustaría.
- Querrías que todos vinieran aquí, ¿verdad?
- Con todo mi corazón.
- Sabes que no es posible... Lamento tu carga y la comparto, pero eres necesario, tu trabajo es necesario, sin ti nadie conocería la capacidad de elegir el bien. Nadie podría admirar la belleza sin conocer la fealdad. En verdad te digo que eres mi hijo preferido, el de la tarea más ardua y el más querido. Sin ti no soy más que un viejo al que ya nadie haría caso.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Accidente (I)

"Bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle
I want to ride my bike
I want to ride my bicycle
I want to ride it where I like"


Era un caluroso día de primavera. Lloviznaba y el cielo era una masa compacta de nubes grises. Él llevaba su pequeño MP3 de música mientras hacía footing por el parque que seguía el curso del río. Era su momento, le servía para relajarse y aclarar ideas, el deporte era solo la excusa. Los cascos le aislaban del mundo y le permitían aclarar las ideas.


"You say black I say white
You say bark I say bite
You say shark I say hey man
Jaws was never my scene
And I don't like Star Wars
You say Rolls I say Royce
You say God give me a choice
You say Lord I say Christ
I don't believe in Peter Pan
Frankenstein or Superman
All I wanna do is"

Corría sin mirar al mundo, casi mecánicamente, sin prestar atención a todos los que le rodeaban. A veces era el trabajo, a veces la familia, las más los sueños  no cumplidos. Hoy era la sociedad, la dirección que tomaba la humanidad. Necesitaba reflexionar y pensar en algo, encontrar su centro y clarificar su pensamiento.


"Bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle
I want to ride my bike
I want to ride my bicycle
I want to ride my"

Entonces lo vio. Ya iba de vuelta y un relámpago precedió un trueno mayor que cualquier otro que hubiera oído nunca, la tierra pareció temblar y lo vio. Vio como se abrían las nubes, justo encima del puente que cruzaba el río. El día se hizo noche sobre su cabeza y una gran masa de acero impactó sobre el puente.


"Bicycle races are coming your way
So forget all your duties oh yeah!
Fat bottomed girls they'll be riding today
So look out for those beauties oh yeah
On your marks get set go
Bicycle race bicycle race bicycle race
Bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle
Bicycle bicycle bicycle
Bicycle race"

Dejó de correr para levantar la vista y observar lo que parecía una gran nave espacial de color gris y negro chocando contra el mayor puente de la ciudad mientras decenas de coches caían al agua antes de pararse para que sus ocupantes huyeran despavoridos. Todos huían menos él. Estaba paralizado, quizá era la curiosidad o quizá otra cosa pero no podía apartar la vista de aquello. Por ello empezó a acercarse lentamente. Casualmente una abertura había quedado cerca de la ribera de su lado del río. ¡Quizá habría supervivientes! ¡y seguramente serían extraterrestres! Nada se le antojaba más excitante.


"You say coke I say caine
You say John I say Wayne
Hot dog I say cool it man
I don't wanna be the President of America
You say smile I say cheese
Cartier I say please
Income tax I say Jesus
I don't wanna be a candidate

For Vietnam or Watergate
Cos all I want to do is" 

Entró. Era un pasillo muy largo e iluminado de forma irregular. El choque había desprendido algunos de lo que parecían paneles luminosos, otros parpadeaban, pero el suelo era uniforme. Ascendía. Llegó a una bifurcación, dudaba del camino a seguir.

"Bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle
I want to ride my bike
I want to ride my bicycle
I want to ride it where I like"

Y lo vio. Estaba quieto, de pie, en el pasillo de la izquierda y lo estaba mirando. No era como esperaba. Era rubio, alto, de piel muy clara. Vestía un mono plateado, brillante, de una pieza. Pero era humano, completamente humano, al menos aparentemente. Estaba quieto, sereno y serio. Lo miraba fijamente, se miraban fijamente. Entonces se movió. Miró una puerta que había a su izquierda, o lo que quedaba de ella. Se volvió para mirarlo a él y entró en la abertura, evidentemente esperaba que lo siguiera y lo hizo, subió por el pasillo hasta la puerta.


 Bicycle Race - Queen
 

miércoles, 23 de enero de 2013

Odio. Rabia


Odio, odio y más odio. Eso es lo que siento. Ganas de romper, de reventar, hasta de matar, ¿porqué? No me lo preguntes. Ni yo mismo lo sé. Tan solo sé que siento dentro de mí una rabia insostenible. Una rabia que me muerde y no me deja vivir. No puedo parar. Quiero gritar. Quiero que me oigan. Todo me hace saltar... ¿es que no parará? No me preguntes nada gritaré. No me des nada, lo romperé. No me quiero tranquilizar, quiero destrozar. Me quiero desahogar. La destrucción ahora es mi máximo objetivo. Quiero devolver todo el daño que me han hecho. Tengo que reparar mi sufrimiento. La amargura se cura con violencia, el dolor termina con la muerte. Tengo que coger a alguien entre mis manos y asfixiarlo, chafarlo. No quiero que viva. Quiero demostrar que soy capaz de hacerlo, quiero hacerlo. Quiero demostrar que soy el mejor, porque lo soy, que la fuerza que me corroe por dentro me hace ser el más fuerte, más fuerte que nadie. No quiero parecer tranquilo, no estoy tranquilo. Quiero arañar. Tengo que mantener la rabia, pegadme: os odiaré, escupidme: no tardareis en morir, torturadme: todavía no habléis sentido el dolor que os infligiré. Sólo así lo podré arreglar. No quiero dioses piadosos. No quiero ángeles salvadores. No quiero demonios maléficos. Yo soy el Mal. Yo soy diabólico, maquiavélico. Quiero torturar, ¡sí!, ver sufrimiento en la mirada de los otros. ¿Quien? Todos. De todos me vengaré, no quedará ninguno vivo. Ni uno. Ni tu no te salvarás si te atreves a interponerte en mi camino. Sufrirá todo aquel que se interponga entre mí y mi Mal, hasta aquel que esté a mi lado. Quiero oírlos gritar de dolor... quiero segarles la vida lentamente, sin prisa con crueldad. Eso me divertirá: martirizar, cortar, pegar... vaciar ojos, destrozar sexos, arrancar uñas... hacer daño, dolor, es lo que me ayudará a sentirme mejor. Pero no, no quiero sentirme mejor, quiero sentir dolor, quiero que me hagan daño para tener más rabia dentro de mí, quiero que me maten para poder matar, quiero torturar para reírme de su sufrimiento, quiero... Quiero vejar, quemar, reírme de ellos, de su sufrimiento. Con mi propio estilo, brutalmente, sintiendo su dolor bajo mi piel, oyéndolos pedir misericordia, para que aprendan a a no hacerme daño... No quiero compasión, no quiero pena. No quiero ni tan siquiera compadecerlos, no quiero sentir pena por nadie. Lo que quiero es que mi rabia se vea saciada. Quiero verlos morir, lentamente, con sufrimiento, sin prisa. Así verán que soy capaz de morder. saltar, escupir, arañar. Sabrán que yo también puedo ser cruel, Sufrirán de una forma inimaginable, porque no se lo imaginan. No saben que los odio. Hace tiempo que los odio, no saben cual será su final, pero pronto lo sabrán. Serán humillados, su honor desaparecerá bajo el peso de las cadenas sucias por su propia sangre, aquella que un día llenaba sus venas. La lamerán. Intentarán aferrarse a una vida que ya no les pertenece, porque yo se la habré robado. Y se la robaré para que a mí me dé fuerza para seguir luchando y para alimentar mi rabia. Una rabia que nunca morirá porque la alimentaré siempre, nunca acabará. Ni siquiera cuando todos hayan pagado por su culpa. Cuando ya no quede nadie... cuando ya no quede con quien disfrutar, a quien vejar, a quien martirizar, a quien torturar... Entonces mi rabia será infinita y la emprenderá contra su propio creador, su responsable será el último en sufrir sus consecuencias. Se volverá contra aquel que no la puede sobrevivir porque es anterior a ella, aquel que es su causante. La rabia será el último vestigio de un mundo que desaparece por mi propia rabia.
Venganza. Venganza es su nombre.



domingo, 6 de enero de 2013

Navidad, jodida Navidad

Llevaba tiempo queriendo dejarlo pero no podía. Se lo había prometido a sus antiguos compañeros. Había prometido que no lo dejaría, que mantendría la tradición, año tras año, como habían hecho siempre desde que el mundo es mundo.

Pero ahora le pesaban los años, se sentía viejo y solo. Y, lo que era peor, no se sentía valorado. Sentía que su esfuerzo no se tenía en cuenta y que ya nadie se lo agradecía. Es más, lo que al principio fue una alegre iniciativa de tres amigos que sólo perseguían un bonito ideal, ahora era una obligación anual que tenía más de exigencia que de agradecimiento.

Mientras iniciaba el reparto pensó en los primeros años. En aquel momento repartían a todos los niños y, luego, esperaban ansiosos a verlos abrir sus regalos. Las caras de ilusión y alegría los mantenían vivos hasta el año siguiente. Una muñeca de trapo, un coche de madera, unas alpargatas o un patinete eran las ilusiones de niños acostumbrados a una vida dura que luego trataban tan preciadas posesiones con un cariño y una dulzura jamás imaginados. Pero ahora no. Las listas de peticiones cada vez eran más largas y el consabido traed lo que podáis había desaparecido incluso de las cartas de los más inocentes. Consolas de última generación, ordenadores o teléfonos nutrían ahora los deseos de los más pequeños. Los mayores habían dejado de desear salud, dinero y amor para ellos y sus más queridos para integrar en su carta el último grito en televisiones, otro teléfono móvil o unas tetas nuevas para hinchar las que tienen más a mano porque ya se les ha quedado pequeñas.

Recorría las calles lánguidamente, casi sin recordar la alegría con la que antes habían recorrido esas mismas calles de las grandes ciudades, maravillados de conocer aquellas grandes colmenas que, de alguna forma les facilitaba el trabajo. Melchor estaba entusiasmado, Gaspar recelaba demasiada gente y demasiado junta, los problemas no tardarán en aparecer. Y acertó.

Una media sonrisa aparece cuando en una ocasión la policía les dio el alto porque alguien había denunciado a unos tipos merodeando el edificio. Les costó ser liberados, el tiempo que al agente le costó comprender que "esos señores no tenían documentación ni podían tenerla". Fue una buena época. También el coñac lo era, había corrido la costumbre y ellos no podían hacer el feo de rechazar la copa.

Gaspar cayó en seguida. Coincidió con una ola de infantes descreídos y de reclamaciones por no conseguir lo deseado. Entonces se equivocaron más. Intentaron culturizar, explicar que si no portaban bien durante el año no tenían derecho a la plena satisfacción...

Y los mayores les dieron la espalda. Todo el año trabajando y poniendo el culo para que lleguen estos y quieran darme lecciones... Gaspar no lo soportó, era el más anciano. Se suicidó un ocho de enero. No soportó la ola de devoluciones, intercambios y de exilios al fondo del armario para aquellos regalos entregados con la máxima ilusión. Melchor no lo superó. Un par de años no salió al reparto, al tercero lo hizo, pero al pasar cerca de una ventana oyó a un niño quejarse y maldecir, la consola no había llegado. Quedó destrozado por dentro, tanto que no vio venir al primer autobús de la mañana. Un perturbado borracho se tira a las ruedas de un autobús, el titular tampoco ayudó pero había que seguir.

Y durante mucho tiempo ha seguido él solo. Ha aprendido a hacer su trabajo nocturno y no escuchar las voces infantiles que a la mañana siguiente ponen en valor el esfuerzo realizado, tampoco quiere, la ilusión le ha abandonado.

Termina su reparto pronto, ya no disfruta con ello, por lo tanto no se recrea en las casas mirando la decoración, disfrutando del pedazo de roscón que le han dejado o acariciando el pelo de aquel niño que casi se despierta. No. Ahora entra, deja los paquetes y sale, quiere irse a casa.

Y se va. Está andando de camino a casa, sólo quiere llegar, quitarse la estúpida ropa que lleva y meterse en la cama, a llorar en silencio su soledad. Está ensimismado en sus pensamientos cuando oye una voz detrás suyo:

- ¿A dónde crees que vas vestido así, negro de mierda?

Fantasma

lunes, 31 de diciembre de 2012

Navidad, inocente navidad...

Hacía poco que había cumplido los ocho años y se acercaba la navidad. Como era lógico cada vez estaba más nervioso. Era un chico normal, ni más listo ni más tonto que los demás pero había algo que lo hacía distinto: era el único de todos sus amigos y conocidos que no lo sabía, no sabía el gran secreto de la navidad.

Él no llegaba a ser consciente de su ignorancia, pero sabía que algo se le escapaba. Todos cuchicheaban a su alrededor y cuando se acercaba callaban. Cada vez que le comentaba a algún amigo lo nervioso que se sentía al acercarse el día en que Papá Noel llegara a su casa con los regalos, no recibía más que respuestas vagas. Quizá era su propia ilusión la que lo hacía inmune a las dudas pero algo empezó a calar en él.

- Hoy casi no he dormido en toda la noche...
- ¿Y eso? ¿Otra vez han hecho ruido los vecinos?
- ¡Nooooo! es que sólo faltan dos días...
- ¿Dos días? ¿Para qué?
- ¡Para que llegue Papá Noel! Tengo unas ganas... ¡a ver si me trae lo que he pedido! ¿Y tú que le has pedido?
- Bueno... poca cosa.. ya sabes...
- Jo, tengo unas ganas...
- Oye, ¿tu ya lo sabes, no?
- ¿El qué?
- Pues eso.. lo de Papá Noel... que no es una persona normal...
- ¡Pues claro! ¡Es mágico! Pero me parece que los mayores no lo entienden...
- Eeeeh, sí claro, oye me voy. Ya nos veremos después de reyes, creo... oye, cúidate y si viene Papá Noel a tu casa, no intentes verlo. Dicen que no es bueno.

Y su amigo se fue, de golpe se había puesto serio y se iba arrastrando los pies y mirando al suelo. Se quedó un rato pensando pero recordó que sólo faltaban dos días, dibujó una sonrisa y salió corriendo hacia su casa.

Llegó jadeando, su madre ya tenía lista la merienda.

-¿Qué te pasa que vienes tan corriendo?
-Nada. Mamá, ¿sabes que mañana viene Papá Noel? Tengo unas ganas...

Su madre se quedó callada, sonriendo ante la ilusión de su hijo.

- ¿Mamá?
- Dime hijo.
- ¿Pasa algo con Papá Noel?
- ¿Porqué lo dices? - no le gustaba el cariz que tomaba la conversación.
- Porque los otros niños no tienen ganas de que venga, me parece que soy el único que tiene ganas...
- Alguno habrá que también quiera... - la madre ya se empezaba a preocupar.
- No, ninguno. Y todos cuchichean y no me cuentan de qué hablan.
- ¿Todos? ¿Estás seguro?
- Sí todos.

Ahora su madre ya estaba completamente alarmada y él lo notó. No quiso preguntar cuál era el problema, tampoco le dio mucha importancia, pasado mañana por la mañana encontraría los regalos y seguro que su madre se alegraría y jugarían todo el día.

Por la noche no pudo dormir. Se levantó muchas veces a beber agua, y otras tantas tuvo que ir al baño. En uno de sus paseos oyó a sus padres hablar en voz baja.

- Te digo que es el único que no lo sabe... es el último...
- Venga, no exageres, seguro que hay más, aún es pequeño...
- Que no. Estoy preocupada, no quiero que se entere de esto así... deberíamos decírselo...
- No seas inconsciente, si de verdad es el último en enterarse no podemos decirle nada... ya sabes lo que hay, no podemos quitarle la ilusión. Las consecuencias pueden ser catastróficas...
- (Llorando) Es tan pequeño...

Se marchó a la cama extrañado, no sabía cual podría ser ese gran secreto que hacía llorar a su madre... y no sabía qué podía ser lo que todos sabían y él no, pero se durmió casi enseguida, ya era bastante tarde.

El día pasó rápidamente, sus padres estuvieron con él en todo momento. Fueron a patinar, a visitar el mercadillo navideño de la Plaza Mayor y le compraron todos los dulces que pudo comer y alguno más... La tarde no fue peor, jugaron a sus juegos favoritos, ¡incluso su madre se atrevió con la consola! No se dio cuenta y ya estaba cenando. Su madre tenía los ojos rojos, había llorado. Su padre le miraba y le sonreía sin decir nada y él estaba pletórico, casi no cenó, ¡sólo quería irse a dormir para que llegara ya la mañana siguiente!

Su padre lo despidió con un beso y una sonrisa un poco extraña. Su madre lo arropó y le dio un beso en la frente.

- Sobretodo no te levantes de la cama, pase lo que pase... a Papá Noel no le gusta que lo interrumpan... - y una lágrima resbaló por su mejilla.

Pese a lo que parecía se durmió casi en seguida. Estaba agotado. Pero en un momento de la noche se despertó y oyó un crujido. Alguien andaba en el comedor casi de puntillas. ¡ERA PAPÁ NOEL! El corazón le golpeaba con fuerza el pecho, casi lo sentía en la garganta... Cerró los ojos con fuerza y se resistió, no quería levantarse, no quería enfadar a Papá Noel... Luego vino el silencio, se había ido... El chico estaba ya desvelado y los regalos probablemente le esperaban bajo el árbol. No perdía nada si les echaba un vistazo. Estuvo unos minutos pensando... seguramente sus padres se enfadarían, a estas horas hay que estar durmiendo le dirían. Pero sólo un vistacito, sólo mirar cuantos paquetes habría y sopesar alguno, claro, para saber qué había dentro... Luchó contra la idea unos minutos y cuando se convenció de quedarse en la cama y seguir durmiendo... se levantó de un salto y corrió hacia el salón.

Al entrar se fijó en el árbol y ¡bingo! dos montoncitos de regalos. Se acercó a tocarlos y vio que en un montón estaba el nombre de su padre, en el otro estaba el de su madre. Nada para él... y, tras pensarlo un poco, se dio cuenta de lo que había pasado ¡había interrumpido a Papá Noel! Se levantó corriendo para volver a la cama con la esperanza de que volviera a traerle sus regalos, pero al girarse... al girarse lo vio delante suyo, imponente, con el traje rojo, la barba blanca, los ojos con un brillo extraño y una mueca por sonrisa. El chico se quedó parado...

- O sea que eres tú el chiquillo inocente. El único que aún no conoce el secreto de la navidad. ¿Nadie te ha contado nada? ¿No te han dicho cual es mi secreto? - El chico negaba con la cabeza.- Bien pues te lo contaré, al fin y al cabo has sido bueno y te lo mereces; cada año Papá Noel, yo, reparte regalos a todos los niños y familias que se han portado bien. Pero nada es gratis, ¿verdad? - El chico asintió. - Hay que pagar, al fin y al cabo yo también debo comer... ¿verdad?
- Allí he dejado galletas...
- Bien, bien, lo único malo es que a mí no me gustan las galletas. Verás, tengo un trato con todos los mayores. Durante todo el año me encargo de los que se portan mal, por eso debes portarte bien... pero en navidad, también tengo mi regalo. - Se iba acercando cada vez más... - Y mi regalo, querido amiguito, es el último niño bueno de su generación que no conoce el secreto de Papá Noel.

Y sin terminar de hablar se abalanzó mostrando sus enormes colmillos sobre el pobre chico que no dejaba de gritar mientras su madre lloraba en su cuarto, su padre cerraba los puños con fuerza y los niños vecinos mantenían los ojos tan cerrados como podían sin mover ni un solo músculo y sin, casi, atreverse a respirar.


Fantasma

sábado, 15 de diciembre de 2012

El final del túnel

Hace tiempo que no duermes por las noches, pero por el día te mueres de sueño en cualquier rincón. Eres incapaz de prestar atención a nada más de dos minutos. Te cuesta pensar con claridad, casi no recuerdas como empezó todo ni como ha llegado a este punto y, la verdad, tampoco hace tanto.

Hubo un momento que pensaste que aún eras joven, salías, te divertías y trabajabas. Dejaste los estudios, ya habría tiempo y ahora querías un sueldo en el bolsillo. Ahorraste, te fuiste de casa de tus padres y empezaste una nueva vida. Y, ¿qué sería la vida sin pequeños caprichos? Un buen televisor, cine cada semana, copas y algún viaje, ¿quien dijo que no se podía ser feliz? Encontraste pareja e hiciste planes, muebles nuevos, pintura y algún arreglo, tu casa era uno de tus orgullos, el coche no podía ser menos. Y no lo era, tanto que no era uno, eran dos, os hacían falta para ir a trabajar, a los dos, era el precio a pagar para poder ir y venir del trabajo en veinte minutos y no en hora y media, pese a todo la gasolina no era tan cara. Empalmabas un trabajo con otro, no había oficio pero sí talento, algo saldría siempre.

Pero algo pasó. Un día se acabó el contrato y no había otro esperando. No desesperaste, subsidio de paro mediante, seguirías. Tu pareja trabajaba y seguisteis, no os preocupasteis. Dos, tres meses y un trabajo, ¿ves? todo sigue igual. Pagaban un poco menos, pero lo importante era seguir trabajando.

Llegó el primer hijo, todo eran alegrías, no faltaban motivos. En poco tiempo el segundo y el tercero casi seguidos Total, el gasto gordo ya está hecho, sólo había que comprar el "mantenimiento", pañales, leche, papillas, no pensaste en ropa, guarderías ni vacunas "recomendadas pero no subvencionadas". No pasa nada, la casa es fuerte. Te ofrecieron horas extras y ni te lo pensaste. No veías tanto a tu familia, pero el fin de mes era muy holgado, compensaba. Tu pareja perdió el empleo.

Le dijiste que no había problema, tú seguías y al fin y al cabo su subsidio allí estaba mientras no encontrara nada. Tú seguías mirando ofertas de trabajo, siempre se puede mejorar, ¿no?, pero no había nada. Lo poco que veías no te compensaba, pagaban igual o peor. No pasa nada, seguro que tarde o temprano sale una buena oportunidad. Y tu pareja encontró empleo. Pagaban poco y el trabajo era duro, pero te mantenía en el circuito, luego le pidieron quedarse, sólo es un día y hay que quedar bien. Estabais de acuerdo, un pequeño esfuerzo y pasamos la mala racha. Perdéis el empleo ambos.

Intentaste mantener la sonrisa, hay que mantener el ánimo. Pero la casa se te caía encima pese a la alegría de ver a los niños y a tu pareja a todas horas. Entonces pensaste en tus estudios, pero no podías retomarlos, no estarías tanto tiempo en paro y empezaste con los cursillos de formación, así tendrías más oportunidades. Te llamaron para un trabajo, cobrabas menos que estando en paro, pero me mantengo activo y en la ETT lo valorarán. Duró dos semanas, buenas palabras, si sale algo más te llamaremos, estamos muy contentos contigo. El fin de mes ya no era tan holgado.

La hipoteca te subió, tu índice de revalorización era anterior al estallido de la crisis. La gasolina también, al menos ya no necesitabas tanto el coche. Siempre pensaste que los impuestos son buenos, construyen hospitales y escuelas, pero te duelen. Duelen cuando suben y tu calle ya no la asfaltan. Duelen cuando ya no te subvencionan los libros del colegio, educación gratuita, ¡y una mierda!. La comida no baja y la electricidad aún sube más. Te cuesta mantener la sonrisa, pero sigues adelante, si me es más llevadero a mí será más fácil para los niños. Pero llega el verano.

El mayor quiere ir a la playa, los pequeños también. Vais, te lo puedes permitir, pero allí no se puede comer fuera, ni siquiera un día. Quitas a tus hijos la comida veraniega en un fast-food, no se puede todo, es temporal. Y miras la televisión. Coches oficiales, teléfonos nuevos y grandes sonrisas dentro de trajes a medida, y encima votan que no se bajan el sueldo y que seguirán viajando en primera clase. No lo entiendes y cada vez le das más vueltas.

Sales a pasear con tu familia, es noche de verbena, te piden petardos y no te puedes negar, quieren subir a las atracciones, es fiesta mayor y un día es un día, pero son menos viajes que el año pasado, los niños no se quejan, parece que lo entienden, y eso, en lugar de relajarte, te quema aún más por dentro, son niños, no deben tener que entender de esto. Te llega una carta de la oficina de empleo, tu pareja ya la recibió hace unas semanas, te reducen el subsidio, llevas demasiado tiempo chupando de la teta y el estado dice que espabiles y encuentres trabajo.

Vas a entrevistas, cada vez menos, ya estás en esa edad, y el perfil... ahora se piden doctorados para barrer, pasará, es cuestión de tiempo. Pero reduces los gastos. Ahora la nevera está llena de marcas blancas, la comida es un poco más..., bueno, no es todo tan malo. Decides dejar los "extras", de vermut en casa nada, el cine es una quimera, bebes agua casi en exclusiva y el café ahora es muy de vez en cuando.

Tus hijos crecen, necesitan más ropa y quieren cromos, libros y juguetes, no los puedes defraudar. Pero empieza a costarte más sonreír, y necesitas cada vez más ese café con los amigos, necesitas distracciones y ves más la tele. Y lo que ves no te gusta. No te gusta el indulto fiscal. No te gusta el copago sanitario. No te gusta que hagan falta mareas verdes, blancas y naranjas. Hablas con la gente, pero sigue sin gustarte la demagogia, pero te molesta que un político coloque a su familia a dedo, pero crees que es posible que sea gente preparada. Pero te molesta que se justifique la corrupción, y los sueldos vitalicios, las dietas y que se favorezca a grandes fortunas.

Llevas el pelo largo y cada vez repites más ropa, te duele comprarte unos pantalones o unos zapatos. Ya no te compras nada, tu pareja ya no tiene subsidio. Ha bajado la hipoteca, pero no suficiente, tranquilo, seguro que mejora, algo va saliendo. Ya no se comen tres platos en casa. Plato único y una pieza de fruta, a veces ni eso, no tienes hambre. Los niños ya no dejan comida, el plato ya no desborda. Te levantas, vas a la nevera y te deslumbra una luz blanca en un espacio diáfano, está casi vacía. Te desmoralizas más, no creíste que fuera posible.

Ves la tele. Sonríen y cierran hospitales, te dicen que tienes que esforzarte más, que saben que es un sacrificio muy duro, pero que es necesario. El que te lo dice tiene tres sueldos millonarios, y habla de sacrificios.

Miras a tus hijos dormir y sabes que no se lo merecen, quieres que sean felices y te esfuerzas en parecer alegre. No hablas de ello en casa, pero tienes un nudo en la garganta. Algo te impide reaccionar, algo negro te acecha y tu vida se resiente. No querías que te afectara, pero saltan chispas, con tu pareja, con tus amigos, con tus hijos. No ves salida al final del túnel. No quieres ni ver la televisión, no tienes fuerzas ni para indignarte. Y la última carta te abre los ojos. Es de tu aseguradora. Tu seguro de vida sube la prima para el año que viene.

Es para la hipoteca, pero será un gasto menos para tu pareja.

Fantasma


martes, 4 de diciembre de 2012

Ladrones de cuerpos (II)

Despertó con el sol apuntando ya en el horizonte. Él sólo veía un rectángulo azul. Aún estaba dentro de la tumba y le costó recordar por qué. Lentamente las brumas que cubrían su mente empezaban a disiparse y, entre ellas, una imagen... Dio un salto al recordarlo, se apretó contra una de las paredes del sepulcro con la mirada nerviosa fijada en los bordes de la tumba. No quería moverse, no se atrevía. Casi esperaba girarse y ver a esos seres de nuevo, mirando.

Nunca supo cuanto tiempo estuvo mirando al cielo, bloqueado, pero empezó a oír voces, voces humanas ¡¡que entendía!! Poco a poco se incorporó y observó fuera de la tumba. El cementerio era un hormiguero, un montón de policías y varios tipos con traje que lo miraban todo un poco retirados, menos uno, había uno, un tanto menudo, que estaba en cuclillas, mirando el suelo con mucha atención.

Fue este hombre menudo quien reparó en él. Se acercó la tumba sonriente mientras él salía.

- ¡Hola! ¿Está bien? Parece sorprendido, supongo que usted es el vigilante nocturno, ¿verdad?

Él no podía más que afirmar con la cabeza, no sabía qué hacer o decir... aún estaba tan confundido...

- Será mejor que se tome un café o algo, en unos minutos querría hablar con usted, ¿cree que podrá? - en este punto el semblante del hombrecillo era un poco más serio. Le dio un golpecito en la espalda y llamó a un policía de uniforme que lo acompañó a la garita.

Allí se sirvió un poco de café caliente de un termo que le acercaron, el suyo no estaba por ningún sitio... y agradeció una manta que le pusieron por encima, sus riñones ya no eran jóvenes y una noche entera a la intemperie se estaba dejando notar.

Media hora más tarde apareció el hombrecillo y despidió a los dos uniformados que estaban con él. Uno se había portado bien, era simpático, el otro no había abierto la boca, no paraba de mirarlo de reojo ni de fumar nervioso. Al salir el simpático se despidió con un gesto amable mientras que el otro lo miró, sin levantar la cara, y salió como con alma que lleva el diablo, casi empujando a su compañero.

- No se lo tenga en cuenta, aún le cuesta entender según qué cosas y tiene miedo.

- ¿Miedo de qué?

- Ya lo sabe. De lo que ha visto usted esta noche.

- Yo no he visto nada.

- Vamos, usted ya sabe por qué estamos aquí, qué es lo que buscamos y que sabemos lo que vio anoche.

- Me caí en una tumba. Estaba oscuro y no la vi.

- Román M. Hernández-Junquera - consulta sus notas - enterrado justo ayer. Es raro que usted pudiera caer en una tumba ocupada.. y debidamente cerrada, ¿verdad?

- Oiga yo no quiero líos... Y no sé quien es usted.

- No se preocupe, no los va a tener, y yo soy alguien que ha venido con la policía, que está al mando de todo y pide su colaboración y discreción en todo este asunto. Así pues, ¿puede contarme qué pasó anoche?

- No... no lo recuerdo bien... Terminé de cenar sobre las doce de la noche y oí un ruido, fuera, era en la calle... siete, en la zona nueva, donde enterraron ayer al otro... Cogí un palo que tengo para auyentar chuchos callejeros y la linterna grande para asustarlos, yo no suelo llevar más que una de bolsillo, me manejo bastante bien sin luz... bueno. Llegué al sitio de donde venía el ruido y vi a un par de tipos sacando el ataúd del nicho, me pareció que era el recién enterrado, llevaba la linterna apagada por si no eran perros y poderlos pillar con las manos en harina, pero fueron rápidos, ni siquiera los vi... pero oí como hablaban, era raro, pensé en extranjeros... corrí tras ellos pero se separaron, seguí al que tenía más cerca... Se fue a la zona vieja, la de las tumbas en el suelo, y allí lo perdí, paré un momento para recuperar aliento y ver si lo veía de nuevo cuando algo me empujó dentro de la tumba, no lo vi venir...

- ¿Algo?

El vigilante miraba al suelo, levantó la vista hacia el hombrecillo y tragó saliva.

- Cuando me tiró no lo vi, pero luego, cuando estaba ya dentro... me giré, ¿sabe? y lo vi, y me miraba, yo no me lo creía, pero... no estoy loco, ¿sabe? Sé lo que vi, pero no era... pensé que podría ser un disfraz, pensé que la luz de la luna me engañaba, ¿sabe? A veces ves las lápidas desenfocadas, no calculas bien, ¡y yo me había dado un golpe!

- Dígame, ¿qué vio? - casi susurraba.

- No era de este mundo, lo vi y me desmayé, pero me pareció una eternidad... Lo vi perfectamente, tuve tiempo de verlo y pensar... "no sé qué coño estoy viendo"... Tenía los ojos grandes y negros, sin el blanco ni iris... la piel, era blanca, grisácea... sin un sólo pelo, ni en la cabeza, ni cejas... tampoco parecía  llevar ropa... y las manos... dios ¡eran como de un demonio! Dedos largos y finos con uñas larguísimas... me miró, parpadeó dos veces y se fue. Ya no recuerdo nada más hasta esta mañana que ustedes ya estaban aquí.

- No se preocupe, es lo que imaginaba. Como comprenderá no debe decir nada a nadie de lo ocurrido, oficialmente emitiremos una nota echándole la culpa a alguna secta satánica, como siempre. Oiga, supongo que sabrá que nosotros no somos policías normales, y que debe creerme si le digo que no debe preocuparse, de verdad, sé de lo que hablo.

- ¿Sabe quienes son?

-No, en realidad no. Pero conocemos varios tipos de encuentros y de seres que participan en ellos y usted ha visto a unos que solemos llamar "samaritanos grises". Roban cadáveres frescos o, a veces, animales pequeños, suponemos que para estudiarlos. Nunca hacen daño a nadie, y cuando se defienden, como ha sido esta noche, se aseguran de que el contactado no sufra ningún daño. Será difícil que vuelvan por aquí, pero si lo hacen tenga por seguro que no le harán ningún daño.

Dicho esto, el hombrecillo se levantó y se fue. Fuera ya no quedaban policías y se acercaba la hora de la llegada del relevo. Le habían dicho que callara y no dijera nada; les haría caso, no quería ser el hazmerreir del cementerio.
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Pasó un mes. Casi había olvidado el incidente y ya podía dar rondas de nuevo sin mirar por encima del hombro contínuamente. No le había contado nada a nadie, ni siquiera a su familia. Oficialmente una secta satánica, ya detenida, era la culpable de todas las profanaciones.

Cenaba. Abrió el termo y se tomó su café. Todo tranquilo y en silencio. Por primera vez en muchos días se relajó. Repaso al periódico y ronda al canto. Hoy había habido un entierro en un nicho viejo, tenía que revisar de nuevo el cemento por si el encofrado antiguo se hubiera resquebrajado.

La noche era serena, sin nubes y ya no tan fría. Se dirigió hacia el nicho con el ánimo alegre, observando el perfil de los sepulcros contra la luz de la luna, incluso se animó a canturrear mientras encendía un cigarrillo.

Llegaba ya a la calle cuando un estruendo le heló el corazón, sintió un escalofrío recorriendo su espinazo. Masculló una maldición y salió corriendo hacia el lugar de donde había provenido el ruido. Cuando giró la esquina no pudo dar crédito a sus ojos.

Había parado en seco. La boca medio abierta y el cigarrillo aún apagado cayó al suelo. No podía creer lo que veía. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, sudaba y estaba a punto de desmayarse de nuevo, un hormigueo recorría sus extremidades y lo mantenía paralizado.

Allí estaban ellos de nuevo, hoy los veía claramente. Eran altos, no muy corpulentos y, por lo que veía, tampoco demasiado fuertes. Habían extraído el féretro recién enterrado en un tercer piso, pero se les había caído. El ataúd había resistido bien el golpe, pero había atrapado a uno de los... alienígenas o como se llamaran. El otro forcejeaba para levantar el muerto y liberar a su compañero, pero ahora estaba quieto. Sin duda estaba evaluando la situación. Lo miraba fijamente, aún encorvado, y, seguramente, tratando de decidir si seguir allí o salir corriendo abandonando a su amigo.

Pasaron un par de segundos, los tres quietos, pero el de la pierna atrapada se quejó, parecía un lamento genuino, y eso le bastó para decidirse. Tiró el chuzo que llevaba y se dirigió hacia los dos seres. Por señas indicaba al que estaba libre que se pusiera en el extremo opuesto del lugar donde estaba el otro.

- ¡Venga!, ponte ahí, y cógelo, levanta a la de tres. ¡No!, ¡no te agaches ahí! Cógelo y levanta, ¡ahora!

No sabía si el extraterrestre le entendía o no, le señaló de nuevo el lugar donde debía ponerse y el rodeó el ataúd agachándose para coger él el otro extremo. Pareció entender puesto que le hizo caso, sin dejar de mirarlo fíjamente. A su señal levantaron el féretro y liberaron al que estaba en el suelo. Una vez levantados hizo ademán de dejar la carga en el suelo, pero el alienígena miró a un lado, como señalando y vio una especie de carro metálico. Llevaron el ataúd y lo dipositaron encima. Mientras se secaba el sudor vio como el extraterrestre se acercaba a su compañero y lo ponía de pie. Cojeaba y se quejaba, intentó ayudarlos pero le dieron a entender que no, que los dejara. Se apartó y retrocedió, levantó una mano y se despidió. Volvió a su garita sin ser consciente aún de lo que había pasado.

Una vez en la garita se sentó y pensó con la mirada perdida. Probablemente volverían por la mañana los policías con el hombrecillo, y no quería dar más explicaciones. Se dirigió al cuarto de mantenimiento y salió con un cubo de agua, un saco de cemento, una paletina y una gaveta. Sólo podía hacer una cosa. Se dirigió de nuevo a la calle del reciente exhumamiento. No había ya rastro de los dos extraterrestres y se afanó a colocar de nuevo la lápida, por suerte estaba entera aún y pudo disimular lo ocurrido. Cuando terminó el sol ya empezaba a despuntar, recogió y, al salir del cuartito de mantenimiento recibió el segundo susto del día. El hombrecillo con un par de policías lo observaba.

- Buenos días, qué tal la noche. ¿Alguna novedad?

- Lo de siempre, gatos tirando jarrones y un perro que debió quedarse encerrado aullando toda la noche, aparte de eso nada.

Se había quedado mirándolo a los ojos fíjamente, ya debía saber que mentía. Entró un policía y habló al oído del hombrecillo.

- ¿Ha pasado algo raro? ¿Algo con el enterramiento de ayer?
- Nada que yo sepa. - Respuesta quizá demasiado rápida.
- Pues parece que el cemento aún está fresco, como recién puesto. ¿Tiene algo que decir?
- A veces hay que repasar el cemento por la noche, sobre todo si no se ha puesto suficiente o si hace demasiado calor. Además las noches húmedas no ayudan a secar...
- Y si abro el nicho, ¿qué cree que me encontraré?
-Un muerto, supongo, yo no lo he enterrado, pero supongo que enterraron a alguien...
- Entiendo. No sé a qué juega o qué cree que está pasando. Pero lo voy a dejar en paz. Al menos de momento. ¿No sé si me entiende?

Él no contestó. Se limitó a mirarlo fíjamente, hasta que hizo un gesto y se fueron todos. No veía la hora de irse a casa.

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Pasó una semana y él estaba más tranquilo que nunca. Hacía días que lo dominaba una paz y una alegría desconocidas. Era viernes y su hijo se ofreció a acompañarlo un rato en la garita. Tenía que estudiar y la tranquilidad lo ayudaba, no era la primera vez.

Habían cenado y el chico repasaba con sus libros mientras él hojeaba el periódico cuando, al levantar la vista, lo vio por el ventanuco de la garita. Estaba de pie, al borde de la luz que salía de la puerta. A tenor del bulto envuelto que llevaba en la pierna debía ser el que se había quedado atrapado.

Él salió a la puerta, extrañado y con cierto temor, más por su hijo que por él mismo. Al ver a su padre levantarse, el chico levantó la cabeza y también lo vió, salió detrás de su padre. El ser miró al chico y volvió a mirar al vigilante. Extendió un brazo y tendió lo que parecía ser una hoja de papel. El hombre se adelantó y cogió el papel sin dejar de mirar a la cara del alien. Volvió junto a su hijo y miró el papel. Estaba escrito:

Venimos de muy lejos sólo para conocer otros mundos y otras formas de vida. No deseamos hacer ningún daño a nadie. Nadie nos había ayudado antes. Nuestra gratitud y nuestra amistad. Gracias.

Se quedó sin aliento, su hijo le quitó la nota y la leyó quedándose boquiabierto. No sabía nada, su padre no había dicho nada, ni a los más allegados, de pronto lo oyó decir con un hilo de voz:

-Gracias a vosotros.

El extraño ser pareció erguirse un poco más y se llevó el puño al pecho para luego simular un golpe en su mentón, inclinó su cabeza y se dio la vuelta. Entonces el chico comprendió el peligro al que se exponía sólo para llevar una nota de agradecimiento a su padre, casi sin pensar, recogió sus libros en la cartera y, corriendo, se puso delante del ser que se paró sorprendido al verlo. Le tendió la mochila y le dijo:

- Es secundaria, no es gran cosa, pero espero que os ayude.

El ser lo miró, un poco desconfiado, luego a la cartera y. al final, pareció entender. Cogió el macuto, inclinó su cabeza y se fue, andando, hasta desaparecer entre las sombras.

Fantasma