Aviso

Las entradas de este blog que no fueran relatos han sido movidas a mi otro blog. Fantasmas de Plutón queda entonces sólo como blog para la creación literaria.

martes, 4 de diciembre de 2012

Ladrones de cuerpos (II)

Despertó con el sol apuntando ya en el horizonte. Él sólo veía un rectángulo azul. Aún estaba dentro de la tumba y le costó recordar por qué. Lentamente las brumas que cubrían su mente empezaban a disiparse y, entre ellas, una imagen... Dio un salto al recordarlo, se apretó contra una de las paredes del sepulcro con la mirada nerviosa fijada en los bordes de la tumba. No quería moverse, no se atrevía. Casi esperaba girarse y ver a esos seres de nuevo, mirando.

Nunca supo cuanto tiempo estuvo mirando al cielo, bloqueado, pero empezó a oír voces, voces humanas ¡¡que entendía!! Poco a poco se incorporó y observó fuera de la tumba. El cementerio era un hormiguero, un montón de policías y varios tipos con traje que lo miraban todo un poco retirados, menos uno, había uno, un tanto menudo, que estaba en cuclillas, mirando el suelo con mucha atención.

Fue este hombre menudo quien reparó en él. Se acercó la tumba sonriente mientras él salía.

- ¡Hola! ¿Está bien? Parece sorprendido, supongo que usted es el vigilante nocturno, ¿verdad?

Él no podía más que afirmar con la cabeza, no sabía qué hacer o decir... aún estaba tan confundido...

- Será mejor que se tome un café o algo, en unos minutos querría hablar con usted, ¿cree que podrá? - en este punto el semblante del hombrecillo era un poco más serio. Le dio un golpecito en la espalda y llamó a un policía de uniforme que lo acompañó a la garita.

Allí se sirvió un poco de café caliente de un termo que le acercaron, el suyo no estaba por ningún sitio... y agradeció una manta que le pusieron por encima, sus riñones ya no eran jóvenes y una noche entera a la intemperie se estaba dejando notar.

Media hora más tarde apareció el hombrecillo y despidió a los dos uniformados que estaban con él. Uno se había portado bien, era simpático, el otro no había abierto la boca, no paraba de mirarlo de reojo ni de fumar nervioso. Al salir el simpático se despidió con un gesto amable mientras que el otro lo miró, sin levantar la cara, y salió como con alma que lleva el diablo, casi empujando a su compañero.

- No se lo tenga en cuenta, aún le cuesta entender según qué cosas y tiene miedo.

- ¿Miedo de qué?

- Ya lo sabe. De lo que ha visto usted esta noche.

- Yo no he visto nada.

- Vamos, usted ya sabe por qué estamos aquí, qué es lo que buscamos y que sabemos lo que vio anoche.

- Me caí en una tumba. Estaba oscuro y no la vi.

- Román M. Hernández-Junquera - consulta sus notas - enterrado justo ayer. Es raro que usted pudiera caer en una tumba ocupada.. y debidamente cerrada, ¿verdad?

- Oiga yo no quiero líos... Y no sé quien es usted.

- No se preocupe, no los va a tener, y yo soy alguien que ha venido con la policía, que está al mando de todo y pide su colaboración y discreción en todo este asunto. Así pues, ¿puede contarme qué pasó anoche?

- No... no lo recuerdo bien... Terminé de cenar sobre las doce de la noche y oí un ruido, fuera, era en la calle... siete, en la zona nueva, donde enterraron ayer al otro... Cogí un palo que tengo para auyentar chuchos callejeros y la linterna grande para asustarlos, yo no suelo llevar más que una de bolsillo, me manejo bastante bien sin luz... bueno. Llegué al sitio de donde venía el ruido y vi a un par de tipos sacando el ataúd del nicho, me pareció que era el recién enterrado, llevaba la linterna apagada por si no eran perros y poderlos pillar con las manos en harina, pero fueron rápidos, ni siquiera los vi... pero oí como hablaban, era raro, pensé en extranjeros... corrí tras ellos pero se separaron, seguí al que tenía más cerca... Se fue a la zona vieja, la de las tumbas en el suelo, y allí lo perdí, paré un momento para recuperar aliento y ver si lo veía de nuevo cuando algo me empujó dentro de la tumba, no lo vi venir...

- ¿Algo?

El vigilante miraba al suelo, levantó la vista hacia el hombrecillo y tragó saliva.

- Cuando me tiró no lo vi, pero luego, cuando estaba ya dentro... me giré, ¿sabe? y lo vi, y me miraba, yo no me lo creía, pero... no estoy loco, ¿sabe? Sé lo que vi, pero no era... pensé que podría ser un disfraz, pensé que la luz de la luna me engañaba, ¿sabe? A veces ves las lápidas desenfocadas, no calculas bien, ¡y yo me había dado un golpe!

- Dígame, ¿qué vio? - casi susurraba.

- No era de este mundo, lo vi y me desmayé, pero me pareció una eternidad... Lo vi perfectamente, tuve tiempo de verlo y pensar... "no sé qué coño estoy viendo"... Tenía los ojos grandes y negros, sin el blanco ni iris... la piel, era blanca, grisácea... sin un sólo pelo, ni en la cabeza, ni cejas... tampoco parecía  llevar ropa... y las manos... dios ¡eran como de un demonio! Dedos largos y finos con uñas larguísimas... me miró, parpadeó dos veces y se fue. Ya no recuerdo nada más hasta esta mañana que ustedes ya estaban aquí.

- No se preocupe, es lo que imaginaba. Como comprenderá no debe decir nada a nadie de lo ocurrido, oficialmente emitiremos una nota echándole la culpa a alguna secta satánica, como siempre. Oiga, supongo que sabrá que nosotros no somos policías normales, y que debe creerme si le digo que no debe preocuparse, de verdad, sé de lo que hablo.

- ¿Sabe quienes son?

-No, en realidad no. Pero conocemos varios tipos de encuentros y de seres que participan en ellos y usted ha visto a unos que solemos llamar "samaritanos grises". Roban cadáveres frescos o, a veces, animales pequeños, suponemos que para estudiarlos. Nunca hacen daño a nadie, y cuando se defienden, como ha sido esta noche, se aseguran de que el contactado no sufra ningún daño. Será difícil que vuelvan por aquí, pero si lo hacen tenga por seguro que no le harán ningún daño.

Dicho esto, el hombrecillo se levantó y se fue. Fuera ya no quedaban policías y se acercaba la hora de la llegada del relevo. Le habían dicho que callara y no dijera nada; les haría caso, no quería ser el hazmerreir del cementerio.
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Pasó un mes. Casi había olvidado el incidente y ya podía dar rondas de nuevo sin mirar por encima del hombro contínuamente. No le había contado nada a nadie, ni siquiera a su familia. Oficialmente una secta satánica, ya detenida, era la culpable de todas las profanaciones.

Cenaba. Abrió el termo y se tomó su café. Todo tranquilo y en silencio. Por primera vez en muchos días se relajó. Repaso al periódico y ronda al canto. Hoy había habido un entierro en un nicho viejo, tenía que revisar de nuevo el cemento por si el encofrado antiguo se hubiera resquebrajado.

La noche era serena, sin nubes y ya no tan fría. Se dirigió hacia el nicho con el ánimo alegre, observando el perfil de los sepulcros contra la luz de la luna, incluso se animó a canturrear mientras encendía un cigarrillo.

Llegaba ya a la calle cuando un estruendo le heló el corazón, sintió un escalofrío recorriendo su espinazo. Masculló una maldición y salió corriendo hacia el lugar de donde había provenido el ruido. Cuando giró la esquina no pudo dar crédito a sus ojos.

Había parado en seco. La boca medio abierta y el cigarrillo aún apagado cayó al suelo. No podía creer lo que veía. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, sudaba y estaba a punto de desmayarse de nuevo, un hormigueo recorría sus extremidades y lo mantenía paralizado.

Allí estaban ellos de nuevo, hoy los veía claramente. Eran altos, no muy corpulentos y, por lo que veía, tampoco demasiado fuertes. Habían extraído el féretro recién enterrado en un tercer piso, pero se les había caído. El ataúd había resistido bien el golpe, pero había atrapado a uno de los... alienígenas o como se llamaran. El otro forcejeaba para levantar el muerto y liberar a su compañero, pero ahora estaba quieto. Sin duda estaba evaluando la situación. Lo miraba fijamente, aún encorvado, y, seguramente, tratando de decidir si seguir allí o salir corriendo abandonando a su amigo.

Pasaron un par de segundos, los tres quietos, pero el de la pierna atrapada se quejó, parecía un lamento genuino, y eso le bastó para decidirse. Tiró el chuzo que llevaba y se dirigió hacia los dos seres. Por señas indicaba al que estaba libre que se pusiera en el extremo opuesto del lugar donde estaba el otro.

- ¡Venga!, ponte ahí, y cógelo, levanta a la de tres. ¡No!, ¡no te agaches ahí! Cógelo y levanta, ¡ahora!

No sabía si el extraterrestre le entendía o no, le señaló de nuevo el lugar donde debía ponerse y el rodeó el ataúd agachándose para coger él el otro extremo. Pareció entender puesto que le hizo caso, sin dejar de mirarlo fíjamente. A su señal levantaron el féretro y liberaron al que estaba en el suelo. Una vez levantados hizo ademán de dejar la carga en el suelo, pero el alienígena miró a un lado, como señalando y vio una especie de carro metálico. Llevaron el ataúd y lo dipositaron encima. Mientras se secaba el sudor vio como el extraterrestre se acercaba a su compañero y lo ponía de pie. Cojeaba y se quejaba, intentó ayudarlos pero le dieron a entender que no, que los dejara. Se apartó y retrocedió, levantó una mano y se despidió. Volvió a su garita sin ser consciente aún de lo que había pasado.

Una vez en la garita se sentó y pensó con la mirada perdida. Probablemente volverían por la mañana los policías con el hombrecillo, y no quería dar más explicaciones. Se dirigió al cuarto de mantenimiento y salió con un cubo de agua, un saco de cemento, una paletina y una gaveta. Sólo podía hacer una cosa. Se dirigió de nuevo a la calle del reciente exhumamiento. No había ya rastro de los dos extraterrestres y se afanó a colocar de nuevo la lápida, por suerte estaba entera aún y pudo disimular lo ocurrido. Cuando terminó el sol ya empezaba a despuntar, recogió y, al salir del cuartito de mantenimiento recibió el segundo susto del día. El hombrecillo con un par de policías lo observaba.

- Buenos días, qué tal la noche. ¿Alguna novedad?

- Lo de siempre, gatos tirando jarrones y un perro que debió quedarse encerrado aullando toda la noche, aparte de eso nada.

Se había quedado mirándolo a los ojos fíjamente, ya debía saber que mentía. Entró un policía y habló al oído del hombrecillo.

- ¿Ha pasado algo raro? ¿Algo con el enterramiento de ayer?
- Nada que yo sepa. - Respuesta quizá demasiado rápida.
- Pues parece que el cemento aún está fresco, como recién puesto. ¿Tiene algo que decir?
- A veces hay que repasar el cemento por la noche, sobre todo si no se ha puesto suficiente o si hace demasiado calor. Además las noches húmedas no ayudan a secar...
- Y si abro el nicho, ¿qué cree que me encontraré?
-Un muerto, supongo, yo no lo he enterrado, pero supongo que enterraron a alguien...
- Entiendo. No sé a qué juega o qué cree que está pasando. Pero lo voy a dejar en paz. Al menos de momento. ¿No sé si me entiende?

Él no contestó. Se limitó a mirarlo fíjamente, hasta que hizo un gesto y se fueron todos. No veía la hora de irse a casa.

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Pasó una semana y él estaba más tranquilo que nunca. Hacía días que lo dominaba una paz y una alegría desconocidas. Era viernes y su hijo se ofreció a acompañarlo un rato en la garita. Tenía que estudiar y la tranquilidad lo ayudaba, no era la primera vez.

Habían cenado y el chico repasaba con sus libros mientras él hojeaba el periódico cuando, al levantar la vista, lo vio por el ventanuco de la garita. Estaba de pie, al borde de la luz que salía de la puerta. A tenor del bulto envuelto que llevaba en la pierna debía ser el que se había quedado atrapado.

Él salió a la puerta, extrañado y con cierto temor, más por su hijo que por él mismo. Al ver a su padre levantarse, el chico levantó la cabeza y también lo vió, salió detrás de su padre. El ser miró al chico y volvió a mirar al vigilante. Extendió un brazo y tendió lo que parecía ser una hoja de papel. El hombre se adelantó y cogió el papel sin dejar de mirar a la cara del alien. Volvió junto a su hijo y miró el papel. Estaba escrito:

Venimos de muy lejos sólo para conocer otros mundos y otras formas de vida. No deseamos hacer ningún daño a nadie. Nadie nos había ayudado antes. Nuestra gratitud y nuestra amistad. Gracias.

Se quedó sin aliento, su hijo le quitó la nota y la leyó quedándose boquiabierto. No sabía nada, su padre no había dicho nada, ni a los más allegados, de pronto lo oyó decir con un hilo de voz:

-Gracias a vosotros.

El extraño ser pareció erguirse un poco más y se llevó el puño al pecho para luego simular un golpe en su mentón, inclinó su cabeza y se dio la vuelta. Entonces el chico comprendió el peligro al que se exponía sólo para llevar una nota de agradecimiento a su padre, casi sin pensar, recogió sus libros en la cartera y, corriendo, se puso delante del ser que se paró sorprendido al verlo. Le tendió la mochila y le dijo:

- Es secundaria, no es gran cosa, pero espero que os ayude.

El ser lo miró, un poco desconfiado, luego a la cartera y. al final, pareció entender. Cogió el macuto, inclinó su cabeza y se fue, andando, hasta desaparecer entre las sombras.

Fantasma

2 comentarios:

  1. La verdad es que estas historias inventadas (porque lo son, no?) me gustan más que las reales.
    Aunque miedo me da pensar eso que dicen de que la realidad siempre supera la ficción...

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  2. Me gusta pensar que algunos vienen en son de paz...pero me da pena cuando descubran el nivel de secundaria!!! Esta muy bien el cuento y aun se le puede sacar mas.

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