Aviso

Las entradas de este blog que no fueran relatos han sido movidas a mi otro blog. Fantasmas de Plutón queda entonces sólo como blog para la creación literaria.

domingo, 6 de enero de 2013

Navidad, jodida Navidad

Llevaba tiempo queriendo dejarlo pero no podía. Se lo había prometido a sus antiguos compañeros. Había prometido que no lo dejaría, que mantendría la tradición, año tras año, como habían hecho siempre desde que el mundo es mundo.

Pero ahora le pesaban los años, se sentía viejo y solo. Y, lo que era peor, no se sentía valorado. Sentía que su esfuerzo no se tenía en cuenta y que ya nadie se lo agradecía. Es más, lo que al principio fue una alegre iniciativa de tres amigos que sólo perseguían un bonito ideal, ahora era una obligación anual que tenía más de exigencia que de agradecimiento.

Mientras iniciaba el reparto pensó en los primeros años. En aquel momento repartían a todos los niños y, luego, esperaban ansiosos a verlos abrir sus regalos. Las caras de ilusión y alegría los mantenían vivos hasta el año siguiente. Una muñeca de trapo, un coche de madera, unas alpargatas o un patinete eran las ilusiones de niños acostumbrados a una vida dura que luego trataban tan preciadas posesiones con un cariño y una dulzura jamás imaginados. Pero ahora no. Las listas de peticiones cada vez eran más largas y el consabido traed lo que podáis había desaparecido incluso de las cartas de los más inocentes. Consolas de última generación, ordenadores o teléfonos nutrían ahora los deseos de los más pequeños. Los mayores habían dejado de desear salud, dinero y amor para ellos y sus más queridos para integrar en su carta el último grito en televisiones, otro teléfono móvil o unas tetas nuevas para hinchar las que tienen más a mano porque ya se les ha quedado pequeñas.

Recorría las calles lánguidamente, casi sin recordar la alegría con la que antes habían recorrido esas mismas calles de las grandes ciudades, maravillados de conocer aquellas grandes colmenas que, de alguna forma les facilitaba el trabajo. Melchor estaba entusiasmado, Gaspar recelaba demasiada gente y demasiado junta, los problemas no tardarán en aparecer. Y acertó.

Una media sonrisa aparece cuando en una ocasión la policía les dio el alto porque alguien había denunciado a unos tipos merodeando el edificio. Les costó ser liberados, el tiempo que al agente le costó comprender que "esos señores no tenían documentación ni podían tenerla". Fue una buena época. También el coñac lo era, había corrido la costumbre y ellos no podían hacer el feo de rechazar la copa.

Gaspar cayó en seguida. Coincidió con una ola de infantes descreídos y de reclamaciones por no conseguir lo deseado. Entonces se equivocaron más. Intentaron culturizar, explicar que si no portaban bien durante el año no tenían derecho a la plena satisfacción...

Y los mayores les dieron la espalda. Todo el año trabajando y poniendo el culo para que lleguen estos y quieran darme lecciones... Gaspar no lo soportó, era el más anciano. Se suicidó un ocho de enero. No soportó la ola de devoluciones, intercambios y de exilios al fondo del armario para aquellos regalos entregados con la máxima ilusión. Melchor no lo superó. Un par de años no salió al reparto, al tercero lo hizo, pero al pasar cerca de una ventana oyó a un niño quejarse y maldecir, la consola no había llegado. Quedó destrozado por dentro, tanto que no vio venir al primer autobús de la mañana. Un perturbado borracho se tira a las ruedas de un autobús, el titular tampoco ayudó pero había que seguir.

Y durante mucho tiempo ha seguido él solo. Ha aprendido a hacer su trabajo nocturno y no escuchar las voces infantiles que a la mañana siguiente ponen en valor el esfuerzo realizado, tampoco quiere, la ilusión le ha abandonado.

Termina su reparto pronto, ya no disfruta con ello, por lo tanto no se recrea en las casas mirando la decoración, disfrutando del pedazo de roscón que le han dejado o acariciando el pelo de aquel niño que casi se despierta. No. Ahora entra, deja los paquetes y sale, quiere irse a casa.

Y se va. Está andando de camino a casa, sólo quiere llegar, quitarse la estúpida ropa que lleva y meterse en la cama, a llorar en silencio su soledad. Está ensimismado en sus pensamientos cuando oye una voz detrás suyo:

- ¿A dónde crees que vas vestido así, negro de mierda?

Fantasma

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